No hay duda que nuestro tiempo es el tiempo de la actividad incesante, del trabajo intenso, de las metas, de las expectativas, de la competencia. Para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, los segundos valen oro pues sabemos que no debemos desaprovechar ninguna ocasión para crecer, producir, cumplir objetivos y trazar nuevos horizontes. Los jóvenes que terminan la escuela en un abrir y cerrar de ojos ya están en la universidad y luego de un respiro, comienzan la precipitada y desafiante vida laboral.

Muchas veces he oído a amigos decir que quisieran más tiempo para cumplir sus metas y que, por lo tanto, viven en deuda por no llegar a realizar lo que esperan en sus estudios, pero sobre todo en el trabajo. Pienso que es muy probable que esta vorágine activista sea una de las principales causas de la tensión con que las personas viven hoy en día. Tensión que tiene otros nombres como stress, neuralgia y etc…

Ciertamente el trabajo dignifica a la persona y se podría decir que es una expresión valiosísima de su ser. Sin embargo, ¿Qué significa el trabajo para el hombre de hoy? Sin pretensión de ahondar profundamente en esta realidad compleja simplemente diré que somos herederos de una manera de ver el trabajo, de una visión del trabajo y por lo tanto, de una manera de trabajar. Esta visión, a grandes rasgos, está impregnada por el utilitarismo y el pragmatismo, y se mueve en las coordenadas del sistema económico liberal. En síntesis, en el trabajo se busca la utilidad práctica que devenga en un beneficio económico que va creciendo exponencialmente en cuánto más eficiente es la persona en su campo laboral, si se puede decir, en cuanto funcione adecuadamente y cada vez mejor.

No pretendo juzgar a  todas las personas vivan el trabajo de esta manera. Tampoco quiero decir que “todo” el sistema es malo, ya que, en algunos de sus aspectos, puede ser beneficioso para el desarrollo económico de la sociedad.

El gran problema es, en mi opinión, cuando las personas, de carne y hueso, son absorbidas por esta visión del trabajo hasta incluso vivir el resto de su vida cotidiana en estas coordenadas y valores, que sólo generan tensiones dañinas. Algunos síntomas de estar inmersos en esta dinámica son: Las relaciones con otras personas son medidas según el beneficio económico que saco de los otros; los hijos son una proyección de los deseos de éxito y por lo tanto se les exige una eficiencia perfecta desde pequeños; la vida diaria se convierte en una rutina en la que cumplo funciones sin saber el sentido de ellas; surgen las comparaciones económicas entre los amigos y parientes que son, a su vez, una presión para no quedarse atrás y seguir “creciendo”; nunca se está satisfecho con lo que se tiene y se busca mejorar el trabajo para tener más y más. Son muchas y variadas las consecuencias de vivir según esta perspectiva.

[pullquote]Una consecuencia, quizá de las más importantes, a la cual quisiera prestar más atención es el alejamiento constante de lo auténticamente real. Digo alejamiento y no pérdida porque creo que toda persona, más allá del grado de alienación que pueda sufrir por estar sumergido en esta forma agresiva de vivir, nunca pierde totalmente el contacto con esto que llamo auténticamente real. ¿Qué significa lo auténticamente real? Es sencillamente aquellas dimensiones esenciales de la vida que hacen que la vida humana sea tal.[/pullquote]

Para poder entender este concepto acudiré a la imagen del niño. Se puede decir que un niño vive lo que vive, sin engaños ni alienaciones. Cuando está triste, llora con su mamá. Cuando está feliz, ríe y se va a compartir la alegría yendo a jugar con sus amigos. Cuando está con alguien a quien ama, es capaz de decirle que ama a la persona sin sentirse obligado o presionado sino que lo expresa simplemente porque es así y por ser así, brota de su corazón. Esta es la vida real, la vida en contacto con las cosas esenciales y de ellas, la más esencial, Dios.

Así, vivir en contacto con lo real significaría tomar el peso a lo que pasa a mi alrededor por más cotidiano y sencillo que sea. Significa valorar el diálogo con el otro con total admiración y respeto. Significa tratar a un desconocido con toda reverencia sabiendo de su infinita dignidad de persona creada a imagen de Dios. Vida real es tocar la existencia y darse cuenta de su origen en el Creador. Vida real es valorar la propia interioridad y la variedad de experiencias que transitan el alma. Vida real es expresar estas experiencias con transparencia y sin cálculos. Vida alejada de lo real es justamente lo contrario.

La “vida real” suena a un hermoso ideal difícil de alcanzar. La realidad es que mañana tocará hacer lo mismo de hoy y seguir sumergido en el trabajo para seguir produciendo y creciendo, y así dar un mejor bienestar a la familia. No se trata de abandonar el trabajo. Ello sería completamente absurdo. Se trata de cambiar de estilo de vivir la vida laboral y la vida cotidiana, y este cambio es más interior que exterior.

