Introducción.

Cuando escuchamos hablar sobre qué es un laico en la Iglesia muchas personas piensan en cristianos de segunda categoría, hombres cuya labor en la Iglesia no es más que receptiva o meramente pasiva, frente a una “élite escogida” –la Jerarquía de la Iglesia– llamada a evangelizar y anunciar el Evangelio a las personas del mundo. Nada más equivocado de lo que es la realidad, y de lo que en es en verdad el Christifideles Laici o Laico cristiano.

La comprensión a través del tiempo sobre qué es fiel laico ha ido madurando a lo largo de la historia de la Iglesia. El laico no es un término inventado luego del Concilio Vaticano II para designar al resto fiel no clérigo como piensan algunas personas, es más bien una expresión hermosa de la diversidad de la Iglesia y de las múltiples funciones que hay en ella. Recordemos lo que nos dice S. Pablo: “Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo (1Co 12, 12)”.

En las primeras generaciones de cristianos convertidos por las misiones de los primeros apóstoles a lo largo del mundo, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Cristo, de ser parte de la comunión que se vive en torno a una persona que es Hombre-Dios, llegaba hasta el extremo de dar la vida por la fe. Vivir la vida cristiana era en serio. Llamarse “cristiano” era para muchos: sentencia de muerte. El amor que invadía los ardorosos corazones de estas personas por Dios y la Buena Nueva se expresaba en la sangre de su martirio, que a su vez eran semilla de nuevos cristianos. Ser cristiano era un don precioso, que ni la misma muerte podía arrebatar. Esto sin duda, a pesar de las diferencias del tiempo y del contexto, muestra el verdadero espíritu de lo que es ser cristiano ayer, hoy y siempre.

Siguiendo un poco más adelante en la historia, vemos la emergente santidad de diversos laicos cristianos que –a pesar de no ser muchos–, tuvieron un decidido compromiso con su fe y fueron testimonio para muchos de radical opción por seguir a Cristo y vivir los mandamientos hasta las últimas consecuencias. Entre ellos encontramos a los famosos eremitas y anacoretas como San Antonio, San Pacomio, Evagrio, entre otros. Además de estos, algunos laicos, gracias a la inspiración del Espíritu Santo fueron grandes fundadores de familias religiosas que persisten incluso hasta los días de hoy, como por ejemplo los benedictinos.

Con este pequeño recorrido de los primeros tiempos del cristianismo nos damos cuenta de cómo los laicos pueden contribuir de una manera original al desenvolvimiento del conocimiento y la práctica de la fe. Estos son y seguirán siendo una gran fuerza de la Iglesia para el cambio del mundo.

Ahora bien, el papel del laico y una cierta visión reducida sobre su identidad han existido en algunos sectores de la Iglesia en su historia. Eso, hay que aclarar, no es producto de que la misma Iglesia estuviese corrompida o no entendiera el mensaje cristiano, sino más bien producto de una natural madurez y comprensión de sus miembros. Una madurez, cabe decir, que va tomando forma más clara en las reflexiones y en el mismo resultado del Concilio Vaticano II.

El Concilio Vaticano II fue el principal acontecimiento eclesial del siglo XX, se realizó entre octubre de 1962 y diciembre de 1965 en un clima eclesial de renovación y apertura a los signos de los tiempos. Fue inaugurado por el “papa bueno” Juan XXIII que a los pocos años fue convocado a la casa del Padre y clausurado por Pablo VI el 8 de diciembre de 1965. El Concilio Vaticano II buscó responder a las inquietudes de la Iglesia y del mundo yendo a lo esencial, a su identidad más profunda, y desde ahí responder de manera renovada a los desafíos del mundo de hoy.

Uno de estos grandes desafíos que tuvo la Iglesia fue el de comprender mejor el lugar que ocupan los laicos en la misión de la Iglesia y lo sumamente necesarios que son para la construcción de la civilización del amor, en la que los mismos laicos –o seglares– son protagonistas esenciales.

El concilio tuvo 4 Constituciones, 4 columnas que sostienen el gran edificio de lo dicho por el magisterio pontificio en el Concilio Vaticano II. Una de ellas es la constitución dogmática “Lumen Gentium” que trata sobre la Iglesia; en ella separa el capítulo IV para hablar sobre los laicos, su papel y función dentro de la Iglesia y su misión en el mundo. También de los 9 decretos que existen del Concilio Vaticano II, uno habla sobre el apostolado de los Seglares: la Apostolicam Actuositatem. De estas dos perlas conciliares partirá mi reflexión sobre los laicos en el mundo de hoy.

¿Qué se entiende por laico?

La constitución Lumen Gentium nos da una definición a este término, dice:

“Con el nombre de laico se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los que viven en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo, según la parte que le corresponde”[1].

