“Ves la Trinidad si ves el amor”[1]. Como bien lo describe San Agustín, la puerta de ingreso al misterio de Dios es el amor. Tener una experiencia auténtica del amor con las características que Dios mismo nos revela es poder conocer a Dios en su intimidad, y las consecuencias que de ello se desprenden para el creyente resultan sumamente claras en la manera como se formula la segunda parte de la encíclica Dios es amor de Benedicto XVI: «La caridad de la Iglesia como manifestación del amor Trinitario». (DCE,19)

solidaridad-2

Creo que en estas coordenadas debe orientarse el esfuerzo por alcanzar el cumplimiento de la vocación al desarrollo[2] que marca la naturaleza de todo hombre, objetivo al que también apunta una virtud moral como la solidaridad y bajo cuya lógica interna se desarrolla un fenómeno cultural de gran valor como lo es el voluntariado social. Con afán pastoral considero oportuno plantear reflexiones que puedan colaborar en el discernimiento de las posibles vías de evangelización de la riqueza de las experiencias de aquellos que viven su voluntariado como expresión sincera de la búsqueda de vivir conforme a los dictámenes más profundos de su corazón. Al mismo tiempo creo que para aquellas personas que reciben el fruto de la acción de servicio del voluntario donado generosa y gratuitamente, está en juego en el cómo y por qué (de carácter personal y personalizante) de dicho servicio, la posibilidad de ser elevados conforme a su dignidad de personas.

«En el fondo, el aumento de organizaciones diversificadas que trabajan en favor del hombre en sus diversas necesidades, se explica por el hecho de que el imperativo del amor al prójimo ha sido grabado por el Creador en la naturaleza misma del hombre… Por tanto, es muy importante que la actividad caritativa de la Iglesia mantenga todo su esplendor y no se diluya en una organización asistencial genérica, convirtiéndose simplemente en una de sus variantes».[3]

En términos quizá más prácticos valdría la pena preguntarse ¿es necesario e incluso fundamental pasar de la solidaridad como virtud moral a la caridad evangélica para promover la elevación del hombre de situaciones menos dignas hacia un “humanismo trascendental”[4] que le dé su mayor plenitud?

  1. Aproximación al problema y formulación de una hipótesis.

Antes de hacer alusión al horizonte al que nos abre la idea de “humanismo trascendental”, y para esclarecer el punto de aproximación a la solidaridad como virtud moral, vale la pena recordar cómo la Sollicitudo Rei Socialis reconoce el crecimiento progresivo de un sentido de interdependencia, apoyado en un reconocimiento del otro como un ser humano con igualdad de derechos y dignidad. De esta interdependencia se añade y concluye que «percibida como sistema determinante de relaciones en el mundo actual, en sus aspectos económico, cultural, político y religioso, llega a ser asumida como categoría moral. Cuando la interdependencia es reconocida así, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social, y como “virtud”, es la solidaridad. Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos»[5].

[pullquote]Es innegable el valor y necesidad de la solidaridad, sin embargo, para la Iglesia es claro en su misión de testimoniar el amor de Dios que se ha hecho explícito en la Trinidad económica que «por su inserción en el Cristo vivo, el hombre tiene el camino abierto hacia un progreso nuevo, hacia un humanismo trascendental, que le da su mayor plenitud; tal es la finalidad suprema del desarrollo personal»[6]. Por tanto, al entender la solidaridad como virtud moral y en sintonía con esta noción de “humanismo trascendental” de la Pupulorum progressio, considero que se deja entrever que la solidaridad, para alcanzar la meta última a la que ha de apuntar el desarrollo del ser humano necesita trascenderse a sí misma, yendo más allá de los límites de la noción de desarrollo que tiene por base un bien común que sea solo expresión de la común naturaleza y dignidad humana.[/pullquote]

juanpablo2El Papa San Juan Pablo II, en su magisterio afirmó que «el ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas»[7]. De esta forma, al importante reconocimiento de la interdependencia de los vínculos humanos y naturales que suscita una naturaleza común y sobre la cual se construye un modelo de unidad que invita a la solidaridad, se le hace necesario el reconocimiento del otro en cuanto persona y así trascender a un horizonte mayor que se abre gracias a la reflexión teológica del modelo de unidad-comunión de personas que la Trinidad económica revela como corazón de la esencia divina:

«Por encima de los vínculos humanos y naturales, tan fuertes y profundos, se percibe a la luz de la fe un nuevo modelo de unidad del género humano, en el cual debe inspirarse en última instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad, reflejo de la vida íntima de Dios, Uno en tres Personas, es lo que los cristianos expresamos con la palabra «comunión».[8]

Es evidente que hay un primer punto de encuentro entre la solidaridad y la caridad; éste se da en la necesidad para ambas de un modelo de unidad. Por ello la hipótesis de este ensayo apunta a que este modelo de unidad encuentra su valor más alto en la comunión, y a ésta llegamos no solo por compartir y desplegar una naturaleza común, sino fundamentalmente por nuestra identidad y vocación de ser personas por gracia y a imagen y semejanza de Dios.

