Es indudable que estamos en un mundo en el que somos constantes receptores. Basta salir a la calle para descubrir la cantidad de mensajes que tenemos de afuera: Publicidad sobre moda, los últimos avances tecnológicos, el último carro, comida, etc. No cabe duda que todo esto, aunque no queramos, tiene una resonancia en nuestro interior. Ante esta situación, recuerdo las palabras del Señor que dice: “Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra”.

¿Se puede hoy escuchar a Dios con tanta bulla afuera? ¿Estas palabras no eran más eficaces hace dos mil años cuando se vivía más tranquilo en un pueblo como Galilea? Frente a estas preguntas válidas, no cabe duda que Dios sigue hablando al hombre de hoy. El Papa Benedicto XVI expresa esto en una homilía de Adviento durante su pontificado: “Él en cierto sentido, el Señor desea venir siempre a través de nosotros, y llama a la puerta de nuestro corazón: ¿estás dispuesto a darme tu carne, tu tiempo, tu vida? Esta es la voz del Señor, que quiere entrar también en nuestro tiempo, quiere entrar en la historia humana a través de nosotros. Busca también una morada viva, nuestra vida personal. Esta es la venida del Señor” . El escuchar a Dios nos permite entrar en una íntima relación con Él, que se quiere comunicar con nosotros. Por ello, quiero explicar tres realidades de nuestro ser personal que nos permitirán vivir mejor nuestra relación con Dios.

Dios llama a la creatura

«Dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra”. (…) Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios los creó (…) Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien.»

Las Sagradas Escrituras nos revelan que el ser humano está hecho a Imagen y Semejanza de Dios. Esto quiere decir que es la única creatura que es invitada a participar del ser de Dios. Pues la imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unidad de las personas divinas entre sí de tal manera, que Dios puede dirigir su Palabra, y ella puede entender y responderle. Un claro ejemplo de esto lo encontramos en los primero capítulos del Génesis: Dios mismo toma la iniciativa de crear y buscar al hombre. Quiere comenzar una relación con el ser humano, esperando la respuesta libre de este.

¿Qué aporte tiene esta verdad revelada para nuestra vida cotidiana? La primera es reconocer que existimos, porque Dios quiere tener una relación con nosotros. Nuestra vida solo sigue siendo posible porque Dios nos mira y repite: “Es bueno que existas”. Antes que nosotros queramos tener una relación con Dios, Él es el primero que la quiere y de alguna manera ya la tiene. Es nuestro creador y nos creó con la capacidad de encontrarnos con Él, pues fuimos creados para Él y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Él . Por ello, cada nuevo día es otra oportunidad para encontrarnos con Dios. Cada vez que miro a un ser querido es reconocer que Dios lo sigue llamando. Podemos iluminar muchas realidades de nuestra vida con esta verdad.

El segundo aporte es que nuestra relación con Dios influye en la relación con los demás. En el versículo 18 del Génesis del capítulo 2 se lee que Dios quiere proporcionarle al hombre una ayuda adecuada. Por ello, Dios modeló del suelo todo tipo de animales para que el hombre los nombrara, sin embargo, en los versículos siguientes se lee que el hombre no encontró una ayuda adecuada en ellos. Así, Dios resolvió crear a la mujer y ella fue llevada ante el hombre y este dirá: “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”.

La persona no se entiende sin un semejante a él. No bastan los animales, las plantas, etc. En el encuentro con el otro es que el hombre encuentra la verdadera ayuda adecuada, su complemento. Dios al crearnos según su Imagen y Semejanza nos une íntimamente a Él y a todos los hombres entre sí. Así el otro no es para mí un objeto más de la creación, sino alguien que me ayudará en mi relación con Dios, a parecerme más Él.  Como las Personas Divinas se aman entre sí, nosotros estamos llamados a amarnos de igual manera. San Juan en su carta escribe: “Si alguno dice: «Yo amo a Dios», y a la vez aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama su hermano, a quien ve, no puede a amar a Dios, a quien no ve”.

El reconocer nuestra creaturalidad en un mundo ruidoso y autosuficiente, nos ayuda profundamente a escuchar la llamada personal que Dios hace a nuestras vidas. Sin embargo, sabemos también que la historia no termina aquí, pues el hombre pecó y ¿qué hace Dios frente a esto?

Dios llama al pecador

Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahvé Dios que se paseaba por el jardín a hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahvé Dios por entre los árboles del jardín, Yahvé Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?»

La mujer después de entablar una “relación” con la serpiente (vale decir que es el único animal que presenta rasgos personales, pues es capaz de comunicarse, tiene voluntad, una intención propia) es engañada. Ella come del fruto prohibido y se lo entrega al hombre, comparte con él la desobediencia, introduciendo así el pecado original en el mundo. Ante esta situación Dios se acerca al hombre para hacerle una pregunta ¿Dónde estás? El hombre ha pecado, ahora teme la presencia divina, ya no experimenta la libertad de ser una creatura amada, pasa de la amistad a la rivalidad. Dios frente a esta situación lo llama, lo busca, no lo quiere ridiculizar, ni despreciar, pregunta con sensibilidad y lo llama: ¿Dónde estás? Lo quiere traer otra vez a su presencia, no lo quiere lejos de Él.

