Todos hemos tenido la experiencia de sentir amor, cariño o una estima muy profunda por una persona. Ahora bien, si ese amor, cariño o ternura, se queda en nuestro corazón y no decimos ni una palabra, o no hacemos ni un gesto, ni una acción concreta por la persona que es objeto de nuestro amor, podemos poner en tela de juicio su profundidad; y no estoy hablando de demostraciones estrafalarias para demostrar que queremos a alguien y que esta persona se dé cuenta; sino, porque justamente creemos que esta persona es valiosa en sí misma y para nosotros merece nuestra confianza, nuestro aprecio, nuestro afecto cotidiano, e incluso sacrificios de los cuales quizá nunca se va a enterar o reconocer.

Esta experiencia tan humana que he esbozado sucede análogamente en nuestra relación con Dios. Muchas veces decimos que creemos en él, nos repetimos interiormente que le amamos, le pedimos perdón, le hacemos promesas. ¿Pero de verdad podemos decir que tenemos realmente fe en Dios si no llevamos a lo concreto aquello que Él nos pide que vivamos, si no somos consecuentes a la invitación que nos hace a vivir su mismo amor? Son particularmente oportunas en este sentido las palabras que nos dirige el apóstol Santiago en su carta: Es la fe en la que nos insiste apóstol Santiago: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro”» (St 2, 14-18).

Han pasado ya tres años desde que el Papa Benedicto XVI nos invitaba a cruzar juntos la puerta de la fe (porta fidei) que nos introduce a la comunión con Dios y nos permite la entrada en su Iglesia. Pero la intención del Santo Padre no quedaba reducida a un año en particular, sino que para nosotros los cristianos es importante seguir alimentando, a lo largo de toda nuestra vida, ese precioso tesoro que hemos recibido. Así lo entendió también el Papa Francisco que con su encíclica Lumen fidei del 2013, nos urgía a seguir redescubriendo la luz de la fe que es Cristo, para que en el encuentro con Él podamos vivir una experiencia auténtica de nuestro ser cristianos y llevar su luz a todas partes.

Nos dice la carta a los Hebreos que “la fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven” (Hb 11, 1) y, a su vez, la Tradición de la Iglesia, recogida en el Magisterio, nos enseña que la fe es don de Dios y como respuesta humana. Dios que nos ha creado a su imagen y semejanza nos invita a la comunión íntima de amor con Él y para ello nos da gratuitamente el don de la fe, que exige de nuestra parte un acto de humildad y obediencia a la revelación en Jesucristo. Él es la Palabra viva que viene a nuestro encuentro y espera una respuesta a ese diálogo amical que quiere entablar con cada uno de nosotros.

La fe es el misterio del don de Dios y de la respuesta humana y, como tal, se puede abordar desde muchos ángulos. Para poder hacer una exposición breve de algunas de sus dimensiones, quisiera apoyarme en la meditación que hace Santo Tomás de Aquino, inspirado en San Agustín, sobre el acto de fe en su Suma de Teología (Summa Theologica, II-II, q 2, art. 2). Santo Tomás considera que es uno solo el acto de fe que se da de manera personal, pero que a su vez este en este acto de fe se puede hacer tres distinciones: “credere Deum”, “credere Deo”, y “credere in Deum”.

Primero nos encontramos con el “Credere Deum”, que literalmente traduce como “creer en lo que Dios dice de sí mismo”, es decir, en las verdades de fe reveladas que encontramos en la Sagrada Escritura y en la Tradición Viva de la Iglesia, es creer en las verdades de la economía de la salvación a favor de los hombres. Esta dimensión implica sobre todo el conocer y asentir con el entendimiento. La fe suscita una serie de interrogantes acerca de Dios y de nosotros mismos. Dios en su infinito amor, consciente de estas preguntas que hay en el corazón del hombre sale a nuestro encuentro y se Encarna. El Verbo hecho hombre desvela la Trinidad y las verdades fundamentales de nuestra fe que profesamos en el Credo.

