“Entonces, ¿Nuevamente se rindió?”, fue la frase que le dije a mi amigo Raúl cuando me contó que Juan (como lo llamaré en estas líneas) había dejado la rehabilitación. Ya era la tercera vez que lo habíamos convencido de tratar su alcoholismo. A Juan lo habíamos conocido en el Comedor Padre Pío de la Población La Bandera en Santiago de Chile, donde vivíamos junto a un grupo de amigos haciendo una experiencia comunitaria hace ya varios meses. El comedor aún recibe diariamente a las personas que han caído en el alcoholismo en el barrio y de Juan nos habíamos hecho bien amigos. Pero ahora Raúl me contaba que había sido mucho para él y que como son libres de salir y entrar cuando quieran, se había ido y no sabíamos dónde estaba.

Es difícil explicarles en palabras la frustración que sentí. Lo habíamos ido a ver hace muy poco y estaba feliz, asustado con lo que se venía, pero feliz y sobre todo seguro de la decisión que había tomado de rehabilitarse. Me sentí impotente, sin posibilidad de hacer nada por un amigo que sin duda alguna estaba enfermo y que a mis ojos, necesitaba ayuda en forma urgente, pero lo peor de todo es que ¡No la quería! ¿Cómo no me iba a frustrar que un hombre como Juan, jóven y que tenía toda la vida por delante, no quisiera sanarse?

Pero entonces me detuve y recordé algo importante. Juan tenía una historia, razones concretas, palpables y personales, que por supuesto no puedo relatar en estas líneas, por las cuales había caído en el alcoholismo y que, con mucha confianza, en las muchas veces que lo tuvimos pasando la borrachera en el sillón de la entrada de la casa, nos había contado.

Así entendí una de las mayores enseñanzas que Dios y la vida me han dado: El significado profundo de la misericordia. Después de esa experiencia nunca más fui la misma.

Cuando llegué a La Bandera yo era una mujer más estrecha de mente y me duele decir que también de alma. Tenía una imagen de Dios bastante castigadora y por lo tanto, de corazón, también justificaba a una sociedad más inquisidora de la que yo, por supuesto, era parte.

Pero nuestra historia con Juan y tantas otras que experimenté en mis 11 meses viviendo en La Bandera, me permitieron ver la miseria con otros ojos.

Entendí que muchas veces el dolor, la falta de oportunidades y la desigualdad hace que las personas tomen las peores decisiones de vida. En ningún caso estoy justificando la delincuencia, la drogadicción y el alcoholismo, pero creo que pueden entenderse mucho mejor si uno abre el corazón y se da cuenta de una verdad: no siempre sabemos qué fue lo que pasó. Y ese fue el regalo. Dios hoy me permite ver la vida con ojos de misericordia. Entender que detrás del que como sociedad consideramos ladrón, indigente, alcohólico, drogadicto, contrabandista o violador, hay acontecimientos que no conocemos y que marcan la vida de esa persona y la hacen tomar distintos caminos que escriben su historia. Comprendí que nadie es quien para juzgar esos hechos sólo basándose en lo que ha vivido.

Fue para mí un regalo que Dios me permitiera ver la vida con ojos de misericordia. 

Dios me dio el don de entender que Él nos mira a todos por igual. Para Él no hay un hijo distinto al otro. Hombres y mujeres de todas las razas, países y condiciones sociales son preciosos y hermosas a sus ojos. Ni el más equivocado, desviado o perdido es poco para Él. ¡Y es más! Sabemos que con ellos y con ellas, Jesús tuvo un trato diferente, cercano y privilegiado. Entonces, ¿Quién soy yo para decir que son lo “desechable” o lo “inservible” de la sociedad?

Mi experiencia  en La Bandera fue un desafío a la humildad y a darme cuenta que no tenía nada claro. Que esa población tenía tanto, pero tanto que enseñarme y que Dios me había dado una oportunidad única de sacarme la venda de los ojos, los tapones de los oídos y los guantes de las manos, para estar atenta a las personas que conocí y a los acontecimientos que viví. Todo para recibir el máximo regalo que me quiso dar en ese tiempo: El poder encontrarme con Él, cara a cara, sin ningún tipo de obstáculo y de experimentar con mucha fuerza la felicidad y la alegría de ese encuentro.