El relato del Génesis continúa con el castigo de Dios hacia la serpiente, y la expulsión del hombre y la mujer del jardín del Edén. Entre estos versículos se encuentran dos acciones de Dios hacia el hombre pecador que manifiestan su corazón misericordioso y el llamado que le sigue haciendo. El primero está en el versículo quince en la promesa inmediata de la radical enemistad entre la serpiente y la humanidad, dejando entrever la superioridad y victoria de esta. El segundo elemento se encuentra en el versículo veintiuno, en el que se ve que Dios hace para el hombre, que se encontraba desnudo y avergonzado, unas túnica de piel y Él mismo los viste.

Hoy en día parece que el pecado tiene la última palabra. Vemos tanto mal: noticias, estafas, abusos, suicidios, asesinatos, la lista puede extenderse mucho más. Es más, en nuestra propia vida pareciese que el pecado tiene la última palabra viendo nuestras luchas frustradas o vicios que arrastramos. Sin embargo, Dios sigue repitiendo ¿Dónde estás? Ante esta pregunta vemos como Dios no nos rechaza por nuestro pecado, Él acepta este mal y nos llama tal cual somos, en la situación concreta en la que nos encontremos. Ciertamente, Dios quiere nuestro cambio y bien, pero es importante entender que Dios llama así. No solo ve a un pecador, sino una criatura extraviada que necesita de su Creador.

Cuántas luchas infatigables o tristezas infecundas se podrían evitar en nuestra vida si se entiende que el amor de Dios es más grande que el mal cometido y sigue llamando aún con estas deficiencias. Las promesas de Dios siguen hoy en pie, Él no se arrepiente de lo hecho, está comprometido con nosotros. Las fragilidades de nuestra vida no se convierten solamente en un problema a resolver, sino en algo que debemos aceptar con humildad y descubrir que el primero que quiere nuestra victoria sobre el mal, es Dios.

Así se ve cómo Dios sigue “vistiendo” al pecador, en vez de la vergüenza, Él devuelve misericordia; por nuestro temor, da confianza; por nuestra mentira, verdad. El Papa Francisco en su primer Ángelus dice:  “Dios nos se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”. El Señor está dispuesto a darnos su misericordia en todo momento como recuerda el actual Pontífice. La mayor victoria del mal es robarnos la esperanza, vivir con el temor de creer que ante Dios ya no valemos la pena, que los otros ya no valen la pena. Sin embargo, las acciones de Dios demuestran todo lo contrario.

Dios llama en Cristo

Toda promesa de Dios, toda llamada de Dios, todo amor de Dios, alcanza su plenitud en Cristo. Dios mismo ha querido encarnarse, pues él permaneciendo fiel a su Plan de amor para la criatura humana, ha tenido la iniciativa de enviar a su Hijo para retornar la comunión perdida por el pecado. Así la realidad del hombre se ha hecho nueva en Cristo. Con Él no solo se retoma la Semejanza perdida y la Imagen se esclarece, sino que nos hace verdaderamente hijos. Siendo criaturas, pasamos a una vida de relación filial con Dios. En Cristo somos reconciliados, vuelve a unir lo que antes estaba junto, pero ahora, más pleno y nuevo.

Reconocer que Dios me llama en Cristo es fundamental, porque mediante los misterios de la vida del Señor, Anunciación – Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, se esclarece el  misterio de nuestra vida. ¿Qué quiere decir esto? Que la única manera de descubrir cuál es el camino por el cual Dios nos llama, es el mismo Señor Jesús.

Nuestra humanidad, limitada y frágil, no es algo ajeno al Señor. Su compasión llegó hasta el extremo de hacerse hombre y probado en todo, excepto en el pecado. Nuestros gozos y esperanzas, nuestras tristezas y angustias son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encontró eco en su corazón.  Así, cada momento de alegría con alguien querido, nos puede acercar a Jesús. La alegría humana de compartir la mesa en familia o en un partido de fútbol, el mirar un paisaje hermoso, todo, absolutamente todo, lo verdaderamente humano, puede ser elevado como una acción de gracias a Cristo y por Cristo.

También, cada momento de profunda dificultad y dolor en Cristo encuentran una respuesta. Desde el dolor por los propios pecados y el pecado en el mundo, hasta la muerte. En Cristo todo es nuevo. Dice San Alberto Hurtado: “El concepto meramente humano considera la muerte como el gran derrumbe, el fin de todo. Es un concepto impregnado de tristeza (…). La muerte va ordinariamente precedida de una dolorosa enfermedad, acompañada de una impotencia creciente, que llega a ser total. Los que rodean al moribundo contemplan, en completa pasividad, cómo ese ser querido es arrastrado al inevitable abismo. (…). El concepto cristiano de la muerte es inmensamente más rico y consolador: la muerte para el cristiano es el momento de hallar a Dios, a Dios a quien ha buscado durante toda su vida. La muerte para el cristiano es el encuentro del Hijo con el Padre; es la inteligencia que halla la suprema verdad, es la inteligencia que se apodera del sumo Bien. La muerte no es muerte. Lo veremos a Él, cara a cara, a Él, nuestro Dios, que hoy está escondido”

En conclusión, en Cristo descubrimos que somos capaces de responder al llamado de Dios, pero desde nuestra realidad personal concreta. Somos criaturas pecadoras que en Cristo, por pura misericordia, somos llamados hijos, capaces de responder al Padre de Amor. Dios siempre nos llama y espera, no dejemos pasar para mañana su amor. Por ello, a pesar del ruido del mundo busquemos escuchar a Dios que siempre tiene algo que decirnos. Vivamos lo que dicen los salmos: “En el bullicio de la fiesta bendecid a Dios. Bendecid al Señor, estirpe de Israel. Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra.”

© 2017 – Wilson Jáuregui para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Wilson Jauregui

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