El R. P. Ramón Lucas Lucas es licenciado en Filosofía de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma en el año 1979 (summa cum laude); licenciado en teología por la Pontificia Universidad de Santo Tomás en Roma en el año 1984 (summa cum laude); doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma en el año 1987 (summa cum laude). Actualmente es profesor Catedrático de “Antropología filosófica y bioética” en la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

Unborn-babies-on-transplant-list-get-hearts-faster-6KJVMMA-x-largeActualmente vemos como en varios países se está “tolerando” el aborto y en algunos incluso se está convirtiendo en un “derecho”. ¿Es éticamente correcto aceptar que la mujer decida si continúa o no con el embarazo? ¿Hasta dónde llega la libertad de la mujer con respecto a la vida que lleva en su vientre?

Aclaro tres puntos:

Primero: la mujer/madre que se encuentra en esta situación lo primero que pide y necesita es ayuda y respeto. Cualesquiera que sean las circunstancias y motivaciones que la guían, no va a una fiesta; con su silencio, sus quejas, y sus actos, están solicitando cercanía, acompañamiento sincero, sostén. Todos tenemos el deber de ofrecérselo. La dificultad que se presenta es discernir si la ayuda que ella necesita y solicita, y que todos debemos ofrecerle es la de favorecer el aborto, y si esto es el verdadero bien para ella.

El bien está intrínsecamente relacionado con la verdad, y no puede haber bien en la falsedad, la mentira, el error (aunque de ellos, una vez cometidos, se puedan sacar bienes). Por eso lo que hay que hacer es discernir el verdadero bien y ofrecérselo. Bajo este punto, sin embargo, cualquiera sea la decisión que tome la mujer/madre habrá que ofrecerle siempre comprensión, misericordia, cercanía, y no añadir ulteriores pesos al que ya ella lleva encima.

Segundo: la libertad de la persona es un bien inviolable; como tal hay que promoverlo y defenderlo. Pero también aquí la libertad está en relación a la verdad. Como dice Juan Pablo II «La cuestión fundamental, que hoy todos debemos afrontar, es la del uso responsable de la libertad (…) La libertad no es simplemente ausencia de tiranía o de opresión, ni es licencia para hacer todo lo que se quiera. La libertad posee una “lógica” interna que la cualifica y la ennoblece: está ordenada a la verdad y se realiza en la búsqueda y en el cumplimiento de la verdad. Separada de la verdad de la persona humana, la libertad decae en la vida individual en libertinaje y en la vida política, en la arbitrariedad de los más fuertes y en la arrogancia del poder» (ONU 5-10-1995). De aquí que la relación con la verdad sea una garantía para la libertad. Por eso la mujer/madre, por su mismo bien objetivo, no puede hacer todo lo que quiere.

Tercero: en la pregunta hay otro aspecto importante, la justicia. Lo que está en juego no es solo la mujer/madre y su libertad, sino que sus actos comprometen la vida y existencia de otra persona. Por eso la moralidad de su acto hay que juzgarla también en relación con la justicia y respeto de los demás. Ahora bien, el mayor y prioritario signo de respeto es la promoción y defensa de la vida; sin él todo otro valor decae. Bajo este aspecto entra también el hecho de que la mujer/madre es, por naturaleza, quien está llamada a proteger la vida que lleva dentro; por eso el aborto no es sólo injusto, sino también inicuo.

Si pasamos de la madre a la sociedad, ¿qué responsabilidad tienen frente al aborto los médicos que lo realizan y los legisladores que lo promueven mediante las leyes?

Cuando se habla de responsabilidad moral hay que distinguir la subjetiva y la objetiva. Sobre la primera no cabe duda que habrá muchas personas que actúen de buena fe y estén convencidas de que sus actos promueven la libertad y el bien de las personas. Poco que decir al respecto. Habrá otras, sin embargo, que actúen movidas por el interés, el poder, el egoísmo; aquí la responsabilidad es grande pues se anteponen al bien supremo de la vida de la persona y a ellos la sacrifican.

Sobre la responsabilidad objetiva, es decir, sobre el acto de aborto que se realiza o se promueve legalmente, la consecuencia moral es de absoluta gravedad. La carta encíclica Evangelium vitae lo dice con extrema claridad: «También son responsables los médicos y el personal sanitario cuando ponen al servicio de la muerte la competencia adquirida para promover la vida. Pero la responsabilidad implica también a los legisladores que han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto y, en la medida en que haya dependido de ellos, los administradores de las estructuras sanitarias utilizadas para practicar abortos.» (EV 59). Si en el caso de la mujer/madre la responsabilidad puede ser atenuada por las presiones de vario tipo que la afligen, no así en el caso de los médicos y legisladores conscientes de lo que hacen y sin la presión que la mujer sufre. Dado que la vida de la persona es sagrada e inviolable, a ellos sí se les puede aplicar la frase de la Escritura: «Pediré cuentas de la vida del hombre al hombre» (Gn 9, 5).

