En sus inicios parte de la sabiduría de la Iglesia se reflejó en asumir los elementos culturales de los diversos pueblos y darles un contenido en orden a la fe cristiana.

Por ejemplo el árbol era desde las remotas culturas egipcias o babilónicas motivo de culto y remitía el hombre a las fuerzas de la tierra y a la fertilidad. El tipo de árbol que se consideraba sagrado era adornado para celebrar el bienestar o la esperanza de tiempos mejores.

Así se cuenta que cuando los primeros misioneros católicos llegaron al norte de Europa, se encontraron que sus habitantes rendían honor con un árbol adornado al dios Frey, deidad vinculada a la naturaleza y a la prosperidad. Igualmente es parte de la tradición relatar que San Bonifacio, apóstol de Alemania, que no conocía los protocolos etnográficos y culturales de nuestra época, cortó con una hacha un árbol de este tipo, el cual además servía para presidir sacrificios humanos, y en su lugar plantó un pino, otros dirán que un abeto, que por ser de larga vida, representaba el amor de Dios y cuyas ramas adornó con manzanas y velas.

[pullquote]Cristianizado el símbolo del árbol se comenzó posteriormente a asociarlo con el “Arbol de la Vida” del paraíso, representación de Cristo, y muchos siglos después se unía su simbología con la celebración del nacimiento de Jesús, que representa el don gratuito del amor de Dios a los hombres, y que por extensión se vincula que a sus pies se depositen los otros dones, los regalos que los hombres se hacen entre ellos.[/pullquote]

Como se ve, el hombre siempre ha celebrado la prosperidad y los dones que recibe de la vida,  pero el cristianismo le indicó de Quién provenía todo don y cuál era el don mayor de todos.

A puertas de la Navidad los árboles adornados de mil y un maneras aparecen en calles y en centros comerciales, pero muchas veces sin nacimientos. Cuando el árbol de Navidad carece del Nacimiento de Belén es mucho más fácil que se convierta sólo en un signo comercial, y sea expropiado, o convertido en mero adorno como es el caso del regordete barbón vestido de rojo que todos conocemos. Y no es que el comercio sea de por sí malo, pero lamentablemente cuando éste se deja llevar por el solo dinamismo de las ventas, termina creyendo que es el fin por el cual se hacen las cosas y no que es solamente en este caso un medio y un servicio para vivir la Navidad. Una idea que a veces se trasluce cuando las “campañas navideñas” se inician antes que la Iglesia comience el Adviento.

nacimiento_1Algunos señalarán que lo políticamente correcto, en respeto a los que no son cristianos, es no poner nacimientos en lugares públicos. Pero los últimos censos señalan que alrededor del 95% de los peruanos, entre católicos y evangélicos, creen en Cristo, y por lo tanto, celebran la Navidad. A menos que el otro 5% tenga una actitud intolerante a una tradición que nos acompaña por siglos, lo cual es difícil de creer, es una razón que carece de sustento.

Cuando el árbol de Navidad termina siendo el centro de atención, y sin referencia al Nacimiento del Niño Jesús, se regresa un poco al árbol pagano, a celebrar nuevamente como en la antigüedad solo el brillo de la prosperidad, a volver a atender más en el banquete y el regalo material recibido; y si bien en la actualidad nadie adora un árbol, siempre existe el peligro de distraerse de lo esencial, de fijarse más en las luces brillantes que en el resplandor espiritual de la gruta, de no poder escuchar el anuncio siempre actual de los ángeles a los pastores.

[pullquote]Un árbol navideño sin un Belén a sus pies, sin la presencia de Jesús, María y de José, de los Reyes Magos, es como un árbol de poca raíz, porque quien lo nutre y le da significado es un Dios, que hecho pequeño Niño, quiso entrar en la historia de la humanidad para salvarla de la muerte y el pecado. No existe mayor sentido y, por lo tanto, alegría y esperanza que esa para nuestra Navidad.[/pullquote]

 

© 2013 -Andrés Tapia Arbulú para el diario El Comercio (Perú). Publicado el 22 de diciembre de 2013

Andrés Tapia Arbulú

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