En el año 2002 se terminó de implementar en Chile la reforma curricular que había empezado años antes, en 1997 con el primer ciclo básico. Esta implementación tenía una consecuencia en los alumnos, pero también en los profesores, quienes tuvieron un aumento en sus horas de clase, y una necesidad obligada a actualizarse y adecuar sus capacidades y estudios a las nuevas demandas del sistema educacional...

En el año 2002 se terminó de implementar en el país la reforma curricular que había empezado años antes, en 1997 con el primer ciclo básico. Esta implementación tenía una consecuencia en los alumnos, pero también en los profesores, quienes tuvieron un aumento en sus horas de clase, y una necesidad obligada a actualizarse y adecuar sus capacidades y estudios a las nuevas demandas del sistema educacional. Al parecer, como se presuponía, se iba avanzando según los pasos que podía dar la altura real de un país como el nuestro, y eso implicaba un paso lento pero seguro, corrigiendo lo errado y planteando novedosas perspectivas para afrontar el amplio tema de la educación.

Chile_Flag_wallpaperChile hasta aquí había pasado de ser un país en el que a inicios del siglo la cobertura de la educación era muy limitada, a un país donde la obligatoriedad educacional suponía un marco de mejoramiento. Con el presidente Frei Montalva, esta obligatoriedad de la educación se ampliaba en dos años más, aumentando el presupuesto del estado chileno de aquí en adelante para atender dicho aumento de cobertura y proyectado a nuevas escuelas de nivel básico a lo largo de Chile. La población crecía, se diversificaba y ampliaba el tipo de habitante de las ciudades y, en tiempos del gobierno del presidente Allende se pensó, elaboró y llevó a la práctica una gran reforma (ENU) que fue el inicio del fin de su gobierno, puesto que llevo a generar más tensiones a las ya existentes en la clase política del momento.

La época militar que asumió el control del país después del presidente Allende, se encontró con varias aristas de un problema que pasaba principalmente por lo económico. Ciertamente esto afectó directa e indirectamente a la educación chilena, ya herida por los accidentes a inicios de la década del setenta. No obstante, el gobierno de turno, de una línea eminentemente liberal en lo económico, decidió hacer llegar esta ideología económica a la esfera educacional; con ello, pensaban, se solucionarían dos problemas de una sola vez: Al liberalizar la educación en materia económica, y orientar el funcionamiento educacional según la lógica del mercado, se daría la posibilidad al sector privado de invertir en nuevos proyectos educativos, solucionando con esto los limitantes del sistema escolar basado en el Estado Docente para aquel entonces; y por otro lado, esto llevaría a generar muchas más escuelas que al competir entre ellas, mejorarían intrínsecamente su calidad.

Para esto, el primer paso importante fue la descentralización de la administración a través del paso de la responsabilidad a las municipalidades. Paso siguiente fue la entrada de este nuevo invitado, el sector privado, promovido por el acceso al financiamiento estatal en igualdad de condiciones que las escuelas y liceos públicos, limitando o exigiendo el mínimo de requisitos para el establecimiento y financiamiento por parte del Estado a estos nuevos colegios.

Un tercer paso fue el promover la competencia de estos nuevos colegios para captar la preferencia de las familias, a través de la implementación de la escala nacional de un sistema de financiamiento tipo vouchers, «en el que la totalidad de los recursos son traspasados a los administradores educacionales bajo la forma de un subsidio per cápita por alumno asistente». El sistema que facilitaba la elección de las familias no llegó sino hasta la mitad de la siguiente década a través de un sistema de evaluación de resultados de aprendizaje.

Por último, se le liberó a los proveedores de educación de obligaciones consideradas hasta ese momento esenciales a la mayoría de los sistemas escolares tradicionales, a saber: «desreguló la profesión docente, terminando con el estatuto laboral especial, y flexibilizó el currículo nacional, dejando mayores espacios para que las escuelas diferenciaran su oferta creando proyectos educativos heterogéneos».