¿La Iglesia católica castiga de algún modo especial el aborto?

Lo primero que hay que decir es que la Iglesia no castiga por venganza, sino que sus acciones pretenden ayudar a recuperar la conciencia del mal hecho y repararlo en la medida de lo posible. Lo segundo es aclarar exactamente qué entiende la Iglesia por aborto: «La eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento» (EV, 58). Así ha sido declarado el 23 de mayo de 1988 por la Comisión para la Interpretación Auténtica del Código de Derecho Canónico (CIC, 1398). Así lo ha confirmado solemnemente la Encíclica Evangelium vitae: «Con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos –que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina–, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal» (EV, 62).

Podría entonces aclararnos entonces ¿en qué falta incurre concretamente una persona que realiza o consiente que le realicen un aborto?

En una culpa moral, es decir, comete un pecado mortal, y en una pena canónica, dicho de otra manera, incurre en un delito.

Y ¿en qué consiste esa culpa moral?

Es un pecado grave contra el valor sagrado de la vida humana. El quinto Mandamiento ordena no matar.

Profesor, ¿podría explicarnos más detalladamente qué es una pena canónica?

Es una sanción que la Iglesia impone a algunas conductas particularmente relevantes y graves, y que está establecida en el Código de Derecho Canónico (CIC), el cual en el canon 1398 dice: «Quien procura un aborto, si éste se produce, incurre en excomunión Latae sententiae», es decir, automáticamente, sin necesidad de que ninguna autoridad de la Iglesia lo declare para su caso concreto de manera expresa. La aplicación de este canon debe sin embargo realizarse en armonía con lo que dice el canon 1323, que tiene en cuenta que: no queda sujeto a ninguna pena quien, cuando infringió una ley o precepto carecía de uso de razón; aún no había cumplido dieciséis años; ignoraba sin culpa que estaba infringiendo una ley o precepto; obró por violencia, coaccionado por miedo grave, aunque lo fuera sólo relativamente, o por necesidad o para evitar un grave perjuicio, a no ser que el acto fuera intrínsecamente malo o redundase en daño de las almas.

El “ensañamiento terapéutico” es un problema ético. ¿Cómo podríamos definirlo? ¿Cuáles son los límites terapéuticos? ¿Existe algún indicador “general”, aplicable en todos los casos, que nos permita decir cuando existe ensañamiento terapéutico?

Antes que ético es un problema médico. La medicina está al servicio de la persona para curarla y, cuando esto ya no es posible, cuidarla. El ensañamiento terapéutico es los contrario: se sirve de la persona, abusa de ella. Basta entender lo que es: uso de terapias inútiles, que aumentan la situación penosa y son desproporcionadas en relación a los riesgos/beneficios, prolongando la agonía más que ofreciendo medios de curación y cuidado. En esta definición se ven claras las tres características del ensañamiento: la acción que se hace es, para el enfermo, inútil, penosa y desproporcionada a su situación. Existe la obligación moral de curarse y dejarse curar con medios proporcionados y cuidados normales. La renuncia voluntaria a medios desproporcionados no equivale a la eutanasia. Por eso es importante el principio de la proporcionalidad de las terapias. Se debe intervenir en el paciente tanto cuanto sirva a su salud, ni más ni menos. Intervenir más sería ensañamiento; intervenir menos sería omisión y, dado el caso, eutanasia.

A propósito de la eutanasia. Hoy en día existe mucho temor al sufrimiento y a la muerte. Vemos cómo en varios países del mundo se está legalizando la “eutanasia” ¿Cómo podríamos definirla? ¿Es o no moralmente aceptable en relación a la dignidad humana?

hospital-visitEs toda acción u omisión que, por su naturaleza, y/o en sus intenciones, procura la muerte con el fin de eliminar el dolor. Desde el punto de vista ético, no tiene importancia la distinción entre «activa» y «pasiva», porque los dos son actos humanos, realizados con deliberación y conciencia, y por tanto sujetos a la responsabilidad moral. De lo dicho se infiere que la eutanasia (sea activa o pasiva) puede realizarse sea a nivel de lo que se hace (materia del acto), sea a nivel de las intenciones de quien lo hace (finalidad de quien actúa). De todos modos, el problema que usted formula se refiere más al «aparente» conflicto entre dos derechos: el derecho a la vida y el derecho al respeto de la libertad de las personas. La argumentación suele formularse así: soy libre, tengo derecho a que se respete mi libertad; me encuentro en una situación en la que yo estoy imposibilitado físicamente a hacer lo que quiero; por tanto, solicito tu ayuda; tú tienes que respetar y colaborar con mi decisión autónoma sobre mí mismo.

