Hace poco más de un año, en marzo del 2016, María Sharapova, una de las principales tenistas de los últimos tiempos, fue sancionada por doping luego de dar positivo por la presencia del fármaco Meldonium en sus exámenes.

La substancia pasó a ser considerada doping en diciembre del 2015. La tenista usaba el medicamento hace tiempo, cuando era considerado legal. Por negligencia, descuido ó malicia, lo siguió tomando hasta que fue flagrada en un control. Fue suspendida de las competencias por 15 meses y tuvo que devolver los premios en dinero ganados en los torneos disputados bajo el efecto del fármaco.

El doping es ciertamente una gran desvirtuación del espíritu deportivo. El ganar a toda costa, utilizando substancias ilegales, atenta contra la limpieza del juego y debe siempre ser condenado. Pero el tema del artículo no es ese, sino la reacción que causó el regreso de Sharapova al circuito del tenis, luego de cumplida la suspensión.

Recordemos que las jugadoras acceden a los torneos de acuerdo a su ranking. Al estar alejada por largo tiempo, Sharapova necesitaba invitaciones especiales para entrar a los torneos. Pero al recibir tales invitaciones, Sharapova experimentó la oposición de varias tenistas. Algunas incluso la calificaron de tramposa y afirmaron que no merecía ningún beneficio.

Me pregunto si tal reacción de algunas de sus pares, es la adecuada. La rusa nunca negó su doping, cumplió la sanción que le fue impuesta y por mucho tiempo tendrá que cargar con el peso de la mancha en su nombre. ¿Qué más se le puede pedir?

Llama la atención la falta de capacidad de nuestra sociedad de asimilar el error, especialmente el pecado, en la vida de las personas. Es curioso que un mundo tantas veces relativista, en algunas situaciones se muestre tan justiciero ¿No serán los dos lados de una misma moneda? Pero lo cierto es que es difícil aceptar las faltas, propias y ajenas. Cuesta perdonar y pedir perdón. Cuesta ser misericordiosos y abrirnos a la misericordia.

La doctrina católica acerca del pecado y de la reconciliación, es muy iluminadora en situaciones como la de Sharapova. El cristianismo nos ayuda a entender por qué el ser humano no siempre actúa de manera perfecta e intachable. Muestra que la naturaleza humana es buena, pero corrompida por el pecado original y, por lo mismo, inclinada al mal, por la concupiscencia.

Todos nosotros muchas veces obramos bien, tal vez la mayor parte de las veces, pero no siempre. Por eso Cristo se hizo hombre: porque somos pecadores y necesitados del perdón. San Pablo nos dice que él mismo queriendo hacer el bien, muchas veces obra el mal.

Por eso, Jesús es el reconciliador de la humanidad y de cada ser humano en particular. Uno de los principales sacramentos de la Iglesia es el de la Reconciliación sacramental. Por la confesión de los pecados, Dios nos regala su amor misericordioso. Y como el Padre es misericordioso con nosotros, nos invita a la misericordia con los demás. No seamos justicieros. Tampoco seamos relativistas. Llamemos el pecado por su nombre, pero no nos olvidemos del perdón y de la misericordia.

© 2017 – Alexandre Borges de Magalhães para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Alexandre Borges de Magalhães

Alexandre nació en 1972 en Brasil. Es Bachiller en Teología y Licenciado en Pedagogía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. En la actualidad es el Coordinador General del Movimiento de Vida Cristiana MVC. Reside en Lima (Perú).

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