En mi vida como creyente pocas cosas me parecen tan sencillas y tan bellas como el poder darme vuelta en medio de extraños y poder desearles la paz en sus vidas como si fueran parte de mi familia. “Hermano mío te deseo una vida llena de paz, solo te deseo el bien”; son pensamientos y palabras profundamente humanas que todos queremos vivir y transmitir a los otros. Pero, frente a este anhelo tan universal y natural, aún hoy todos descubrimos que el dolor, la frustración y el rencor son realidades que perturban nuestras vidas o las de los que nos rodean. Más aún, las personas de hoy no logramos comprender cómo obtener una paz verdadera, sino que estamos agobiados en medio de las diversas respuestas de las ciencias humanas; estas, por el simple hecho de ser específicas, no son capaces de alcanzar el “corazón” ((Aquí se está entendiendo “corazón” con el rico significado bíblico del griego “kardia”. Esta palabra vino a significar toda la actividad mental y moral del hombre, incluyendo sus elementos tanto racionales como emocionales. Es decir, se usa de manera figurada para denotar las corrientes escondidas de la vida personal. Contiene al hombre interno, al hombre real. Representa el verdadero yo y al mismo tiempo lo esconde. (Vine, diccionario expositivo de la biblia; 1999; Caribe))) del hombre y su integridad toda.

Por ello, quiero y considero importante el llevar este saludo fraternal a la reflexión de la vida cotidiana de las personas. No hay que olvidar que «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» ((Gaudium et Spes, N°1; Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Concilio Vaticano II.)). En definitiva, el centro de nuestra reflexión no estará en el cambio de las estructuras sino en acercarnos más a la persona. Cristo siendo el hijo de Dios se hizo hombre para enseñarnos a ser hombres, he ahí la verdadera novedad de la paz cristiana y es está la que desarrollaremos en el siguiente artículo.

  1. El anhelo del hombre por la paz

En primer lugar, partamos del hombre, de la experiencia histórica que hemos tenido al querer conseguir la paz. Rápidamente podemos aventurarnos a afirmar, sin temor a equivocarnos, que esta es el fin más buscado por las sociedades. Es el fin por excelencia desde el inicio de los tiempos. Este deseo se podría identificar en su forma más pura en el concepto de la “pax romana” ((«La pax romana se da en la construcción de un gran imperio que impulsa, recrea y utiliza una antigua trama mediterránea, construida a lo largo de siglos, con la participación de innumerables sociedades. Sobre ella superpuso una centralización hasta entonces desconocida con prácticas de subordinación, coerción y explotación, sobre todas las comunidades y pueblos de las riberas mediterráneas. Todo ello le confiere un interés especial que inicialmente aparece como completamente contradictoria con la pax, aunque incluye el uso de la diplomacia y otras regulaciones pacíficas.” (Instituto de la Paz y los Conflictos, Universidad de Granada, Francisco A. Muñoz) Puede consultar el trabajo completo para mayor información desde un análisis histórico-cultural: http://www.ugr.es/~eirene/eirene/eirene10cap6.pdf)); el gran fin de construir tan vasto Imperio y de lo que se jactaba esta civilización era el haber conseguido una estabilidad interior y exterior que les permitiera vivir en comunión, a diferencia de los así llamados barbaros que carecían de esta posibilidad. De allí podemos sacar la idea de que todo hombre en tanto que quiere progresar y ser feliz busque la paz.

[pullquote]Pero este simple ejemplo también nos demuestra la paradoja que ha significado esta búsqueda durante la historia. Aunque pareciera que nada debiera ser más inmediato que la paz, el sujeto anhelante se descubre incapaz de eliminar la violencia de su vida y cae en buscarla a través de medios que se contraponen directamente con dicho fin; podríamos afirmar que en este anhelo hay algo malogrado, algo roto, que no nos permite buscar la propia paz sin dañar la ajena. San Agustín, que experimentó el fracaso de esta “pax romana”, dirá en su obra La ciudad de Dios que «los hombres no tienen unidad y por lo mismo no tienen paz. Esta se presenta como un ideal a ser alcanzado en medio de los esfuerzos y las miserias de la vida terrena» ((La ciudad de Dios-XIX, San Agustín de Hipona. Cita tomada de San Agustín y la Reconciliación del Dr. Gustavo Sánchez.)).[/pullquote]

Para el santo de Hipona la causa de estas rupturas en las cuatro relaciones fundamentales ((Al hablar de relaciones fundamentales nos referimos a las desarrolladas en las encíclicas de san Juan Pablo II dentro de su teología de la reconciliación: la relación con el mundo, con las otras personas, con uno mismo y con Dios.)) del hombre es el pecado; por ello, la persona, llamada a vivir en paz y para la paz, no la alcanza sino que queriéndola, la confunde con una idea de su propio bienestar que entra en conflicto con las otras ideas de propia tranquilidad. Esta ruptura es innegable tanto personal como socialmente; por ello, para emprender una paz eficaz es necesario aceptar que nuestra situación actual es de ruptura en búsqueda de recuperar la unidad.

