En lo que va transcurrido del Tercer Milenio, se ve cada vez con mayor claridad el influjo profundo y permanente de la tecnología en todos los ámbitos de la cultura. Aún más, nos podemos arriesgar a decir que la nuestra es una “Cultura tecnológica”. Pero, ¿qué queremos decir exactamente con esto? Lo primero que se hace necesario es definir el término cultura.

Se ha intentado definir “cultura” de múltiples maneras, con diferentes enfoques y perspectivas. Para no entrar a una larga disquisición sobre el tema, podemos decir que «se llama cultura a todos los aspectos que ofrece un modo de vida determinado. Por ejemplo, este término engloba nuestra manera de ganarnos la vida, nuestros pasatiempos y creencias, lo que consideramos bueno y malo, etc.»1.

Sin embargo, es importante señalar que esta definición más neutra omite un aspecto fundamental, y es que para que la cultura sea realmente tal, y no se convierta en anticultura, debe responder a la auténtica realización integral de la persona. Es decir, una cultura que se da de espaldas al bienestar del hombre, no es cultura sino anticultura.

En palabras de Juan Pablo II, «la significación esencial de la cultura consiste (…) en el hecho de ser una característica de la vida humana como tal. El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. La vida humana es cultura también en el sentido de que el hombre, a través de ella, se distingue y se diferencia de todo lo demás que existe en el mundo visible: el hombre no puede prescindir de la cultura»2.

El ser humano vive inmerso en una cultura que lo afecta pero que a la vez modifica de acuerdo con su propia cosmovisión y su propia escala de valores. Continúa diciendo el Sumo Pontífice: «La cultura es un modo específico del “existir” y del “ser” del hombre. El hombre vive siempre según una cultura que le es propia, y que a su vez, crea entre los hombres un lazo que les es también propio, determinando el carácter inter-humano y social de la existencia humana. En la unidad de la cultura como modo propio de la existencia humana, hunde sus raíces al mismo tiempo la pluralidad de culturas en cuyo seno vive el hombre. El hombre se desarrolla en esta pluralidad, sin perder, sin embargo, el contacto esencial con la unidad de la cultura, en tanto que es dimensión fundamental y esencial de su existencia y de su ser»3.

Podemos entonces hablar de “cultura”, en singular, para referirnos a la interacción del ser humano con la realidad, pero también de “culturas” diversas, que plasman diferentes modos de aproximación a dicha realidad. Por eso podemos hablar de cultura europea, o cultura griega –por dar un par de ejemplos–, porque tienen una serie de características que las diferencian de otras culturas.

Cada cultura tendrá siempre, por la misma realidad del ser humano, aspectos positivos y negativos, siendo el reto el de ir progresando hacia la “humanización” de la cultura, es decir, ir consolidando y profundizando en aquello que hace a la persona, más persona a la vez que se van erradicando todas aquellas manifestaciones que atentan contra su dignidad intrínseca.

En este sentido podemos referir la cultura a dos categorías antropológicas que nos pueden servir para entenderla mejor: la “permanencia” y el despliegue”.

«El dinamismo de Permanencia es el que lleva al ser humano a asegurar la permanencia en el ser y en la propia identidad; es un impulso que lleva al ser del hombre a querer permanecer siendo, que le permite ser el mismo siempre. El dinamismo de Despliegue es el de la realización, de la entrega, del servicio, donación, amor y comunicación. El hombre permanece en la medida en que ame, viva la comunión y se comunique con el amor que signa este dinamismo y manifiesta esa característica de apertura hacia alguien o hacia algo. Es importante mencionar que ambos dinamismos se complementan entre sí y constituyen el ser más profundo del hombre, es decir, la vida del ser humano, la identidad del hombre»4.

Así, podemos señalar que el hombre reafirma su identidad –su permanencia– a través de la cultura en la cual vive, y a la vez, profundiza en su despliegue al crear cultura, es decir, al ir avanzando en el proceso de transformación cultural de la realidad en la que vive y de la que es parte.

Una vez que nos hemos hecho una idea sobre lo que es la cultura, viene de nuevo la pregunta de qué queremos decir cuando afirmamos que vivimos en una cultura tecnológica. Ese será el tema de la próxima columna.

1Ver Isaac Asimov, Profesión, Ediciones B, 2002.

2S.S. Juan Pablo II, discurso en la sede de la UNESCO, París, 2 de junio de 1980.

3Allí mismo.

4Humberto del Castillo, ¿Qué son los dinamismos fundamentales? En: http://www.conectacec.com/que-son-los-dinamismos-fundamentales/

© 2017 – Carlos Díaz Galvis para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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