The Scream[print_link]

Cuando uno lee el reciente mensaje del Santo Padre para la XLVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que ha titulado “Silencio y Palabra: camino de evangelización”, no solamente queda una vez más patente su capacidad de transmitir con palabras sencillas reflexiones de gran profundidad y alcance, sino que queda demostrado su carisma para la enseñanza y de conducirnos a través de la reflexión al encuentro con Dios.

Desde 1967, y a solicitud del Concilio Vaticano II en su documento Inter Mirifica ((Inter Mirifica, 18.)), se realiza esta Jornada que tiene como eje un mensaje del Santo Padre dirigido tanto a los miembros de la Iglesia como a los que laboran en los medios de comunicación social. Este año Benedicto XVI ha querido dirigirlo a los primeros, y ha elegido la experiencia del silencio como elemento indispensable en el proceso de comunicación humano.

Lo llamativo del mensaje del Santo Padre es que no puede dejar de parecer más a contracorriente en el mundo actual. Vivimos, gracias a las nuevas tecnologías de comunicación, sobresaturados de datos e información. Y en esta vorágine moderna no solamente se encuentran la mayoría de los hijos de la Iglesia, sino es el ámbito apostólico de los que tienen el desafío de evangelizar a través de los medios de comunicación social.

Quien navega en internet o en un servicio de cable, navega en un océano de textos, imágenes y sonido, en el cual cada participante de la oferta mediática procura que le presten atención de manera continua, aún con mayor vehemencia los medios que se encuentran exigidos por las leyes de la publicidad, la competencia y de la rentabilidad.

Esto ocasiona que, en medio de este borrascoso océano, que parece seguir los dictados de la jungla, las técnicas para que aumente la lectoría, audiencia, el rating o los clics llegan a ser desenfrenados como todos los sabemos: se exalta la noticia anómala, el escándalo y la suspicacia; se aprueba la difamación, y se busca que el caudal de noticias sea cada vez más incesante, hasta el límite, si es posible, del aturdimiento. No sería de extrañar que estas técnicas alimenten aquello que Santo Tomás conocía como la curiositas: una desviación del plausible deseo de conocer hacia la de un «afán insaciable de novedades» ((Josef Pieper, Las virtudes fundamentales,Palabra, Madrid 2010. Pág. 385.)).

[pullquote]Así, la evangelización a través de los medios de comunicación social navega en este océano y tiene el desafío, usando las capacidades y los nuevos areópagos que ofrecen las nuevas tecnologías, de ser eficaz tanto en conseguir llegar a la mayor cantidad de seres humanos, como de ser fiel al mensaje de la Buena Nueva.[/pullquote]

En otras palabras, en medio de este incesante “ruido” mediático el Santo Padre nos hace recordar que se necesita de la presencia del silencio tanto para la comunicación como el desarrollo de la persona pues lo vincula a la verdad, al encuentro del sentido de nuestra existencia y a nuestra relación con Dios.

Silencio para el diálogo 

El Papa comienza señalando que para obtener un auténtico diálogo con el otro, la palabra y el silencio son dos momentos de la comunicación que deben «equilibrarse, alternarse e integrarse». Ambos se potencian, de tal manera que señalará que al hacerlo la comunicación adquiere «valor y significado», y que sin el silencio «no existen palabras sin densidad de contenido». Queda claro que el silencio no puede tomarse como ausencia o vacío, sino en su auténtica riqueza de expresión y contraste.

El silencio además permite que otras dimensiones de la comunicación humana pasen a un primer plano: la gestualidad, la expresión del rostro o del cuerpo como signos que manifiestan a la persona ((Es notable la sintonía con la parte de “La escucha” del libro de Luis Fernando Figari, Maestría de la palabra y la Pasión, Vida y Espiritualidad, Lima 2008. Pág. 14ss.)).

El Papa también rescata que el silencio es escucha tanto personal como con quien se dialoga, pues se comprende mejor qué quiere decir o qué espera del otro; así se da una «escucha recíproca y se produce una relación humana más plena». Si no lo hacemos caemos con facilidad en la falta de respeto o de reverencia.

Dietrich y Alice von Hildebrand señalaban que «el hombre irreverente no sabe guardar silencio interior. Jamás concede a las situaciones, cosas o personas, la oportunidad de revelarse en su carácter y valor. Enfoca los hechos de una manera tan inoportuna y carente de tacto, que sólo se observa y escucha a sí propio e ignora el resto de los seres. No conserva una distancia reverente frente al mundo» ((Dietrich y Alice von Hildebrand, El Arte de Vivir, Club de Lectores, Buenos Aires 1966, pág. 14.)); para así poder concluir que «del silencio, por tanto, brota una comunicación más exigente todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo desvela la medida y la naturaleza de las relaciones».

 Silencio y verdad 

El tema de la verdad funciona como eje y bisagra del mensaje. No tendría sentido una comunicación si a través de ella no me muestro realmente, ni logro descubrir la verdad del otro, ni el sentido de todo lo que me rodea. En medio de un incesante cambio, donde se exalta muchas veces tan solo la apariencia, debo descubrir lo que realmente vale, lo esencial.