Ahora quisiera proponer una actitud interior fundamental para ir conquistando cada vez más la vida auténticamente real. Se trata de la actitud del asombro. Para los griegos el asombro era el preámbulo de la filosofía y era razón de dicha en la vida. Aseguraba Platón que los dioses se habían compadecido de la especie humana, nacida para trabajar, regalando festivales divinos de contemplación y admiración. Así también afirmaba en su Teeteto a través de Sócrates que es propio del filósofo el estar lleno de maravilla y justamente esto es el principio de la filosofía (Ver Teeteto, 155 D). Más adelante en la historia de la filosofía, Santo Tomás afirmaría que “El motivo por el cuál es filósofo se asemeja al poeta es que ambos tienen que habérselas con lo maravilloso” (Ver comentario a la metafísica de Aristóteles 1,3). La razón de la maravilla, explica Platón nuevamente en el Teeteto, es que aquello que no existía, no puede existir, sin el ser (Ver Teeteto, 155 C). Así, la razón del asombro es el ser, en palabras sencillas, el motivo del asombro es que las cosas existen, que tienen existencia.

[pullquote]Asombrarse del ser que existe es algo que en una infinidad de veces pasa desapercibido pues es lo más común a nuestra vida. Existimos y no lo ponemos en cuestión. Sin embargo, ¿debería ser tan sencillo aceptar esta admirable realidad? Justamente creo que en el momento en que nos acostumbramos a la existencia es el momento en el cual se abren otras rendijas en nuestro estilo de vivir por la cual se cuelan otros modos de relacionarse con las cosas. Modos que, como hemos visto antes, podrían ser causas de alejamiento de lo auténticamente real. El asombro ayuda a que la persona se reenfoque en lo real y valore las cosas por su peso natural.[/pullquote]

El asombro no es ninguna actitud difícil de realizar exclusiva de algunas personas pues es totalmente parte de la vocación de todos. El funcionario, el ingeniero, el empresario, la ama de casa, el estudiante, el niño, todos están en capacidad de vivir el asombro y no solo eso, sino que tienen razones innumerables por las cuales asombrarse. Es muy cierto que a partir situaciones sumamente cotidianas a veces uno gana experiencias que atesora para siempre. Por ejemplo, cuando una madre tiene la oportunidad de estar con su hija en el auto de regreso a casa, ¿Acaso no es una excelente y hermosa oportunidad para admirarse de su hija y decirle: “Gracias por existir”? Y si sucede esto, ¿Acaso no sería una ocasión que quedaría guardada en la experiencia de ambas para siempre? El asombro siempre va a estar al alcance de la mano y nunca va a fatigar pues su razón de ser es justamente destensar a la persona preocupada en sus mil tareas y pendientes, para así reenfocarla en lo verdaderamente importante.

Dice Ignace Lepp que “La contemplación (o asombro) es, con certeza, indispensable para que la realidad humana se convierta en un existente auténtico” (Ver “La existencia auténtica” Cap. 1). El existente auténtico es aquel que vive desde su verdad. Una persona vive una existencia auténtica en la medida que conoce el sentido de su vida. Este sentido es aquel que ilumina toda la realidad de la persona y por lo tanto orienta los pasos adecuadamente incluso en las circunstancias más difíciles. El asombro es indispensable para alcanzar esta luz de verdad y por ello, es una actitud totalmente conveniente y accesible para quebrar la lógica ensimismada del trabajo antes descrita.

Nos dice la Fides et Ratio acerca del asombro y la relación que tiene con la búsqueda de la verdad (Ver Fides et Ratio 4): “Movido por el deseo de descubrir la verdad última sobre la existencia, el hombre trata de adquirir los conocimientos universales que le permiten comprenderse mejor y progresar en la realización de sí mismo. Los conocimientos fundamentales derivan del asombro suscitado en él por la contemplación de la creación: el ser humano se sorprende al descubrirse inmerso en el mundo, en relación con sus semejantes con los cuales comparte el destino. De aquí arranca el camino que lo llevará al descubrimiento de horizontes de conocimientos siempre nuevos. Sin el asombro el hombre caería en la repetitividad y, poco a poco, sería incapaz de vivir una existencia verdaderamente personal”. Así como para los griegos el asombro era el preámbulo de la filosofía, para nosotros podría ser el preámbulo de una vida auténticamente real y por lo tanto de una vida con sentido y dichosa pues incluso en lo rutinario de lo cotidiano se torna luminosa por las respuestas que va encontrando a través del continuo asombro de cada cosa que pasa. De esta manera, se puede decir que el trabajo se reconcilia y encontrando una fuente de donde refrescarse con Agua Viva es capaz de dar frutos de auténtica humanidad.

© 2013 – Sergio Samaniego para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 
 

Sergio Samaniego

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