Podemos observar que varios personajes importantes comprometidos con la paz –cristianos y no cristianos– han buscado unificar esta búsqueda en la verdad; sin la verdad como idea de fondo será imposible plantearse una paz verdadera. Mahatma Gandhi exigía una unidad durante toda la vida: «nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida, mientras hace daño en otro. La vida es un todo indivisible». El Dalai Lama continuamente buscaba contrastar sus ideas con las de los demás: «La paz no es mera ausencia de violencia, la paz debe venir de nuestra paz interior, y la paz interior solo viene de tener en cuenta los intereses de los demás». Mas contrastante aún es Nelson Mandela al decir: «si quieres hacer la paz, tienes que trabajar con tu enemigo; entonces este se convierte en tu compañero»; pasa a buscar la unidad no solo con la idea del otro sino con aquel otro “yo” que lo odiaba por ser como era. Para terminar, en medio de la Guerra Fría el Papa san Juan XXIII se atrevió a decir que la construcción de la paz solo se puede fundamentar en la verdad y el amor: «La verdad será fundamento en tanto que logrará que cada individuo tome consciencia rectamente de los propios derechos y dignidad, así como también de los propios deberes con los otros (…) [Pero,] sobretodo el amor es el fermento de la paz; solo por él la gente sentirá las necesidades de los otros como propias y compartirá con ellos lo que posee material y espiritualmente» ((San Juan XXIII, Encíclica Pacem in Terris)).

Este anhelo y esta búsqueda son buenas y profundamente humanas, pero al mismo tiempo requieren del compromiso y la humildad de saber sacarnos del centro. No se puede partir por un querer “estar bien” subjetivo, pero tampoco se puede creer que la paz que el hombre busca se obtendrá repitiendo una norma a ser aplicada.

  1. Los problemas a superar

 Es necesario afrontar que antea construcción de la paz se alza el realismo de una vida agobiada por dolores y angustias. Hoy, lamentablemente, la guerra sigue cobrando vidas en diversos países; aún hay una gran tasa de criminalidad en la mayoría de ciudades; existen también daños por causa de desastres no queridos –terremotos, incendios, accidentes, enfermedades, etc.–; hay una violencia de la riqueza indiferente frente al pobre que muere de hambre ((Papa Francisco (mensaje en la jornada mundial de la Paz del 2016) «La indiferencia respecto al otro, a su dignidad, a sus derechos fundamentales y a su libertad, unida a una cultura orientada a la ganancia y al hedonismo, favorece, y a veces justifica, actuaciones y políticas que terminan por constituir amenazas a la paz. Dicha actitud de indiferencia puede llegar también a justificar algunas políticas económicas deplorables, premonitoras de injusticias, divisiones y violencias, con vistas a conseguir el bienestar propio o el de la nación. En efecto, no es raro que los proyectos económicos y políticos de los hombres tengan como objetivo conquistar o mantener el poder y la riqueza, incluso a costa de pisotear los derechos y las exigencias fundamentales de los otros. Cuando las poblaciones se ven privadas de sus derechos elementares, como el alimento, el agua, la asistencia sanitaria o el trabajo, se sienten tentadas a tomárselos por la fuerza».)); también hay agresiones por una falta de cultura que respete la dignidad de la persona, abusos de las mayorías con las minorías, e injusticias de aquellos que creen que solo sus derechos vale la pena defender sin contemplar los derechos universales de toda persona; hay violencia en la familia y violencia en las amistades, y, también, se puede apreciar un tipo de agresión extraña e insólita frente a las personas que terminan solas aun estando en contacto con muchos; esta, aunque “normal”, hiere muy profundamente ya que se da solo si aquel que debería comprometerse más con el otro se mantiene a un margen indiferente porque hoy el compromiso profundo parece ser valorado como una restricción de la libertad ((A quien quiera profundizar en la relación entre falta de paz e indiferencia puede leer el mensaje para la paz del Papa Francisco de este año: Vence la indiferencia y conquista la paz.)). En fin, no hay que hacer mucho esfuerzo –y mi intención no es ser exhaustivo– para darnos cuenta de que cada persona, cada uno de nosotros como personas, sufre males que perturban la tranquilidad de nuestras vidas; mi intención, en cambio, es la de tener una mirada realista y esperanzadora de esta realidad desde la salvación traída por Cristo. De no tener está mirada, el intento natural de vivir una vida sin angustias resultará en la autoconstrucción de una falsa quietud pasajera que tarde o temprano terminará en la crudeza de una mayor aflicción. Cabe señalar aquí un par de ejemplos comunes de una mirada errónea de la paz aceptada hoy en día:

– Esta no es un “estar bien” libre de problemas; el eludir problemas dentro de la vida nos da un respiro pasajero que con el tiempo se desenmascara como falsa paz, es necesario afrontar y sanar estas rupturas.

– El progreso propio hoy se ha unificado con las ideas de paz y felicidad pero éste lo que consigue es tan solo un bien-estar mucho más superficial de lo que el hombre en verdad busca.

– El orden, el cumplimiento de las metas y la ausencia de problemas no aportan de verdad si no se abren al amor. Sin caridad la vida del hombre está vacía pero con ella hasta la vida más conflictuada puede hallar un corazón reconciliado.