He dicho «aparente» conflicto por que en realidad la auténtica libertad está siempre unida a la verdad y bien objetivo de la persona, cosa que en el caso de la eutanasia no se da. La principal expresión del respeto de la dignidad de la persona, no es sólo el respeto de su autonomía (la decisión hecha por ella) sino el respeto del bien objetivo contenido en dicha decisión, o el evitar el mal objetivo contenido en la decisión. Por eso, toda decisión que pretenda definir lo que se debe o no se debe hacer con nosotros, debería ser respetada sólo en aquello que es coherente y concuerda con el bien objetivo de la persona.

[pullquote]Para que esta decisión sea auténtica y digna de ser respetada por el médico y la sociedad, es necesario que no contradiga la ley moral natural: el no dañar y el no matar. La libertad está intrínsecamente unidad a la verdad, y no hay auténtica libertad fuera de la verdad. Disociarlas es poner las premisas de comportamientos arbitrarios e inicuos. Ejemplares son las palabras del Galileo de Nazaret: “La verdad os hará libres”. Por otra parte, en Derecho, las relaciones imponen derechos y deberes correlativos. En la eutanasia el presunto “derecho a morir” del paciente no genera un deber correlativo en el médico. Nadie puede ser obligado por un “deber de matar”.[/pullquote]

¿En un caso en el cual existe certeza médica de muerte cerebral, y sabiendo que el paciente depende completamente de medios artificiales para el sostenimiento de su vida, sería moralmente aceptable acceder a “desconectar” al paciente de estos medios artificiales?

A ver, ¡entendámonos y evitemos confusiones! Si hay certeza de muerte cerebral los medios artificiales no sostienen nada, porque ya no hay vida; desconectar los aparatos en esa circunstancia no causa muerte alguna porque la persona ya ha muerto antes de hacerlo. Aquí todo el problema está en entender qué es «muerte cerebral» y, lógicamente, en hacer un diagnóstico correcto para que corresponda con la realidad objetiva. La muerte cerebral se define como 1) la pérdida total e irreversible de la unidad funcional del organismo como un todo. 2) Esta unidad funcional del organismo humano, ya desarrollado y diferenciado, depende esencialmente del encéfalo, por lo que su quiebra irreparable e irreversible indica la muerte. 3) Es necesario establecer con certeza, mediante técnicas diagnósticas clínicas, la quiebra irreparable e irreversible de todo el encéfalo. 4) La muerte de un ser humano no es sólo la muerte del encéfalo, pero su quiebra irreparable –con la consecuente pérdida de unidad funcional del organismo como un todo– adecuadamente diagnosticada es una indicación cierta de la cual se puede concluir la muerte de la persona. Consecuentemente la muerte humana tiene un significado meta-empírico, y no puede quedar reducida a un conjunto de eventos biológicos empíricamente constatables, pero tampoco a una realidad tan trascendente que no tenga suficientemente en cuenta la existencia encarnada.

Cosa muy diversa de la muerte cerebral es el estado de coma profundo, o el estado vegetativo persistente. Aquí la persona está aún viva y como tal tiene que recibir todos los cuidados y ayudas necesarias para continuar viviendo: alimentación, hidratación, ventilación, higiene y demás. Estos medios no son terapias, ni medios extraordinarios, sino simplemente medios vitales comunes de subsistencia y necesarios para todos, aun cuando –por la condición del paciente– deban ser administrados de forma artificial.

Finalmente, profesor, ¿podría sugerirnos alguna bibliografía al respecto?

Evidentemente, la bibliografía es casi infinita. Por practicidad en el acceso mediante web le señalo lo siguiente:

Encíclica Evangelium vitae n. 52-67

Conferencia Episcopal Española: 100 preguntas y respuestas sobre el aborto

Conferencia Episcopal Española: 100 preguntas y respuestas sobre la eutanasia.

Eutanasia – muerte digna

Conferencias sobre eutanasia y muerte encefálica

© 2013 – Juan Fernando Sardi Soto para el Centro de Estudios Católicos – CEC

 

Juan Fernando Sardi Soto

Sin información disponible.

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