Una vez conversando con mis abuelos les hice esta pregunta: “Y ustedes, ¿cómo se conocieron?” Me contaron con lujo de detalle la primera vez que se vieron: el lugar, con quiénes estaban, qué hacían ahí, qué se dijeron, etc. Mientras me hablaban me daba cuenta de lo entusiasmados que estábamos tanto ellos como yo. Es que cuando dos personas están enamoradas hace más de 10, 25, 50 o más años, como se da entre los esposos, constantemente van a mirar en el otro su historia. Ésta ha estado llena de alegrías, dolores, conflictos, momentos de decepción y de perdón, etc. De manera análoga, podemos decir que hay una historia entre Dios y el Hombre. Ésta también ha estado llena gozos y decepciones, pero sobre todo ha estado llena del amor misericordioso de Dios. Él y el Hombre han tenido (y tienen aún) una historia entre sí.

Dios nos creó por Amor

«En el principio Dios creó los cielos y la tierra. La tierra era caos y vacío, y la oscuridad cubría la superficie del océano. Pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas. Dijo Dios: Haya luz. Y hubo luz. Dios vio que la luz era buena, y separó Dios la luz de la oscuridad. Y Dios llamó a la luz día, y a la oscuridad la llamó noche. Atardeció y amaneció: día uno.» (Gen 1, 1-5)

Quizá alguno lea el relato de la Creación que se encuentra en la Biblia y se haga la pregunta: ¿de verdad es posible que las personas aún crean que Dios iba haciendo el mundo en siete días? ¿Qué Dios creó al Ser Humano en un día? No es de extrañarse contradecir e incluso agitarse en conversaciones al respecto. El entonces Cardenal Joseph Ratzinger (ahora Benedicto XVI) en su libro “Creación y Pecado” comenta esto diciendo que al leer el texto de la Creación «se produce una cierta contradicción; (las palabras) resultan hermosas y familiares, pero ¿son también verdaderas? Todo parece indicar lo contrario, pues la Ciencia ha abandonado desde hace ya mucho tiempo estas imágenes que acabamos de oír: la idea de un Universo abarcable con la vista en el tiempo y en el espacio y la de una Creación construida pieza a pieza en siete días» ((Cardenal Joseph Ratzinger. Creación y Pecado, EUNSA, Navarra, 2005.)).

En el texto en mención, Benedicto XVI con su particular tino al escribir afirma lo siguiente: «La Biblia no es un tratado científico ni tampoco pretende serlo. Es un libro religioso; no es posible, por lo tanto, extraer de él ningún tipo de dato científico, ni aprender cómo se produjo naturalmente el origen del mundo; únicamente podemos obtener de él un conocimiento religioso». Antes de que el lector se escandalice con estas palabras, es necesario aclarar que Benedicto XVI no está negando el relato la Creación, sino que lo está afirmando más que nunca. Para el Papa Emérito el relato de la Creación busca transmitirnos una idea de fondo con una forma literaria acorde para quienes lo lean. ¿Y la idea de fondo cuál es? Que Dios ha creado todo cuanto existe, incluyendo a la Persona Humana.

Si Dios hubiese querido que el relato de la Creación hubiese sido escrito con todos los sustentos o teorías científicas que hoy conocemos y se proponen, probablemente Stephen Hawking hubiese sido el único en poder leer y entender las Sagradas Escrituras. Gracias a Dios no fue así, sino que el relato con su estructura literaria nos arroja una verdad capaz de ser comprendida por toda persona: Dios ha creado el mundo y ha creado también a la Persona Humana.

PRIMERA PARTE DE LA HISTORIA: Dios y el Hombre se conocen

«Dijo Dios: hagamos al Hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra (…) Y Dios creó al Hombre a su imagen, lo creó a imagen de Dios, varón y mujer los creó. Y Dios los bendijo con estas palabras: Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; (…) Y Dios dijo: He aquí que os he dado toda hierba portadora de semilla que hay en la superficie de toda la tierra, y todo árbol cuyo fruto lleva semilla os servirá de alimento (…) Y Dios vio todo lo que hizo y he aquí que era muy bueno. Atardeció y amaneció: día sexto.» (Gen 1, 26-31)