Para ser hombres de paz es necesario rendirnos a querer conseguir la vida que quisiéramos con los problemas y alegrías que quisiéramos. Es decir, es necesario perder la “propia paz” para ser constructor de la verdadera: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda el solo; pero si muere produce mucho fruto» (Jn. 12,24). Es verdad que esta tarea se presenta difícil, agotadora y larga; sin embargo, el cristiano siempre tendrá la grandeza de corazón para responder a ella ya que su Señor lo ha amado y por él ya ha recorrido este camino de abajamiento: «Cristo Jesús, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios sino que se despojó a sí mismo, tomando condición de siervo» (Flp. 2,5-7).

  1. Justicia, perdón y reconciliación

Como tercer y último punto quisiera desarrollar más directamente la nueva paz traída por la encarnación, muerte y resurrección de Cristo, culmen y respuesta al anhelo y los problemas del ser humano. El camino a seguir se nos revela fruto de una vida en contacto con la Palabra: «Si alguno me ama guardará mis palabras, y mi Padre le amará y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn. 14,23). La paz se halla en este encuentro con el Padre que es Rico en misericordia; este nos abre a la realidad de ser hijos reconciliados con Dios que es verdad y es amor.

[pullquote]Dicho todo esto, podemos decir que «los pilares de la paz verdadera son la justicia en la verdad y esa forma particular del amor que es el perdón… Mi respuesta es que se puede y se debe hablar de ello a pesar de la dificultad que comporta, entre otros motivos, porque se tiende a pensar en la justicia y en el perdón en términos contrapuestos» ((San Juan Pablo II, No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón. Mensaje de la Jornada Mundial de la paz, 2002.)). El Santo Padre san Juan Pablo II no se cansaba de repetir y confirmar que no hay paz sin justicia y no hay justicia sin perdón. La justicia es la que garantiza y vela sobre el respeto de los derechos y deberes.[/pullquote]

Pero, ya que la justicia humana es siempre frágil, expuesta a las limitaciones y a los egoísmos, debe ejercerse y en cierto modo completarse con el perdón que cura las heridas y restablece las relaciones humanas. Esto vale tanto para las tensiones que afectan a los individuos, como para las de alcance más social y político. «El perdón es necesario también en el ámbito social. Las familias, los grupos, los Estados, la misma Comunidad internacional, necesitan abrirse al perdón para remediar las relaciones interrumpidas, para superar situaciones de estéril condena mutua, para vencer la tentación de excluir a los otros, sin concederles posibilidad alguna de apelación. La capacidad de perdón es básica en cualquier proyecto de una sociedad futura más justa y solidaria» ((Allí mismo)).

El perdón en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. Este tiende más bien a esa plenitud de la justicia que conduce a la tranquilidad del orden y que, siendo mucho más que un frágil y temporal cese de las hostilidades, es una reconciliación de las heridas abiertas. Para esta recuperación son esenciales ambos. Pero, ¿qué significa concretamente perdonar? y ¿por qué hacerlo? Una reflexión sobre la paz no puede eludir estas preguntas.

En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y tiene como modelo supremo a Cristo, el cual invocó desde la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Así, esta acción tiene una raíz y una dimensión divina que se han hecho accesibles al hombre por la cruz reconciliadora de Cristo. De esta forma, el perdón y la paz nacen en el corazón de cada uno. Sólo en esta medida se afirma una cultura de paz y con ellas esperar también en una política y una ética de la caridad en las cuales la justicia misma asuma un rostro más humano ((San Juan Pablo II «Ofrece el perdón, recibe la paz». Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz de 1997)).

Finalmente, llegamos a redescubrir la vida bienaventurada de aquellos que responden al llamado de Cristo. Aquel que se descubre llamado a ser hijo en Jesucristo, el Hijo de Dios, ese está llamado por él a trabajar por la paz; hemos recibido un auténtico ministerio de la reconciliación que prolonga la paz que Jesús nos trajo y que se habré al servicio de toda la humanidad: «Dios nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación» (2Cor. 5,18); «Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt. 5,9).

Aquel que ha podido llevar la paz a su corazón es capaz de transmitirla en su mirada, en su porte, en su manera de trabajar, en su modo de acoger a cada persona como si en ese momento no existiese nada más en el mundo. Para ser reconciliador activo hay que estar previamente reconciliado con el pasado, con uno mismo, con toda nuestra realidad y limitaciones, con los demás y con la fuente da la vida y el amor. Solo una vida con la libertad de quien se sabe amado se puede meter en múltiples conflictos y atravesar la amargura de la violencia sin que se quede amargo en el corazón. Externamente el hombre siempre se verá rodeado de múltiples conflictos, pero en su interior puede gozar de la bienaventuranza de la paz que le da la libertad de los hijos de Dios.

© 2016 – Pedro Zea para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Pedro Zea

Pedro nació en Arequipa, Perú. Estudió tres años de psicología en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y actualmente es laico consagrado en el Sodalicio de Vida Cristiana. Es aficionado por los deportes, le gusta la literatura y tiene una gran devoción por la Virgen María.

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