Benedicto XVI no hace que su reflexión del silencio sólo se quede en la experiencia de la comunicación con el otro, sino también invita a que el silencio sea parte de nuestro método, si lo tenemos, de aproximarnos al mundo que nos rodea. No sólo porque el silencio «permite no permanecer aferrados sólo a nuestras palabras e ideas», sino para sumergirnos advertidos y preparados en una realidad de «mensajes e información abundantes».

¿Esta abundancia de estímulos no nos distrae de lo verdaderamente esencial?

Aquí puede ayudar, para entender los motivos del Papa de señalar al silencio como una de las “herramientas” de aprehensión de la realidad, los peligros que muchos advierten que ocasiona la era digital con respecto al conocimiento: inmediatismo, fragmentarismo, superficialismo y facilismo ((Existe abundante literatura al respecto como: Kovach, B., Rosenstiel T. Blur. How to know what’s true in the age of information overload, Bloomsbury, New York. (2010); Carr, N. The Shallows. What the internet is doing to our brains, W.W. Norton & Company, New York. (2011); Watson, R., Mentes del Futuro, Ed. Viceversa. Barcelona (2011).)).

Por eso señalará que el silencio «se hace esencial para discernir lo importante de lo que es inútil y superficial», y que por otro lado nos permita «la reflexión que nos ayuda a descubrir la relación existente entre situaciones que a primera vez parecen desconectadas entre sí y a valorar y analizar los mensajes».

Frente a esta situación dada por la era digital, el mensaje de la Jornada recuerda que el hombre siempre se encuentra de búsqueda de verdades y que esta dinámica se aprecia en que la comunicación de la Red se está transformando en el lugar de las preguntas y de las respuestas, como sucede con los motores de búsqueda y las redes sociales.

La dinámica, mucha veces caótica, de la era de la información no puede acallar el corazón del hombre en búsqueda de respuestas, de auténticas respuestas, «porque el hombre no puede quedar satisfecho con un sencillo y tolerante intercambio de opiniones escépticas y de experiencias de vida», pues «todos buscamos la verdad y compartimos este profundo anhelo».

Silencio y evangelización

Benedicto XVI ve una gran oportunidad para la misión de la Iglesia: la de satisfacer la inquietud de responder a las preguntas fundamentales de la existencia humana ((ver S.S. Juan Pablo II, Fides et Ratio, 1.1.)) también en el ciberespacio, señalando el desafío de acoger estas personas en búsqueda, de dialogar con ellas, pero invitándolas también «a la reflexión y el silencio», que «es más elocuente que una respuesta apresurada», porque permite a quien se interroga «a entrar en lo más recóndito de sí mismo y abrirse el camino de respuesta que Dios ha escrito en el corazón humano».

Percibir esta oportunidad, que manifiesta la no satanización de la era digital de comunicación –por cierto tampoco su absolución–, sino una invitación a «considerar con interés» lo que puede ayudar (sitios, aplicaciones, redes sociales), sin perder de vista que no sólo se trata de responder preguntas, sino de alentar a encontrar espacios de silencio, ocasiones de oración, de meditación y de compartir la Palabra de Dios.

Dios es el motivo y fin del apostolado, pero sin el silencio no se puede vivir ni ayudar a vivir este encuentro con la Palabra.

Dios y el silencio 

En la vida de fe el silencio nunca es ausencia. Dios habla a través del silencio. Benedicto XVI pone como ejemplo máximo la experiencia de Cristo en la cruz y señala que «El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre, es una etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, Palabra encarnada, (porque) en el silencio de la cruz habla la elocuencia del amor de Dios vivido hasta el don supremo».

Por otro parte, el hombre sigue necesitando del silencio para hablar con Dios y de Dios. Y ahora el silencio, en el encuentro con Dios, se transforma en contemplación, en aquel momento en que se percibe que el lenguaje de uno se convierte en inadecuado e insuficiente (Rom 8,26). De esta contemplación, dice el Santo Padre, «nace con toda su fuerza interior la urgencia de la misión», porque ésta «nos sumerge en la fuente del Amor, que nos conduce hacia nuestro prójimo, para sentir su dolor y ofrecer la luz de Cristo».

Hacer este recorrido de la palabra y el silencio, muestra la riqueza del magisterio de Benedicto XVI. Ha hilvanado el tema del silencio con la comunicación, la antropología, la búsqueda de la verdad, las nuevas tecnologías, la evangelización, la oración y el lenguaje de Dios. Cómo no sentirnos renovados en la misión evangelizadora en el ciberespacio al mostrarnos la riqueza de la cual la Iglesia es portadora, y que brota del corazón del Señor Jesús (Gaudium et Spes, 22.)).

Como buen maestro, el Papa realiza una síntesis final de su mensaje:

«Palabra y silencio. Aprender a comunicar quiere decir aprender a escuchar, a contemplar, además de hablar, y esto es especialmente importante para los agentes de la evangelización: silencio y palabra son elementos esenciales e integrantes de la acción comunicativa de la Iglesia, para un renovado anuncio de Cristo en el mundo contemporáneo».

 © 2014 – Andrés Tapia Arbulú para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Andrés Tapia Arbulú

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