El desarrollo personal plantea vivir conforme al modelo de unidad que halla en la Trinidad el referente fundamental; y según la caridad que, como expresión de amor personal, hace posible la comunión personal. Esta dinámica de unidad y comunión por la caridad permite responder a la necesidad de «trascenderse» a sí misma que tiene la solidaridad entre personas. El modelo de unidad en torno a la comunión-personal exige por su naturaleza una Cultura del Encuentro, cuyos rasgos serán motivo de un ensayo posterior.

  1. Fundamentación Trinitaria

Modelo de Unidad

Por Revelación sabemos que el hombre ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza. A esta condición del hombre le corresponde entonces el remitirse a Dios por la vía de la Revelación y la Fe como respuesta, para buscar su sentido último y más elevado.

En la manifestación económica de la Trinidad, Dios ha dado a conocer una nueva y fundamental orientación. En la inmanencia de la identidad Divina yace un misterio que conjuga en unidad profundísima y de manera perfecta la unicidad de Dios (unidad de la esencia divina) con la diversidad relacional (distinción personal). El Dios, Vivo y Verdadero, es Aquel que a lo largo de la economía de la salvación se ha manifestado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. «El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son a la vez tanto el Dios uno como el Dios Trino. Tanto la unidad como la distinción es de estos tres»[9].

[pullquote]Dios se revela entonces como un misterio de unidad de naturaleza y comunión en la distinción de personas, por su mutua relación de Amor. Así ésta Revelación conjuga de manera perfecta y misteriosa realidades fundamentales: la Trinidad es una, las Personas divinas son realmente distintas entre sí, las Personas divinas son relativas unas a otras[10]. De la conjugación perfecta de estas dimensiones brota en consecuencia para el hombre la posibilidad como persona de entender y vivir la dinámica que ilumina su razón de ser y el sentido último de su existencia.[/pullquote]

Así la fe, como respuesta a la revelación de Dios, pasa de un “creo en algo” a una radical y distinta afirmación de “creo en ti”. Dios es comunión de Personas y solo por ello, de forma analógica, participada y gratuita, el hombre es también persona. Podemos amar a Dios como personas porque así y de forma perfecta nos ha amado Él; Dios es enteramente personal y más aún, el amor es lo que une a las personas y las distingue. En consecuencia, el ser creado a imagen y semejanza, por amor y para el amor, es despliegue libre y gratuito de un misterio insondable de unidad-relación personal de Dios, que al mismo tiempo Dios quiere para el hombre y que apunta a su plenitud en la participación de su unidad-relación en la comunión personal con Él y en Él, ello sobre la base de una esencial y libre respuesta, que es también y fundamentalmente de índole personal y comunitaria.

A la comunión por la Caridad

«La definición de Dios como amor nos añade una precisión decisiva de las propiedades divinas…el ser en plenitud y la plena autoposesión adquieren su perfección máxima y se pueden realizar solamente en la donación perfecta de sí. Sólo quien se posee puede darse enteramente, y en esta donación se manifiesta y se realiza la plena posesión de sí…La perfección divina no se vive en el modo de la cerrazón o el aislamiento, sino de la donación en el amor»[11].

Este texto da cuenta de la manera como se da la unidad de las Personas divinas en función no sólo de la naturaleza sino también y en simultaneo por la dinámica de amor personal, la diferencia no rompe la unidad, por el contrario, por la fuerza del amor total con que se da cada una de las Personas a las otras a las que se encuentra referida se da el misterio de la unidad. Se puede concluir por analogía para el hombre que al modo de existir de la persona le es propio la autocomunicación a otros y el reconocimiento por parte de los otros. Al don de Dios de hacernos partícipes como personas de la vocación a participar de la comunión divina de amor se responde por la Caridad. El acto perfecto de la persona es la Caridad y por ello mismo es la caridad la que tiene la fuerza, en cooperación con la autocomunicación de Dios al hombre que la hace posible, de elevar al hombre a la comunión que le da sentido a su existencia.

