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¿Quién no quiere amar y ser amado? Esa relación recíproca de amorización responde al anhelo más profundo de todo ser humano. Sin embargo, en la sociedad actual, descubrimos que para muchos, esa vocación al encuentro y comunión, está disminuida. En unos casos hay un esfuerzo sincero por vivirla, pero no se ponen los medios adecuados. Otras veces se ponen los medios necesarios, pero cuando la cosa se pone cuesta arriba, muchos desisten y viven solamente un pálido reflejo del amor verdadero. Finalmente, están aquellos, que dispuestos a asumir el sacrificio, viven el amor de modo incondicional.

En vez de vivir el amor, lo que vemos es el egoísmo e individualismo, la autosuficiencia y la indiferencia; el creerse el centro de la realidad; la poca involucración y compromiso con el prójimo; el querer ser servido en vez de servir; una actitud burguesa que nos hace incapaz de ayudar al prójimo. Todo esto lleva a que no se empleen los propios dones y talentos personales para la edificación mutua. También hay una comprensión pobre, trivializada y desfigurada de lo que significa el amor. En fin, tantas actitudes que no permiten vivir el llamado profundo a una entrega amorosa. Por eso vemos tantas personas que, mediocremente, se contentan con una malsana autocomplacencia, ajenos al horizonte infinito que brota de un corazón generoso.

Todas estas actitudes negativas tienen unas consecuencias funestas en la vida de cada uno. La tristeza, la angustia, el sinsentido. Así mismo, también en las familias se percibe esa crisis del amor, cuando se pone el éxito profesional, la ansiedad por tener cada vez más dinero y la búsqueda excesiva de comodidad, antes que una opción por el amor, que se refleja en una actitud de apertura a la vida.

También se ve la poca capacidad y compromiso para vivir el amor por la enorme cantidad de divorcios, de hijos que carecen de un entorno afectivo. Socialmente hablando, podemos ver claramente cómo falta una preocupación por los más necesitados. Un gran porcentaje de la población vive en condiciones indignas e inapropiadas; no obstante, eso no suscita la solidaridad en aquellos, que, con una condición económica mejor, podrían tenderle una mano a esos que no tienen cómo vivir.

La misma aproximación egoísta se ve, claramente, en la cantidad de políticos y personas responsables por el gobierno de los pueblos, que están más interesados en llenarse el propio bolsillo que en buscar la justicia y el bien común. A otro nivel, vemos la cantidad de guerras y violencia entre los pueblos, ocasionados por motivos e intereses de algunos particulares, que moviendo las políticas nacionales, acarrean muchísimas situaciones de violencia y desigualdad.

Económicamente hablando, vemos como un pequeño porcentaje de la población mundial tiene más recursos económicos y bienestar material que la gran mayoría de las personas. No se trata de ser negativos, sino críticos. Tomar conciencia de cómo hoy en día muchísimas personas y estructuras sociales no reflejan el amor al que estamos llamados a vivir. La situación actual es de una profunda crisis. En vez de vivir una cultura de vida, de amor, de justicia e igualdad, vemos un difundido egoísmo. No se pueden juzgar las intenciones de cada uno, puesto que muchos pueden tener la mejor de las intenciones. Sin embargo, lo que sí vemos en la práctica, es una cultura de anti valores, contraria al amor, en la que la entrega y sacrificio por los demás es algo muy raro.

No obstante, queda claro que esa no es la manera como alcanzaremos una adecuada realización personal y social. Sólo el amor es el camino para una vida auténtica. Una respuesta clara a los problemas actuales. ¡Si nos preocupáramos un poco más por el prójimo, cuántas situaciones complicadas, material o espiritualmente hablando, podrían tener una solución! Hagamos un breve desarrollo de cómo hacer para vivir el amor. Percibir en ese camino una senda segura para la propia realización, y una manera consistente para cambiar la realidad crítica en la que vivimos.

El Apóstol San Pedro nos propone un camino concreto de virtudes para alcanzar una vida cristiana genuina (2Pe 1,5-7). Virtudes que nos llevan a alcanzar la cima del amor cristiano en la caridad ((Kenneth Pierce B. La escalera espiritual de San Pedro. Vida y Espiritualidad, Lima 2010, p. 13.)). Amor que es la única respuesta auténtica para la realización del hombre. Amor que es “antídoto” para el mal que aqueja a nuestra cultura actual. Amor que restablece las rupturas entre los hombres y con Dios.