Dios nos ha creado. Él es nuestro Creador y nosotros somos su creatura. Esto significa que a Dios pertenecemos como un hijo pertenece amorosamente a su Padre. Un Padre puede tener dos actitudes con su hijo: si el Padre es descuidado probablemente olvidará sustentarlo, ante el peligro lo dejará a la deriva y en vez de educarlo lo va a malograr (de estos casos se escuchan muchos hoy en día). Pero si el Padre ama a su hijo velará por él, lo tomará en sus brazos, lo cuidará del peligro, velará porque nada le falte, le enseñará a ser una buena persona, etc. Resuena aquí la Parábola del Hijo Pródigo:

«Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.” Y él les repartió la herencia. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su herencia viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que lo envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Y, levantándose, partió hacia su padre. Pero estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente.» (Lc 15, 4-6)

De la misma manera que el Padre tiene tal aprecio por su hijo que corre a besarlo (a pesar de sus graves faltas), Dios nos tiene un aprecio tal que nos buscará siempre hasta encontrarnos. ¿Por qué? Porque es nuestro Creador que tratará que su creatura no se pierda. Y si lo hace, correrá a encontrarlo, se echará a su cuello y lo besará efusivamente. Queda claro pues que la primera parte de la historia entre Dios y el Hombre es que los dos se han conocido. El Creador conoce a su creatura como un Padre conoce a su hijo recién nacido.

SEGUNDA PARTE DE LA HISTORIA: El Hombre ha decepcionado a Dios

Dios hizo libre al Hombre para poder amar porque el amor obligatorio no existe. Pero esa libertad el hombre la convirtió en libertinaje. Tanto el Pecado Original, como el asesinato de Caín a Abel, las traiciones de Israel a la Alianza y la Idolatría son una muestra de ello. Pero, además, en la actualidad podemos ver las consecuencias del pecado en nuestra generación en atrocidades como el holocausto judío en la II Guerra Mundial, los genocidios del siglo XX, las persecuciones a los cristianos, entre otros. Podemos decir que el hombre con su libertad hizo lo que le vino en gana. Con su pecado ha decepcionado a Dios una y otra vez.

«El relato de la caída (Génesis 3) utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre. La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres» ((Catecismo de la Iglesia Católica 390)). Así como en la primera parte decíamos que el texto de la Sagrada Escritura nos transmite una idea de fondo, lo que el relato de la caída busca transmitirnos es que el Pecado ha entrado al mundo por culpa del Hombre. Éste desobedeció y traicionó a quién tanto le había dado. Siendo hombre quiso hacerse Dios, siendo creatura quiso hacerse Creador.

El pecado tiene consecuencias nefastas para el hombre. Por un lado, rompe su relación con Dios a la vez que entra en ruptura consigo mismo. San Juan Pablo II expresa esto de la siguiente manera: «En cuanto ruptura con Dios el pecado es el acto de desobediencia de una creatura que, al menos implícitamente, rechaza a aquél de quien salió y que la mantiene en la vida» ((S.S. Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Reconciliatio et Penitentiae 15)). Por eso el Papa Wojtyla llamaba al pecado “acto suicida”, porque atentando contra Dios atenta contra quien le hace vivir. Asimismo, el pecado sería también “acto homicida”: el hombre, llamado a amar, con el pecado termina obrando egoístamente una injusticia contra los demás ((Miguel Salazar Steiger. Persona Humana y Reconciliación, Vida y Espiritualidad, Lima, 1992.)).

TERCERA PARTE DE LA HISTORIA: Dios no abandonó al Hombre

A pesar de su pecado, desde el principio Dios salió en busca del Hombre. Como el Pastor no abandonó a su oveja, el Creador no abandonó a su creatura. ¿Quién podía liberar al hombre de la esclavitud del pecado sino Dios mismo? Esta es la razón por la que Dios se hizo Hombre. En la caída original el hombre quiso hacerse Dios, pero en la Encarnación Dios se ha hecho Hombre para rescatarlo.