Participamos de esta comunión por los frutos de las misiones ad extra reveladas en la trinidad económica y podemos vislumbrar cómo participar desde ya de la unidad viviendo la caridad a la luz de lo que las procesiones ad intra nos han dejado conocer del amor personal en Dios. «El amor está al principio de la Trinidad, en la fuente y el origen que es el Padre, y en virtud de la comunicación del Padre y el Hijo cierra el círculo trinitario en la persona del Espíritu Santo, el amor en persona. Y si todo cuanto existe viene del amor creador del Dios uno y trino, en el desbordamiento del eterno intercambio de amor que es la vida íntima de Dios, podemos pensar que la donación de sí y el desprendimiento es el sentido último de todo cuanto existe: “el sentido del ser es el desprendimiento del amor”»[12]

Conclusiones a manera de desafíos

La reflexión planteada tiene que ver con lo que podría percibirse como límites de la solidaridad en tanto virtud moral y por otro lado con la riqueza intrínseca de la Caridad que nos revela la intimidad de Dios. Hay un riesgo vigente en el servicio del voluntariado y sus programas de desarrollo de que la solidaridad se quede atrapada en los límites que impondría una reducida comprensión de la esencia del “desarrollo humano” apoyado en una aproximación que no sólo se limite a dimensiones político-socio-económicas, sino que más aún, se cierre al aporte de la noción de persona que aporta la Revelación Trinitaria.

[pullquote]El desarrollo humano corre el riesgo de ser asumido únicamente en el marco de un mejoramiento de parámetros consecuentes a una noción de dignidad humana apoyada en una naturaleza humana que no está en diálogo con la noción de persona. En consecuencia, a pesar del bien real que comporta un desarrollo así entendido, no se logrará la “trascendencia” a la que apunta la dignidad humana apoyada en su ser persona.[/pullquote]

«La persona humana, en sí misma y en su vocación, trasciende el horizonte del universo creado, de la sociedad y de la historia: su fin último es Dios mismo, que se ha revelado a los hombres para invitarlos y admitirlos a la comunión con Él: «El hombre no puede darse a un proyecto solamente humano de la realidad, a un ideal abstracto, ni a falsas utopías. En cuanto persona, puede darse a otra persona o a otras personas y, por último, a Dios, que es el autor de su ser y el único que puede acoger plenamente su donación». Por ello se aliena el hombre que rechaza trascenderse a sí mismo y vivir la experiencia de la autodonación y de la formación de una auténtica comunidad humana, orientada a su destino último que es Dios. Está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana».[13]

Se entiende en consecuencia entre otras cosas que en el amor personal que se hace manifiesto en la Trinidad económica está en juego la posibilidad real de trascender y vivir el horizonte máximo al que nos invita nuestro ser persona a imagen y semejanza de la Trinidad inmanente. Iluminados por los aportes que sobre la persona brinda la reflexión teológica en torno a la Trinidad económica, se puede sugerir líneas de reflexión sobre los motivos que testifican la necesidad intrínseca alser persona” de pasar de la solidaridad como virtud moral a la Caridad Evangélica.

Así, la vocación al desarrollo personal para alcanzar su fin necesita de la Caridad, en cuanto ésta ha de ser expresión auténtica del amor con el que Cristo nos ha amado y el Espíritu Santo nos ha colmado, amor que nos revela el carácter personal del misterio de unidad y comunión de Dios Trino; misterio en el que están las raíces de nuestro origen y nuestra vocación última: “Con el mismo amor con que el Padre me ha amado así os he amado a vosotros”, “de la misma manera, ámense los unos a los otros”. “que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”.

[1] De Trinitate, VIII, 8, 12: CCL 50, 287.

[2] Cfr, Populorum progressio, 15.

[3] Deus Caritas est, 31

[4] Pupulorum progressio, 16

[5] Sollicitudo Rei Socialis, 38.

[6] Populorum Progressio, 16.

[7] Sollicitudo Rei Socialis, 39.

[8] Idem, 40.

[9] LADARIA, Luis F. El Dios Vivo y Verdadero. El misterio de la Trinidad. Secretariado Trinitario, Salamanca, 2010. Pág. 503.

[10] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 253-255.

[11] LADARIA, Luis F. El Dios Vivo y Verdadero. El misterio de la Trinidad. Secretariado Trinitario, Salamanca, 2010. Pág. 511-512

[12] Ídem., pág. 522

[13] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 47

© 2016 – Elkin Darío Fernández Toro para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Elkin Darío Fernández Toro

View all posts

Add comment

Deja un comentario