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Hace pocas semanas fuimos testigos de un gran evento hasta ahora único en la historia. La presencia de cuatro Papas en una hermosa celebración litúrgica. Dos de ellos presentes desde lo que la tradición eclesial ha denominado la Iglesia triunfante: San Juan XXIII y San Juan Pablo II. Los otros dos, aún peregrinos en la tierra, con sus misiones concretas: Papa Francisco, como actual Obispo de Roma y Sumo Pontífice de la Iglesia Universal, y Benedicto XVI, como Papa Emérito, perfilando una figura que es, en gran medida, nueva en la Iglesia.

Más allá de la enorme repercusión mediática de este acontecimiento, pues se calcula que más dos mil millones de personas estuvieron conectadas al evento, los católicos podemos preguntarnos qué es lo que une a estos cuatro Papas. La respuesta de fondo es evidente: los une el afán del seguimiento de Aquel de quien la Iglesia es prolongación viva, Jesucristo, y por lo tanto, el jubiloso reconocimiento de la ejemplaridad de tal seguimiento en dos de ellos, proclamándolos santos.

francis_and_benedictNo obstante, hay otra respuesta menos evidente pero más articulada con el peregrinar histórico de la Iglesia en los últimos tiempos. Estos cuatro Papas son prolongación y testimonio de uno de los eventos eclesiales más importantes en los últimos siglos: el Concilio Vaticano II. San Juan XXIII fue quien de modo inesperado, obediente al Espíritu, convocó y preparó el Concilio, liderándolo en sus primeros años de desarrollo. San Juan Pablo II, en la época Obispo y posteriormente Arzobispo de Cracovia, participó activamente en el Concilio, sobre todo en la comisión de redacción de Gaudium et spes, siendo uno de sus más grandes difusores, primero en Cracovia y luego en el mundo todo como Pontífice. Benedicto XVI, en la fecha catedrático en la Universidad de Munster y consultor teológico del Cardenal Frings, fue una figura descollante en su participación como perito en el Concilio y luego uno de sus más lúcidos intérpretes e impulsores. Finalmente, el Papa Francisco, ya en el primer mes de su elección como Pontífice, justamente el día del cumpleaños de su predecesor, advertía que luego de cincuenta años aún no se había desarrollado todo lo que el Espíritu Santo suscitó en el Concilio Vaticano II, y, así, se colocaba en continuidad con los anteriores pontífices en el empeño por hacer concreta la renovación planteada por el Concilio. Fue precisamente su decisión proclamar santos, en un mismo día, a quien abrió el Concilio y a quien fue su magno difusor, así como invitar al acto a un sabio intérprete y operador del mismo.

[pullquote]Hemos sido, pues, testigos privilegiados de un bellísimo evento histórico que es signo elocuente de la “renovación en continuidad” que caracteriza a la Iglesia. No hay “rupturas”, como han pretendido algunos al proponer interpretaciones forzadas del Concilio o del pontificado de Francisco. Hay, sí, renovación constante, en profundidad y en continuidad con la viva y bimilenaria tradición de la Iglesia.[/pullquote]

En tiempos en que los ambientes culturales se encuentran en gran medida afectados por cierta “amnesia histórica” o presionados a vivir tan sólo “el instante” o a buscar tan sólo la “novedad”, la Iglesia parece haber dado un magnífico testimonio de “renovación en continuidad” a la cultura y a las culturas de hoy. Y al hacerlo habría ofrecido una importante contribución a las mismas culturas, pues es sabido que ninguna cultura puede desarrollarse adecuadamente cuando se proyecta tan solo, de modo desarraigado, hacia el futuro, ni tampoco cuando se ancla, de modo petrificado, en su pasado.

En horizonte del diálogo de la Iglesia con las culturas, el testimonio franco y humilde del modo como en la Iglesia opera su “renovación en continuidad”, parece ser pues un valioso aporte dentro de los escenarios culturales del inicio del presente milenio. De esta fructífera “renovación en continuidad” ha sido muestra el evento que reunió a los cuatro Papas. Y fue de este tipo la renovación que pretendió el Concilio Vaticano II, en cuyo marco se puede comprender mejor el precioso acontecimiento del que hemos sido testigos.

© 2014 – Alfredo García Q. para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo García Quesada

Alfredo es peruano, casado, con tres hijos, nacido el 12 de octubre de 1962. Es Doctor en Filosofía y se dedica a la reflexión en las áreas de la Antropología Filosófica, Ética y Filosofía de la Cultura.
Actualmente es Profesor Principal de la Universidad Católica San Pablo (Perú), adscrito al Centro de Estudios para la Persona y la Cultura. Anteriormente, fue Director del Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas y Vicerrector Académico de la Universidad Católica de Petrópolis (Brasil), en donde residió durante trece años.
Posteriormente, ha sido Profesor Investigador de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Director del Centro de Investigaciones de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, Presidente de la Comisión Organizadora de la Universidad de Ciencias y Artes de América Latina, Presidente de la Comisión de Fe y Cultura de la Arquidiócesis de Lima y Consultor del Consejo Pontificio para el Diálogo con los No Creyentes.

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