Al entrar a la última década del siglo XX, Chile regresó a la democracia y con ello, a paso muy moderado se fueron haciendo mejoras al sistema educativo, hasta llegar a la segunda mitad donde se formó una Comisión Nacional para la Modernización de la Educación, en donde toma forma lo implementado en 1997.

El nuevo joven estudiante

Chile miraba ahora hacia el futuro y estaba ad portas del siglo XXI. La sociedad había cambiado y cambiaba con mucha notoriedad. El mundo demandaba velocidades no previstas años antes en cuanto a información y desenvolvimiento. Cada día las distancias se hacían más cortas y la tecnología iba superando metas antes impensables. Esto último bien podría ser una mirada del hoy, de nuestro presente, pero fueron los grandes pilares que sostuvieron la reforma del currículo en los años noventa.

Sin embargo la juventud de hoy intentó el 2006 poner nuevamente sobre la mesa el tema de la educación. Lo logró por cierto tiempo y generó algún tipo de cambio. Esto ya manifestaba algo de lo que iba a venir posteriormente y sobre lo cual me gustaría hablar.

Cuando en el 2011 el tema realmente rebrota y pareciera se pone sobre el tapete para quedarse por un tiempo prolongado, este tema viene acompañado con una queja al camino recorrido; por un lado a la apertura al mercado y por otro, a las consecuencias de él. En otras palabras, no hubo calidad sino solo cantidad.

Si este ensayo intenta dar una opinión al tema del desafío del profesor el día de hoy, ¿por qué entonces recorre un camino que describe los antecedentes históricos y el acontecer político presente?. Pues pienso que tiene mucho que ver, y aquí advierto que podré pecar de presumido al intentar abordar el tema desde esta postura.

La juventud de hoy es hija de la que vivió en los setenta y ochenta, esta juventud creció bajo una concepción de autoridad dinamitada por la cultura postmoderna, pero también con una fuerte tendencia de la historia reciente del país, donde los padres no vieron con buenos ojos el control excesivo. La sociedad chilena aún no logra reconciliarse en materia de visiones políticas; pareciera que hoy se viviera un tipo de “Renacimiento Chileno” donde la vuelta a la democracia terminó con una edad oscura que aún mantiene vigente sus políticas.

Hoy los jóvenes están más conectados que nunca, se dice que tienen la información en sus manos, pero tiendo a pensar que hoy se tiene poca abstracción de las cosas, y esa misma comunicación inmediata se presenta como un gran desafío para la atención de los niños y jóvenes en las salas de clase.

Los estudios acerca del desenvolvimiento de los adolescentes pareciera valiera poco a quienes tienen que escuchar a estos grupos de presión, conformados en su gran mayoría por adolescentes. No es válido conocer acerca de ellos y por lo tanto, saber escucharlos según la edad que tienen, sino que se le coloca galones pesados y se les sube a los atrios pues parece que ellos ahora tienen mucho que enseñarle a estos adultos que les han fallado.

Con esto quiero describir algunas cosas. Los jóvenes se han tomado la calle, y el peso a sus palabras ha sido validado por la opinión pública, a mi parecer, más allá de lo real. El carácter de autoridad ha pasado a depositarse sobre ellos mismos. Sus padres aquejan un permisivismo que no se contrasta con el de los profesores, quienes han visto limitada su autoridad por encontrarse en la misma crisis y más aún, dentro de una corriente que tiende a llevarse a todo cuanto se oponga a ella.

Desde un punto de vista, lo que hoy se percibe a grandes rasgos en el contexto actual de Chile, es manifestación de lo que sucede en una gran cantidad de salas de educación media del país. Hoy hemos visto a muchos estudiantes hablando, pero pocos profesores dando su opinión. Se dicen muchos tecnicismos de ambos lados del campo de juego, se supone que tienen un mismo fin que es el de una educación de calidad, pero el lenguaje aún no trasciende los vocablos económicos. Gran parte de la percepción de la juventud que marcha en las calles, es la que se tiene dentro de ella en las salas de clase.

