bribeLa corrupción es uno de los tópicos de los que más se comenta, pero muy pocas veces se analiza la raíz y la manera en que opera. Muchas estructuras organizacionales pueden manifestar vicios de corrupción, pero la clave es entender que la raíz está en el corazón de las personas que conforman las instituciones. No basta cambiar, por ejemplo, las políticas, si quienes las lideran tienen la corrupción enraizada en su corazón.

Desde este punto de vista lo primero que se debe detectar son aquellos apegos que pueden esclavizar nuestro interior para detectar posibles causas de actos corruptos. Una persona, por ejemplo, que vive aferrada al poder y al dinero buscará formas de alcanzar dichos fines sin importar los medios necesarios para alcanzarlos.

Una de las características principales que distingue a la persona corrupta de otra que cae ocasionalmente en acciones equivocadas es su opción por vivir en situación permanente de falsedad. Vive una doble vida que se hace casi un estilo de vida, por el que busca que las demás personas sean cómplices de sus opciones, intimidando o descalificando a todo aquel que no se adhiera a la cultura de corrupción que difunde en su entorno. El corrupto guarda las formas y las apariencias en las que encubre sus reales intenciones e intenta justificar sus opciones descalificando a todo aquel que resulte una amenaza para sus intereses particulares.

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El proceso de corrupción no ocurre de un día para otro. La persona ha ido gradualmente traicionándose a sí misma, de tal forma que ya no experimenta la necesidad de cambio, cree haber triunfado por sus propias fuerzas, sin depender de nada ni de nadie. Por ello, salir del estado de corrupción requiere muchas veces que otras personas le hagan evidente su situación, que por hábitos arraigados durante mucho tiempo, el corrupto no es capaz de identificar fácilmente. La persona corrupta se vuelve la medida de la realidad y este es el verdadero peligro poniendo en riesgo su propia existencia: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?» (Mt 16,26)

© 2014 – Carlos Muñoz Gallardo para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

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