De aquí podemos extraer varios elementos que nos podrán ayudar a comprender la naturaleza del fiel laico:

a. Son miembros de la Iglesia: El laico se convierte en miembro de la Iglesia, se incorpora a Cristo como todo cristiano por medio del sacramento del bautismo. “Este carácter se aplica evidentemente también a los sacerdotes y a los religiosos; pero, puesto que el Concilio trata de estas dos categorías en otros lugares, limita aquí su punto de vista a los que no han recibido la ordenación sacerdotal ni se cuentan entre los miembros de un instituto religioso”[2]. Su participación activa en la Iglesia lo hace de manera consecuente llamado a la misión de la misma según las características particulares de su vocación laical.

Los laicos están “llamados a procurar el crecimiento de la Iglesia y su perenne santificación. El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia y a él todos están destinados por el mismo Señor en razón del bautismo y de la confirmación. El laico es testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia”[3].

b. Participación a su manera de los 3 munus: La participación del laico en la Iglesia posee rasgos particulares pero se fundamenta en la misma de todo cristiano, es decir, en la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo.

Todo cristiano laico participa de la función sacerdotal por el hecho de ser bautizado. Es lo que se llama el sacerdocio común de los fieles. Como nos dice la constitución Lumen Gentium: «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque se diferencian esencialmente y no sólo en grado (essentia et non gradu tantum), se ordenan sin embargo el uno al otro; porque uno y otro participan a su peculiar manera (suo peculiari modo) del único sacerdocio de Cristo. El sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad de la que goza, modela y dirige al pueblo sacerdotal, realiza in persona Christi el sacrificio eucarístico y lo ofrece en nombre de todo el Pueblo de Dios; los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la oblación de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y con la caridad operativa[4]». De esta manera los seglares están llamados según el modo que los caracteriza, a dar culto a Dios para la salvación de los hombres. Este culto es un “culto espiritual agradable al Padre[5]” que se expresa en la “entrega sincera de uno mismo a los demás[6]”. Los seglares dedican el mundo a Dios, y de este modo lo “consagran” –no el sentido de consecratio mundi– tanto por sus actos de adoración como por su actividad cotidiana. “El seglar consagra el mundo por el uso de los bienes terrenos con rectitud de conciencia, y por el respeto de su destino según los designios del espíritu[7]”. “Los laicos en cuanto adoradores, obrando santamente en todo lugar, consagran a Dios el mundo mismo”[8].

Con respecto a la función profética de los seglares “La misión que los seglares reciben de Cristo no implica la función de enseñar con autoridad en su nombre –como los clérigos–, pero sí la de rendirle testimonio por su fe e incluso por el don de la palabra. Tal carisma les es concedido para que aparezca la fuerza del Evangelio no sólo en el culto más o menos solemne sino también en la vida de cada día”[9]. El carácter de esta misión profética del laicado estará en dar a la palabra eficiente de Dios la ocasión de manifestar su fuerza en la familia y en la sociedad anunciando así que la existencia temporal no encuentra explicación, ni fin, ni satisfacción sino más allá de las fronteras terrenas.

La participación de los seglares en el servicio real se fundamente en el llamado de Jesús a que todos sus apóstoles y sucesores participen con Él en su “reino”. “Este reino no se consuma en un instante. En vías aún de perfeccionamiento, no está sino en su periodo inicial … la consumación, incluso para Él, se realizará más tarde, al final de los siglos, cuando Él someta a su Padre no sólo su propia persona sino toda la creación y cuando ya no quede ninguna resistencia”[10]. Y este reinado de Cristo se ve prístinamente en su entrega por nosotros en la cruz, dejando bien en claro que el camino que conduce a este reinado es el del servicio. El Señor no nos concede sólo los frutos del reino sino el mismo poder. Esto se realiza por medio de la conversión personal, del cambio de vida, de vivir una vida cada vez más santa. De esta manera nuestro mismo anuncio y testimonio extenderá el reino de Dios y arrastrará a muchos hermanos nuestros. Como nos dice S. Hilario “Reyes son, sobre quienes ya no tiene ningún poder el pecado; al contrario, tiene ellos el dominio de su propia persona, dominan esta carne que les obedece y les está sumisa. Son reyes y su Señor es el mismo Dios. Son también Señores, no los esclavos del pecado”[11].

c. Misión en la Iglesia y en el mundo: ¿Cuál es la misión de la Iglesia en el mundo? La misión de la Iglesia Católica es llevar a todos el mensaje que Cristo nos enseñó para nuestra felicidad y salvación, hacer lo que Él nos dice: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Sin embargo la gran obra de la Iglesia no la realiza cada persona de la misma manera. De acuerdo con propio llamado de cada uno se va realizando la gran misión de la Iglesia. En ese sentido, podemos encontrar diferentes maneras de cumplir esta misión evangelizadora. En cuanto a los laicos cuyo carácter secular es propio y peculiar de ellos “(les) pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor”[12].