Dios, desde su infinito amor, crea al hombre a su imagen y semejanza (Ver Gen 1,26-17), y le concede una estructura interior que lo mueve a desplegarse en el Amor; esa vocación al Amor es el único camino auténtico. Esto lo deja claro San Pablo, en su carta a los Corintios, cuando dice que “aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha” (1Cor 13,3). Un amor pleno, que sólo Dios, en Cristo, nos puede enseñar ((«Por tanto, yo os pido por el estímulo del vivir en Cristo, por el consuelo del amor, por la comunión en el Espíritu, por la entrañable compasión, que colméis mi alegría, siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos. Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás.» Fil 2, 1-4)).

El Apóstol San Pablo, en su primera carta a los Corintios, nos muestra algunas de las tantas características del amor, que son un camino concreto y viable, que ofrece una salida y respuesta para los problemas de la cultura actual ((«La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.» 1Cor 13, 4-7)). Con esa enumeración de cualidades, el apóstol muestra como se trata de un amor que tiene repercusiones concretas y muy encarnadas en nuestra vida.

También el Apóstol San Pedro, hablando de la vocación al amor, presenta una escala de virtudes, que nos lleva a vivir la caridad, fundamentados en la fe en Cristo. Esa escala de virtudes la muestra San Pedro en su «dirección, que es un camino ascético espiritual que tiene al Señor Jesús como centro de toda su dinámica, y que nos lleva desde la fe, avanzando nutridos de esperanza, hasta la caridad» ((Kenneth Pierce, ob. Cit. p. 75)). Lo que San Pedro nos invita y enseña a vivir con su dirección es el amor a Dios, que nos impulsa hacia la caridad con todas las personas.

El hombre, creado a semejanza de Dios, está llamado a ser como Dios, viviendo el Amor. Para ello, el hombre debe despojarse de todo aquello propio del hombre viejo –que vive y es influenciado por la cultura actual, con todo lo mencionado al principio del artículo– y revestirse del hombre nuevo que es Cristo (Col 3,8-15; Ef 4,20;5,1-2). «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia (…) y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección» (Col 3,12.14). «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos» (1Jn 3,14).

El amor es la corona de la vida cristiana. Es un camino de humanización, que, desde el encuentro con Dios Amor, nos abre al encuentro con los demás y se proyecta en un anuncio apostólico activo y comprometido. Es un camino que nos introduce en el misterio de la participación de la naturaleza divina ((Somos integrados por el mandato del Señor a la comunión y asociación con Él (1Cor 1,9; 2Cor 1,7) y con el Padre (Jn 14,20–23;17,21-23; 1Jn 1,3) y con el Espíritu Santo (2cor 13, 14).)).

Todo esto implica el mayor esfuerzo de nuestra parte. Ir en contra de la corriente de egoísmo del mundo, exige todo nuestro empeño ((«según el máximo de mi capacidad y el máximo de mis posibilidades para así responder al Plan de Dios en todas las circunstancias concretas de mi vida» Luis Fernando Figari, Con María en oración, FE, Lima 1997, p. 25.)). Ese esfuerzo personal debe nutrirse de una relación íntima con Dios, a través de momentos fuertes de oración, en los cuales vamos cultivando nuestro amor a Él. Este amor a Dios debe llevarnos a un amor fraternal. Implica un compañerismo. Un vínculo que brota del Señor Jesús como raíz. El verdadero amigo es aquél que me conduce al Señor Jesús. Implica compromiso, involucración, sacrificio por el otro.

Nos dice San Pedro en su primera carta: «Amaos intensamente unos a otros, con corazón puro» (1Pe 1,22). «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,12ss). Todo esto exige sacrificio en lo sencillo, en las actividades de lo cotidiano, en la generosa entrega, en la vivencia del servicio, atendiendo las necesidades del prójimo, saliendo a su encuentro, ayudándolos en las situaciones concretas, escuchándolos y acogiéndolos cuando necesiten. Todo esto es muy lejano a la mezquindad, la envidia, el egoísmo y el individualismo. Este amor fraterno nos invita a la reverencia, la generosidad, la comprensión y el perdón, la apertura y corrección fraterna. Sólo el amor de Dios puede movernos a vivir esa fraternidad. Amamos al prójimo por Dios y en Dios ((Antonio Royo Marín, Teología de la caridad, BAC, Madrid 1963, p. 27)). «En esto conocerán que sois mis discípulos: si tenéis caridad unos con otros» (Jn 13,35).

En conclusión, este amor es tarea de toda la vida. Debe ser una lucha cada vez más ardorosa, más plenificante. Debemos ser, en medio a una cultura marcada por el egoísmo y la muerte, como antorchas que brillen e iluminen un mundo que está en tinieblas. No seamos indiferentes. Luchemos y trabajemos por infundir en nuestros ambientes la caridad. Sólo esto puede realizarnos y hacernos felices. Realizar y hacer felices a todos, y cambiar nuestra cultura de muerte, llena de antivalores, por la vida y el amor.

© 2014 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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