Tal como ya lo dijo Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona…” (Deus caritas est, n. 1). Para mí fue exactamente así.

No sólo vi a Dios en la miseria y aprendí lo que es realmente la misericordia, sino que también lo pude ver y conocer en los pequeños y sencillos gestos de tantos y tantas que me puso en el camino.

La verdad es que no sabía lo feliz que me podía hacer ver lo pequeño. No hablo necesariamente de grandes historias trágicas o de superaciones personales impresionantes, sino el poder palpar la riqueza de una vida simple.

Las honestas conversaciones de pieza a pieza con Karin o Eduardo; un rico té compartido con Bernarda; una simple clase de matemáticas de Raúl para que David pudiera entrar a la Universidad; la chaqueta que Jaime regaló a una persona que pedía limosna fuera de la parroquia; el abrazo de ánimo de Pilar a Úrsula para que no se rindiera con sus proyectos y la sonrisa de oreja a oreja de Fabián cada vez que podía jugar con su hijo Benja.

Aunque para otros podría pasar desapercibido, un día que me marcó también de forma especial fue una vez que, como lo hacía regularmente, me tenía que subir al bus que me llevaría del trabajo a mi casa.

Ese día me sentía mareada y con mucho dolor de estómago. Fue entonces que pensé en el Mako, un chico de 20 años, que vivía en la Población para ver si me podía acompañar a la casa. Yo sabía que él podría estar cerca debido a sus clases de preuniversitario y le escribí.

Él no dudo en salir de su salón, dejar todo lo que estaba haciendo e ir a encontrarme. Yo sabía que ese acto no era fácil para él ya que conocía el esfuerzo que le significaba pagarse sus estudios.

No contento con eso además pagó un taxi de su bolsillo y de ahí en adelante la verdad es que no recuerdo mucho. Sólo sé que a la hora me desperté dentro de mi cama, tapada entera, con un té caliente en mi velador y que el Mako, al escuchar que me movía fue a mi pieza, me pasó una sopa de fideos que me había hecho y se sentó a los pies de mi cama a preguntarme qué me había pasado. El Mako tiene un humor irónico que siempre me ha hecho reír y seguramente con la intención de que me distrajera del dolor, lo acentuó ese día, porque recuerdo que de verdad lo olvidé. Se quedó conmigo hasta que llegara alguien más a la casa, unas dos horas más.

Como ven no tiene nada de grandioso lo que el Mako hizo por mí. Sólo fue un amigo que dejó lo que estaba haciendo por ir a ayudar a una amiga. Pero para mí, lo fue todo aquel día.

Parece contradictorio contar que en un lugar de tanta miseria yo haya podido encontrar tanta riqueza y que eso me haya hecho profundamente feliz. ¿Pero cómo se puede ser feliz con gestos tan nimios y además viendo tanta miseria en tus narices? ¡Sí se puede!

En mi tiempo en La Bandera claro que conocí el dolor, la pobreza y la miseria desde muy cerca pero fue, sin duda alguna, un tremendo regalo de Dios porque me permitió verlo a Él,  simple y sencillamente, tocarlo y sentirlo y me permitió aprender a mirar a las personas desde el prisma del amor, sencillez y misericordia de Dios.

Vivir en La Bandera le dio un antes y un después a mi vida por haber tenido la oportunidad de conocer a Jesús en persona. No he dejado de mirar la desigualdad, ni me ha dejado de doler la pobreza. Es más, como la viví tan de cerca, creo que hoy me preocupa y me ocupa más que antes. Queda mucho por hacer y tenemos una responsabilidad concreta en la igualdad de oportunidades para todos.

© 2017 – María Jesús Vacarezza  para el Centro de Estudios Católicos – CEC

María Jesús Vacarezza

María Jesús es Periodista y Licenciada en Comunicación Social de la Pontificia Universidad Católica de Chile y durante toda su vida profesional ha servido en diversas instituciones sociales como son TECHO, Fundación Paréntesis y Fundación Trabajo para un Hermano.

Además ha participado en proyectos sociales como son Misión País, Trabajo País, Misión de Vida, entre otros y vivió una experiencia comunitaria durante 11 meses en la Población La Bandera de Santiago de Chile.

View all posts

Add comment

Deja un comentario