La manera como el laico o cualquier estado de vida cumple la misión de la Iglesia es al fin y al cabo realizar ese llamado a la santidad que tenemos todos para mutua edificación del Cuerpo de Cristo.

La profundización de la identidad laical ha ido madurando a través del tiempo. Ha sido fundamental el desarrollo de la identidad laical que encontramos en la Lumen Gentium cap. IV y la Apostilicam Actuositatem; sin embargo esta era aún insuficiente y necesitaba de una mayor comprensión de esta realidad eclesial que llamamos “laicos”. El Sínodo de los Obispos en el año 1987 “sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo” fue un hito fundamental para esta madurez, siendo de esta el mayor fruto la publicación de la exhortación post-sinodal “Christifideles Laici” del Papa Juan Pablo II. En ella encontramos luces preciosísimas sobre quién es el laico. Recordemos que la definición que nos de la LG 31 no termina de ser conclusiva. Por ejemplo, cuando nos dice que el laico es un fiel cristiano incorporado a Cristo podemos decir que esto igual se aplica a los sacerdotes y los religiosos. O cuando nos habla de que el laico ordena las realidades temporales según Dios, también lo podemos aplicar en un sentido a los sacerdotes; miremos la realidad actual, hay muchos sacerdotes que son psicólogos, profesores o administradores, y eso no significa que estén traicionando su vocación sacerdotal.

Entonces ¿qué es lo propio del laico? Y ante esa pregunta la Christifideles Laici puede darnos algunas pistas fundamentales. Nos dice el Papa en esta exhortación que “no es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios”[13], es decir, lo fundamental del laico es ante todo que se reconozca como cristiano, llamado a asumir radicalmente su propio bautismo. “La novedad cristiana es el fundamento y el título de la igualdad de todos los bautizados en Cristo, de todos los miembros del Pueblo de Dios”[14] ya sean clérigos o no clérigos, todos somos corresponsables con la misión de la Iglesia. Sin embargo, la dignidad bautismal que todo fiel cristiano tiene “asume en el fiel laico una modalidad que lo distingue, sin separarlo, del presbítero, del religioso y de la religiosa. El Concilio Vaticano II ha señalado esta modalidad en la índole secular”[15]. Esta índole secular nos ayuda a captar completa, adecuada y específicamente la condición eclesial del fiel laico.

¿Y qué significa “índole secular”? más adelante la misma CL lo explica de esta manera: “Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de actuación y de función, que, según el Concilio, «es propia y peculiar» de ellos. Tal modalidad se designa con la expresión «índole secular»”[16]. Hay una distinción que se hace aquí entre dimensión secular e índole secular; ambas cosas se refieren a dos cosas distintas. La dimensión secular es propia de toda la Iglesia, es esa misión que tiene la Iglesia de estar en el mundo pero sin ser del mundo. La índole secular sería como el modo en que se plasma este “ser del mundo sin ser del mundo” en el laico. El laico está llamado a transformar el mundo desde dentro, esta llamado no a salir del mundo, sino ser como fermento mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, manifestando a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad. El lugar y contexto donde el laico se desenvuelve no es una realidad solamente social, sino una realidad teológica y eclesial. Es decir, el «mundo» se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, (ellos) no han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo sino que les confía una vocación que afecta precisamente a su situación intramundana. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales[17].

Podemos concluir diciendo entonces que “La condición eclesial de los fieles laicos (su identidad más profunda) se encuentra radicalmente definida por su novedad cristiana y caracterizada por su índole secular.

Vocación al apostolado del laico

Los laicos son miembros del cuerpo de Cristo que cooperan en el desarrollo interno y externo de todo el cuerpo. Y como todo miembro de la Iglesia han sido llamados, convocados a una misión particular. El laico esta llamado por Dios al apostolado[18], y por medio del bautismo, la confirmación y la eucaristía –alma de todo apostolado– participa en la misma misión salvífica de la Iglesia. “Esta participación activa en la misión misma de la Iglesia no es simplemente ocasional o supletoria, de tal suerte que los seglares sean movilizados sólo cuando el clero sea escaso o falto de posibilidades. La misión de los seglares que aquí se describe es su tarea normal y universal, puesto que en su calidad de miembros ellos “son” la Iglesia”[19]. La responsabilidad por el cambio del mundo no recae pues en algunos pocos escogidos como mencionaba en la introducción, el cambio del mundo se realiza por que cada parte del cuerpo de la Iglesia realice lo que está llamado a ser y hacer, reconociendo su valor y protagonismo en la gran gesta evangelizadora en el mundo de hoy[20]. Si el laico no reconoce su verdadera identidad, sino vive con intensidad su vocación laical al apostolado estamos poco a poco haciendo que el gran gigante de la Iglesia siga adormecido y confundido sin saber a dónde ir.