Ahora pasamos al “Credere Deo” es decir “creer a Dios”. Esto implica la confianza a la Palabra de Dios, la adhesión de nuestro corazón a la verdad que viene de Dios porque él es fiel a sí mismo y a sus promesas. Esta dimensión abraza una adhesión más interior. Y es que no podemos sino conmovernos y confiar en Dios tan bueno «que tanto ha amado al mundo al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Así lo expresa bellamente el Papa Benedicto XVI: «La fe no es un simple asentimiento intelectual del hombre a las verdades particulares sobre Dios; es un acto con el que me confío libremente a un Dios que es Padre y me ama; es adhesión a un “Tú” que me dona esperanza y confianza. Cierto, esta adhesión a Dios no carece de contenidos: con ella somos conscientes de que Dios mismo se ha mostrado a nosotros en Cristo; ha dado a ver su rostro y se ha hecho realmente cercano a cada uno de nosotros» (Audiencia general, 24/10/2012).

Finalmente, el “Credere in Deum” que literalmente se traduce como “creer en Dios” pero que tiene el matiz particular de creer con amor, es decir, creemos en Dios amándolo. Es la fe vivificada por la caridad. Esta fe implica el compromiso amoroso de la voluntad hacia esos contenidos conocidos e interiorizados. Esta es la fe que se hace vida, que se vuelca en la acción, que se encarna en la historia personal de cada uno de nosotros. Así lo afirmaba también el Papa Benedicto XVI en su carta apostólica Porta fidei: «La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado» (Porta Fidei, 14).

Sabemos que vivir la fe en el mundo de hoy nos es fácil. Nuestra sociedad está impregnada de diferentes corrientes, no sólo cristianas, sino también anticristianas, no sólo secularizadas sino además antirreligiosas. Vivimos en la dictadura del relativismo. No es fácil ser auténticamente cristianos en el contexto de la sociedad postmoderna, penetrada por formas nuevas de ruptura entre fe y vida ((ver Evangelii Nuntiandi, 20)). Por ello, Si la fe no se alimenta se vuelve estéril. La fe «crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes se fortalecen creyendo» (Porta Fidei, 7).

[pullquote]Esta fe in crescendo debe ser proclamada en primer lugar mediante nuestro testimonio en la vida cotidiana. Nos dice Pablo VI: «A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva» (Evangelii Nuntiandi, 21). Si bien nuestro testimonio es importante todos estamos llamados a dar “razón de nuestra esperanza” (1Pe 3,15) como nos dice el apóstol san Pedro. «No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios» (Evangelii Nuntiandi, 21).[/pullquote]

Empezamos afirmando que la fe es un acto personal y qué mejor persona para enseñarnos todas sus dimensiones que nuestra Madre Santa María. El Papa Francisco, gran devoto de la Virgen, nos dice al respecto: «Podemos decir que en la Bienaventurada Virgen María se realiza eso en lo que antes he insistido, que el creyente está totalmente implicado en su confesión de fe. María está íntimamente asociada, por su unión con Cristo, a lo que creemos. En la concepción virginal de María tenemos un signo claro de la filiación divina de Cristo. El origen eterno de Cristo está en el Padre; él es el Hijo, en sentido total y único; y por eso, es engendrado en el tiempo sin concurso de varón. Siendo Hijo, Jesús puede traer al mundo un nuevo comienzo y una nueva luz, la plenitud del amor fiel de Dios, que se entrega a los hombres. Por otra parte, la verdadera maternidad de María ha asegurado para el Hijo de Dios una verdadera historia humana, una verdadera carne, en la que morirá en la cruz y resucitará de los muertos. María lo acompañará hasta la cruz (cf. Jn 19,25), desde donde su maternidad se extenderá a todos los discípulos de su Hijo (cf. Jn 19,26-27). También estará presente en el Cenáculo, después de la resurrección y de la ascensión, para implorar el don del Espíritu con los apóstoles (cf. Hch 1,14)» (Lumen Fidei, 59).

Acrecentar nuestra fe es el inicio del camino hacia Dios que nos lleva hacia la comunión de Amor en la Caridad. Nuestra fe, macerada en la oración, debe tender a la caridad concreta. En este sentido todavía resuenan las palabras con las que Hans Urs von Balthasar, gran teólogo del siglo XX, titula el libro en el que pretende sintetizar su pensamiento teológico: «Sólo el Amor es digno de Fe».

© 2017 – Mijailo Bokan Garay para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Mijailo Bokan Garay

Mijailo nació en el Perú en 1982. Es teólogo, graduado de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Actualmente es Director de Investigación del Centro de Estudios Católicos (CEC) y Encargado de Estudios del Centro de Formación Nuestra Señora de Guadalupe.

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