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¿Dios puede ser persona? Cuando llamamos a Dios “persona” nos remitimos al dogma de la Santísima Trinidad: Dios es uno y trino. Un Dios y tres personas; Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el siguiente artículo no pretendo dar una explicación del misterioso dogma de la Santísima Trinidad. Mi objetivo aquí es realizar una reflexión apelando a la importancia de considerar a Dios como Persona y cómo ello influye en mi vida. Quiero dar luces a las muchas veces confusa experiencia existencial de lo que significa relacionarme con un Dios personal. Pretendo dar ciertas luces sobre lo que significa que como cristianos nos podamos comunicar con Dios que es persona; como tú y como yo. Espero no ser muy ambicioso por lo que pretendo, siendo mí deseo que crezca nuestro conocimiento y relación con Dios.

¿Qué significa persona? “Ser abierto a la comunión, capaz de escucha y respuesta, de diálogo y comunión”, nos dice Luis Fernando Figari ((ver Luis Fernando Figari. Dignidad y derechos humanos, VE, Lima )). Esta afirmación encaja perfectamente en la definición de hombre o mujer. Si no pudiésemos comunicarnos, sino pudiésemos entrar en comunión (específicamente de amor) podríamos estar a la altura de los objetos u animales.

Nos relacionamos con un mundo personal. ¿Te has preguntado por qué algo que te gusta o te parece interesante, no necesariamente le gusta o le parece interesante a otra persona? Me refiero a cosas cotidianas: una melodía, un cuadro, una frase, un paisaje, etc. Fácilmente podrás contestar que se trata simplemente de gustos, los cuales son diferentes entre las personas. Y es cierto. Justamente por ello la manera de relacionarnos con la realidad es de carácter personal. La experiencia que tenemos en contacto con lo que está fuera de nosotros es singular; nadie experimenta por mí. De la misma manera nuestra relación con Dios se da en la dinámica personal. Lo que a mí me dice no se lo dice a nadie más. Las mismas palabras del evangelio por ejemplo: “Dios es amor”, guardan para mí un significado único. Y no me refiero a la literalidad de la frase, sino a la resonancia interior que se da en mí, la cual está sujeta a mi estado de relación con Dios que he cultivado, o a las circunstancias vividas en un momento determinado.

Por ello cuán profundo, misterioso, hermoso, único es la experiencia personal de la existencia. Experiencia que se plasma en nuestra relación con Dios, como única e irrepetible, como experiencia que me pertenece. Y que al mismo tiempo nos permite proyectarnos hacia otra persona, viéndola como un auténtico misterio… un hermoso y único misterio.

Desde pequeños tenemos el profundo anhelo de conocer a Dios, de verlo, de experimentar su compañía. Puedo considerar a Dios mi amigo de verdad justamente porque es persona.

[pullquote]Probablemente, de jóvenes hemos dejado de relacionarnos con Dios, lo hemos dejado de lado porque al parecer no es una persona cómo esperábamos. A lo mejor, al año siguiente de realizar mi primera comunión fui a misa, y mantenía esa amistad con Dios. Pero con el tiempo, empiezo a faltar por distintos motivos (no es necesario pensar en culpables), y me doy cuenta que el dejar de comulgar no es tan grave. Es decir; sigo vivo, no ha cambiado radicalmente mi vida. Parecería que la vida continuara de igual manera estando con Dios o sin Dios. Así va dejando de ser lo importante que era para nosotros. Nietzsche afirmaba que “Dios ha muerto, y nosotros lo hemos matado”; a lo mejor para muchos no es tan trágica la cuestión, y no es que haya muerto, sino que hay otras prioridades en mi vida.[/pullquote]

¿Por qué Dios ha perdido importancia en mi vida? Mi hipótesis es porque no ha madurado nuestra fe; porque a lo mejor de niños nos era muy normal ver a Dios cercano, a quien necesito junto a mí. Pero al crecer, no nos hemos dado cuenta que su presencia, que su verdad, necesita ser comprendida desde categorías más profundas, aunque igualmente personales; como cuando éramos niños.

Y es por la madurez en la fe que podemos preguntarnos ¿sería posible un Dios-Amor que no fuera persona? Es decir, si consideramos a Dios un ser impersonal; como, un espíritu, una energía, un objeto o una idea. Que Dios sea una persona primero nos habla de esa identificación que podemos tener con Él porque nosotros también somos personas, que tenemos un espíritu, un cuerpo material y un alma, pero que no nos reducimos a uno de ellos, sino que todas estas dimensiones están presentes en el hombre. En Dios todas estas dimensiones están plasmadas en su existencia, que se ha hecho más evidente en Cristo, quien es Dios hecho Hombre.

La fe cristiana consiste en creer a un Dios que es persona. Dice Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas Est: «No se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Hay personas sin las cuales nuestra vida sería distinta, hay personas que nos marcan para siempre. Para el creyente, Dios es una Persona que no pasa desapercibida a lo largo de la vida, más bien debe ser fundamental su presencia. Él quiere, está presente, no solo como un Dios omnipotente y omnisciente, sino como un Dios que me conoce y me ama, a quien puedo confiarme como confío en mis familiares y amigos.

Replantearnos la pregunta sobre Dios nos exige considerar lo sensato y necesario que es creer en un Dios personal, abierto al diálogo y la comunión conmigo, consideremos acercarlo a nuestra vida, en las alegrías y dolores, en la prosperidad y la pobreza, en la salud y la enfermedad. Y al considerar conocerlo de verdad, y ahondar más en cómo es, aprenderemos de Él el amor.

© 2014 – José Luis Villalobos Mendiola para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

José Luis Villalobos Mendiola

Jose, realizó estudios de psicología en la Universidad Técnica Particular de Loja (Ecuador), especializandose en el ámbito laboral en Recursos Humanos, participando en organizaciones y proyectos agroindustriales, metalmecanica, así como en consultoría a empresas. Posee un interés por el desarrollo del potencial humano en todos los ámbitos de la vida y cree firmemente en la importancia de las relaciones personales y el diálogo como espacios de transformación de la realidad para el bien común. Es un apasionado del deporte, especialmente del basket. Quiere ofrecer a todos los lectores insides valiosos sobre aspectos de desarrollo personal y profesional, partiendo de miradas creativas y profundas que generen soluciones efectivas a los desafíos en el día a día.

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