Apple acaba de presentar sus más recientes modelos de iPhone: el iPhone 8, el iPhone 8 Plus y el iPhone X. Y una de las cosas que llama más la atención es que estos nuevos teléfonos vendrán con la tecnología de la “carga inalámbrica”, es decir que ya no hay que conectar el smartphone para cargarlo. Esto podría parecer algo muy sofisticado y novedoso, pero la verdad es que dicha tecnología es bastante antigua: Nikola Tesla ya había inventado la carga inalámbrica hacia 1890, o sea hace casi 130 años. Pero esta tecnología nunca fue desarrollada ni tuvo efecto alguno en la tecnología de la época, y es apenas en los últimos años que se ha venido trabajando de nuevo para convertirla en algo práctico y útil.

Esto nos puede llevar a reflexionar sobre un tema muy interesante: así como Apple no inventó el smartphone, pero lo convirtió en un aparato culturalmente significativo, así muchos otros inventos tecnológicos tienen que situarse en un tiempo y espacio relevante para que puedan constituirse en vehículos de cambio cultural.

Tomemos por ejemplo la imprenta. Éste invento se originó en la China en el siglo XI, pero por diversos motivos no tuvo un impacto culturalmente significativo. Sería recién con Johannes Gutenberg en el siglo XV que la imprenta se constituye no sólo en un mero invento técnico sino en un factor de cambio cultural. Lo mismo podríamos afirmar de otros inventos, como por ejemplo, la pólvora o el que mencionamos arriba de la carga inalámbrica, que en su momento sólo fueron curiosidades pero que luego serían parte de verdaderas revoluciones técnicas.

Debido a que vivimos en un ambiente altamente tecnologizado, los diferentes inventos y novedades técnicas se insertan más fácilmente en el entramado social, permitiendo una mayor interacción y repercusión en la vida diaria de las personas. Esto lo vemos con los teléfonos, los computadores, los electrodomésticos, la televisión y todos los demás pequeños accesorios tecnológicos que van, cada vez más, inundando la vida del ser humano. Por esto mismo, no se trata sólo de los avances técnicos como tal, sino de su influencia en la persona y la sociedad. Vivimos inmersos en este medio ambiente tecnológico y ello repercute en nuestra cosmovisión, en la manera en que nos aproximamos a nosotros mismos, a los demás, y a la realidad en sí.

Es verdad que esto no cambia la esencia de la persona, pero sí su manera de interactuar con todas esas dimensiones, por lo que podríamos decir que la técnica ha dado un salto de lo cuantitativo a lo cualitativo; es decir, que no se trata solamente de una diferencia en el grado en el cual vivimos tecnológicamente, sino que nosotros mismos hemos ido cambiando para adaptarnos a los cambios tecnológicos. Esto se va viendo de manera progresiva y serán las nuevas generaciones, aquellas que vivirán completamente inmersos en la tecnología, quienes deberán asumir el desafío de entender este complejo fenómeno y de aprender a navegar en la cultura tecnológica que permea cada vez más cada rincón de la existencia humana. En palabras de Jacques Ellul:

«La técnica lo integra todo. El hombre no está adaptado a un mundo de metal; la técnica lo adapta a dicho mundo. Cambia el ordenamiento del mundo para que el hombre pueda ser parte de él sin colisionar con sus bordes bastos, sin la angustia de ser entregado a lo inhumano. En ese sentido la técnica provee un modelo; especifica actitudes que son válidas de una vez por todas. La ansiedad generada en el hombre por la turbulencia de las máquinas es calmada por el murmullo consolador de la sociedad unificada» (1)

Así pues, el desafío está en ir profundizando cada vez más en lo que es la cultura, en el fenómeno tecnológico y en sus repercusiones para el ser humano; ya que es en este campo en el cual que se ha de desenvolver el futuro de la persona y la sociedad.

(1) Jacques Ellul, The Technological Society, Vintage Books, New York.

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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