El desafío y los profesores

Junto con lo anterior, sabemos que hoy estamos en una sociedad del conocimiento, «una sociedad que demanda al sistema escolar una comunicación de competencias y conocimiento relevantes para responder a los nuevos requerimientos culturales, laborales y ciudadanos, y una formación moral que responda adecuadamente a las nuevas condiciones en que se da la interrelación entre individuo y sociedad, donde la necesidad sociopolítica de comunidad y sentidos y responsabilidades compartidas se conjuga difícilmente en contextos de fuerte individualización y celebración de la diversidad»

Estos dos frentes, la juventud chilena contemporánea y esta sociedad del conocimiento, deben de ser asumidos como grandes desafíos del profesor hoy. Por lo tanto, es muy importante tener en cuenta el presupuesto que supone la enseñanza, con sus luces y sombras, en el Chile del día de hoy.

Una juventud empoderada, un relativismo en materia moral, una democracia tambaleante frente a la presión de pequeños grupos y una política que ha pasado de los acuerdos por consenso a conseguir votos respondiendo las demandas sociales.

Cuando uno se enfrenta a las teorías que están detrás del Proyecto Educativo chileno, y piensa seguir sus líneas para proyectarlo hacia las salas de clase, ve que la juventud de hoy, empoderada y de simple capacidad de abstracción, podría dinamitar el panorama futuro que se espera de ellos.

Los profesores tienen el gran desafío de tomar en serio la responsabilidad que tienen en sus manos, dejando de lado el discurso eminentemente político y económico, para hacer sentir sus voces en la transmisión de valores comunes, que sustentan la democracia y el sentido cívico, dentro de las salas de clase.

Tienen el desafío de buscar sorprender constantemente mediante el uso de las “nuevas tecnologías” (término usado por los adultos, aunque para los jóvenes sean las contemporáneas), que tiendan a combatir el desinterés y deseo de verse sorprendidos por las cosas, muy evidente en nuestro tiempo. También el de buscar la reflexión, no escapando a la posibilidad de desarrollar la responsabilidad y compromiso con los demás, respondiendo con la construcción de conocimientos a los desafíos de las personas.

El profesor también debe de buscar la auto-exigencia y la auto-evaluación, procurando la preparación óptima de los contenidos y técnicas para el despliegue docente; dándole un carácter esencial y protagónico a su función de despertar las habilidades en los alumnos.

El gran desafío del profesor de Chile, hoy, es nadar contra una corriente “tecnicista” y utilitarista, en donde la formación de personas está más ligada a la formación de individuos “para hacer”, que personas para vivir. Es tener la conciencia de no ser un instrumento de traspaso de conocimientos, sino ser un protagonista en la formación de personas que son el futuro de la sociedad. Es rescatar el valor y concepto de la autoridad, formando jóvenes corresponsables con la construcción de un mismo ideal, sin obviar la infinita variedad de pensamientos y posturas, pero teniendo en cuenta que se están formando personas que construyan conocimientos para acercarse de manera más íntegra a la Verdad, y no individuos que construyan “verdades relativistas”.

Bibliografía:

Bravo, J. (2011). SIMCE: pasado, presente y futuro del Sistema Nacional de Educación en Revista de Estudios Público Nº123. Santiago de Chile.

Ramírez. J (2011): El SIMCE en el contexto de la Ley de Aseguramiento de la Calidad de la Educación en Revista de Estudios Público Nº123. Santiago de Chile.

Ballei, C. (2011). EL Libro Abierto de la Informática Educativa. Santiago de Chile. Red Enlaces.

Cox. C. (2003). La Educación en Chile hoy. Santiago de Chile, Editorial Universidad Diego Portales, 1era edición.

© 2015 – Raúl La Torre para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Raúl La Torre

Raul ha llevado estudios de arquitectura y filosofía. Es licenciado en historia y en pedagogía de enseñanza media. Actualmente está encargado del Área Educativa del Museo del Carmen de Santiago de Chile.

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