[pullquote]Es importante también recordar que la fecundidad del apostolado laical depende de su unión vital con Cristo, porque dice el Señor: “Permaneced en mí y yo en vosotros. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí nos podéis hacer nada” (Jn 15, 4-5). No existe, pues auténtico apostolado si es que primero no nos hemos hecho amigos del Señor, ya que nuestro anuncio brota de un encuentro profundo e íntimo con la persona de Cristo que transforma nuestras vidas y nos llama al anuncio[21] y el testimonio[22] de su persona en medio de este mundo adverso y que muchas veces no quiere oír el mensaje de salvación.[/pullquote]

Este apostolado por parte de la Iglesia a través de los laicos se puede realizar tanto individual como comunitariamente[23]. “El apostolado que ejerce cada uno[24] y fluye con abundancia de la fuente de la vida verdaderamente cristiana (ver Jn 4, 14), es el principio y fundamento de todo apostolado seglar, incluso asociado, y nada puede sustituirlo”[25]. Y a partir de este fundamento los laicos podrán reunirse en asociaciones, expresión de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, que dijo: “Donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20), y cumplir el fin propuesto.

Los fines que el laico debe alcanzar están ordenados a su misma vocación y llamado; estos son principalmente participar en la obra redentora de Cristo en todos los órdenes[26], esto es, impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. Cuando hablamos de orden temporal nos referimos a saber, los bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las artes y profesiones, las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales, y otras cosas semejantes[27]. “Es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes temporales y de ordenarlos hacia Dios por Jesucristo. Es preciso, con todo, que los laicos tomen como obligación suya la restauración del orden temporal, y que, conducidos por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia, y movidos por la caridad cristiana, obren directamente y en forma concreta en dicho orden; que cooperen unos ciudadanos con otros, con sus conocimientos especiales y su responsabilidad propia; y que busquen en todas partes y en todo la justicia del reino de Dios. Hay que establecer el orden temporal de forma que, observando íntegramente sus propias leyes, esté conforme con los últimos principios de la vida cristiana, adaptándose a las variadas circunstancias de lugares, tiempos y pueblos[28].

A modo de conclusión

Termino estas reflexiones con el título de este trabajo “despertando al gigante dormido” que refleja muy bien la intención del trabajo: reavivar y tomar una conciencia cada vez mayor de que nosotros, los laicos, somos protagonistas importantísimos de la misión salvífica de la Iglesia, corresponsables con este llamado a evangelizar al mundo entero. El laico es ese gigante no solo por la cantidad de sus miembros que son la gran parte de la Iglesia sino por la fuerza y el ímpetu que tiene que tener para llegar a transformar el mundo desde sus cimientos.

Me uno de todo corazón a lo que nos dijo el Papa Juan Pablo II en la conclusión de la Christifideles Laici: “Toda la Iglesia, Pastores y fieles, ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15), renovando su empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y a vivir el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad”[29].

¡Despertemos del sueño de la pasividad y la ignorancia, asumamos con renovado esfuerzo y ardor nuestra vocación y misión de ser luz para el mundo, luz que nace desde dentro y que ilumina hasta las más oscuras realidades de este mundo!

[1] LG 31

[2] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 17

[3] Cf. LG 33

[4] LG 10

[5] 1 Pe 2, 5.

[6] GS 24

[7] Cf. La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 43-44

[8] Cf. LG 34

[9] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 45

[10] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 57

[11] San Hilario, In Ps., 67, 30; PL 9, 465; CSEL 22, p. 306

[12] LG 31

[13] CL 10

[14] CL 15

[15] CL 15

[16] CL 15

[17] Ver CL 15

[18] “La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras; porque la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado”. AA 2

[19] La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, Gerard Philips. p. 35

[20] “En el contexto de la misión de la Iglesia el Señor confía a los fieles laicos, en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios, una gran parte de responsabilidad” CL 32

[21] “Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo” CL 33

[22] “Los fieles laicos —debido a su participación en el oficio profético de Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud”. CL 34

[23] Cf. AA 15 y sgtes.

[24]Aquí se remarca la importancia del apostolado personal como una clave para comprender el apostolado laical. Sin apostolado personal no se puede hablar de apostolado.

[25] AA 16

[26] Ver AA 5

[27] Ver AA 7

[28] AA 7

[29] CL 64

© 2016 – Luis Alfonso Sánchez Mercado para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Luis Alfonso Sánchez Mercado

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