“Jesús es el médico que cura con la medicina del amor, porque toma sobre sí nuestro sufrimiento y lo redime. Nosotros sabemos que Dios comprende nuestra enfermedad, porque él mismo la ha experimentado en primera persona (cf. Hb 4,5)” ((Papa Francisco. Jubileo de los enfermos 12.06.16))

En la antigüedad, antes de la era cristiana, el hombre entendía la enfermedad como un castigo divino o como un mal enviado por Dios. Quien padecía alguna enfermedad era considerado maldito e impuro y por lo tanto era rechazado por la sociedad. Sin embargo, la Encarnación de Jesús y sus enseñanzas constituyen una radical novedad frente a esta concepción.

Jesús durante su vida pública no sólo sanaba las dolencias del cuerpo, sino también las del alma y del espíritu, convirtiéndose así en el modelo de salud integral. Él es la misma Salud que toca lo más profundo del ser humano y le abre el horizonte de la Comunión de Amor.

Son muchísimos los ejemplos de encuentros de Jesús con los enfermos, ciegos, sordos, paralíticos, leprosos, moribundos ((Ver Mt. 9,1-8; Lc. 5,17-26; Jn 9,1-41)). A cada uno los acoge con ternura y misericordia. Él atiende sus necesidades físicas y ofrece la salvación a quienes lo buscaban con necesidad.  De los testimonios más contundentes de la cercanía de Jesús con los enfermos está la curación de un leproso: “en esto, un leproso se acercó y se postró ante él, diciendo: «Señor, si quieres puedes limpiarme». Él extendió la mano, le tocó y dijo: «Quiero, queda limpio»” (Mt 8,2.3)

Enseñanzas del buen samaritano

El Señor Jesús enseña a través de sus parábolas la vivencia del amor misericordioso. Entre ellas, está la del Buen Samaritano, modelo a seguir en la asistencia al enfermo y al que sufre. Ésta constituye un ejemplo de reverencia frente a la dignidad e integralidad de todo ser humano. Se caracteriza por la asistencia material y conjuntamente el anuncio del Evangelio. Dos ya habían pasado y al ver al judío herido, siguieron de largo; sin embargo, el samaritano perteneciente a un pueblo enemigo de los judíos, “al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él” (Lc 10,37). Esta parábola es un programa claro del amor al prójimo que no ha perdido su vigencia.

El Papa Francisco al dirigirse a un grupo de médicos los remite a contemplar a Jesús como el Buen Samaritano, como el modelo de médico: “me gusta recordar el título con el que los padres de la Iglesia solían denominar a Cristo y a su obra de salvación: Christus medicus. Él es el Buen Pastor que cuida a la oveja herida y conforta a la enferma; Él es el Buen Samaritano que no pasa de largo ante la persona malherida al borde del camino, sino que, movido por la compasión, la cura y la atiende” ((Papa Francisco a los Dirigentes de las Asociaciones Médicas de España y de América Latina. 09/06/16)).

Benedicto XVI en relación a este pasaje nos enseña también que con las palabras «Anda y haz tú lo mismo», el Señor nos señala cuál es la actitud que todo discípulo suyo ha de tener hacia los demás, especialmente hacia los que están necesitados de atención”. ((Benedicto XVI. XXI Jornada Mundial del Enfermo.02/01/13)) ¿Cómo hacer para vivir siempre con esta disposición? El Papa señala más adelante que para poder vivir este plan de vida es preciso afianzar nuestra vida en el Señor a través de un encuentro íntimo con Él. “Se trata por tanto de extraer del amor infinito de Dios, a través de una intensa relación con él en la oración, la fuerza para vivir cada día como el Buen Samaritano, con una atención concreta hacia quien está herido en el cuerpo y el espíritu, hacia quien pide ayuda, aunque sea un desconocido y no tenga recursos.” ((Allí mismo))

El enfermo en la misión del cristiano

Cuando envía a sus discípulos Jesús los exhorta a anunciar el Evangelio y junto con esta misión los invita a “curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos, expulsar demonios” (Mt 10,8)

Un rasgo esencial del cristiano es que busca conformarse con Cristo, imitando de Él los rasgos de su persona, su relación con aquellos hermanos que más sufren, su reverencia y atención a los enfermos, entre otros. Desde nuestro bautismo estamos llamados a ser testigos de la misericordia, siendo este amor lo que da sentido a nuestra vida. No se requiere tener talentos extraordinarios, u ocasiones muy especiales. Se necesita un corazón convencido, dispuesto y abierto a los demás, que testimonie el Amor de Cristo a los más necesitados y que se abra al que sufre y al pobre como si este fuera el mismo Cristo. Requiere que abramos los ojos, miremos a nuestro alrededor, que con seguridad tendremos a quién atender, consolar y servir.

Durante este año tenemos una gran bendición de renovarnos en la práctica de la misericordia, aprovechando la invitación del Papa Francisco al Año Jubilar de la Misericordia. Es una ocasión privilegiada para vivir la caridad y la misericordia con los que más sufren, con los más necesitados y entre ellos de manera especial los más enfermos.

© 2016 – Álvaro Díaz Díaz para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Álvaro Díaz Díaz

Álvaro es miembro del Sodalicio de Vida Cristiana, es colombiano y médico de profesión; Actualmente está realizando una especialización en Medicina Interna. Tiene interés en el área de cuidado paliativo.

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