¿Cómo nos amó Jesucristo? Su vida en la tierra habla por sí misma: amó sanando a los enfermos, acogiendo a los pecadores y expulsando a los demonios que atribulaban a muchos. Pero ese amor se vio plasmado con entereza al momento de su Pasión:

«Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora para que pasase de este mundo al Padre, como amaba a los suyos, los que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1)

Jesús es vendido por Judas, uno de los doce, a un precio de 30 monedas de plata. Es difamado por los que lo envidiaban. Golpeado por Sumos Sacerdotes, Sanedrín e incluso los sirvientes de éstos. Es flagelado ((En el libro Vida de Jesucristo de Giuseppe Ricciotti (1978) se describe la flagellatio de la siguiente manera: “El paciente (en este caso Jesús), después de desnudado, era atado a un palo por las muñecas, para que presentase la espalda encorvada. Los golpes (eran asestados) con un instrumento especial, el flagellum, que era un robusto látigo con muchas colas de cuero agravadas por varias bolitas de metal y aun armadas de agudas puntas (escorpiones). Así como entre los judíos la flagelación estaba limitada a un número preciso de golpes, entre los romanos no la limitaba otro número que el libre albedrío de los flageladores o la resistencia del paciente. El flagelado, sobre todo si estaba destinado a la pena capital, era considerado como un hombre sin nada de humano, como un huero simulacro del que la ley no se preocupaba ya, como un cuerpo en el que cabía ensañarse a placer.”)) por orden de Poncio Pilato (quien no tuvo las agallas para dejarlo libre). Es coronado de espinas. Es condenado a muerte, siendo claramente inocente ((Recomiendo leer las páginas 642 a 675 del libro Vida de Jesucristo de Giuseppe Ricciotti (1978) de la Editorial Luis Miracle. Allí se describe a lujo de detalle la injusticia con que se llevaron los dos procesos de Jesús para ser finalmente condenado: el proceso Religioso ante el Sanedrín y el proceso Civil de Jesús ante Pilatos y Herodes.)). Debe cargar con su propia Cruz hasta el monte del calvario. Y en el camino soporta escupitajos, insultos, miradas de desprecio y bofetadas. El condenado ve con dolor las lágrimas de su Madre y las mujeres de Israel, que intentan consolarlo. Y al final del camino, le esperan esos desgarradores clavos en sus manos y pies. ¿A qué se debe tanto? Es la respuesta de amor de un inocente que entrega su vida por otros. Es la respuesta del amor misericordioso de Dios por el Hombre.

CONCLUSIÓN

La historia de amor entre Dios y el Hombre está en pie porque Dios mismo se hizo Hombre para salvarlo. Si lo hecho por Jesús no me ayuda a ver que Dios me ama, ¿qué lo hará? Me gustaría citar aquél relato del Papa Francisco el año pasado acerca de Juliana de Norwich ((Escritora mística cristiana de la Inglaterra del Siglo XIV.)). Era una mujer inglesa y analfabeta. De joven tuvo visiones de la Pasión de Jesús y al final de las visiones nos relata lo siguiente: «Entonces nuestro buen Señor me pregunto: “¿Estás contenta que yo haya sufrido por ti?” Yo dije: “Si, buen Señor, y te agradezco muchísimo; sí, buen Señor, que Tú seas bendito”. Entonces Jesús, nuestro buen Señor, dice: “Si tú estás contenta, también yo lo estoy. El haber sufrido la Pasión por ti es para mí una alegría, una felicidad, un gozo eterno; y si pudiera sufrir más lo haría”». Este es Jesús, que nos dice con amor: “Si pudiera sufrir más por ti, lo haría” ((Papa Francisco Catequesis sobre el Triduo Pascual el 13 de marzo del 2016.)).

Habiendo dicho todo esto, cada uno de nosotros tenemos que preguntarnos ¿cuál es la historia entre Dios y yo? ¿Dios me conoce y yo lo conozco? ¿Hay alguna muestra de amor que Él me haya hecho? ¿Le he fallado y me ha perdonado? Sólo respondiéndonos estas preguntas podremos tomar conciencia de la presencia de Dios en nuestras vidas.

© 2017 – Esteban Trujillo Acosta para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Esteban Trujillo Acosta

Esteban nació en Santiago de Guayaquil, Ecuador en el año 1991. Es el quinto de seis hermanos. Estudio Derecho en la Universidad Espíritu Santo (UEES) y se graduó como Abogado en el año 2015. Actualmente vive en la ciudad de Lima, Perú.

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