Hace poco me llamó la atención una declaración que hizo el Papa Francisco en una entrevista a dos periodistas del diario “La Stampa”, respondiendo a una interrogante sobre la idoneidad del sistema económico actual. El Papa, después de decir que el tema amerita una mayor reflexión, señaló lo siguiente: «Si repitiera algunos pasajes de las homilías de los primeros Padres de la Iglesia, de los siglos II o III, sobre cómo habría que tratar a los pobres, algunos dirían que mi homilía es marxista». Esta frase denuncia una actitud no pocas veces reconocida en el interior de la Iglesia actual, que tiene como presupuesto el rechazo de facto a cualquier ideología antes de abrirse a la búsqueda, desde el Evangelio, de una respuesta a la interrogante sobre la pobreza. Dicho proceder ha sido cuestionado por el Papa, pues atenta contra la misma identidad eclesial, una identidad que se funda en la caridad y el mandato apostólico del Señor Jesús, antes que en la defensa propia. No se trata aquí de defender una ideología, sino que el repliegue y la actitud defensiva no nos permitan luego “salir”.

pope43Hace poco me llamó la atención una declaración que hizo el Papa Francisco en una entrevista a dos periodistas del diario “La Stampa”, respondiendo a una interrogante sobre la idoneidad del sistema económico actual. El Papa, después de decir que el tema amerita una mayor reflexión, señaló lo siguiente: «Si repitiera algunos pasajes de las homilías de los primeros Padres de la Iglesia, de los siglos II o III, sobre cómo habría que tratar a los pobres, algunos dirían que mi homilía es marxista».

Esta frase denuncia una actitud no pocas veces reconocida en el interior de la Iglesia actual, que tiene como presupuesto el rechazo de facto a cualquier ideología antes de abrirse a la búsqueda, desde el Evangelio, de una respuesta a la interrogante sobre la pobreza. Dicho proceder ha sido cuestionado por el Papa, pues atenta contra la misma identidad eclesial, una identidad que se funda en la caridad y el mandato apostólico del Señor Jesús, antes que en la defensa propia. No se trata aquí de defender una ideología, sino que el repliegue y la actitud defensiva no nos permitan luego “salir”.

[pullquote]El llamado a una “Iglesia en salida” es válido para muchos aspectos de la evangelización; sin embargo, el amor preferencial por los pobres es especialmente acuciante hoy para el mundo y para quienes hemos sido bautizados y, por lo mismo, enviados a hacer efectivo el amor de Dios a «todas las gentes» (ver Mt 28,19-20). En efecto, nuestra respuesta a aquel mandato es vital no solamente para nuestra propia santificación, sino también para el desarrollo integral del Pueblo de Dios.[/pullquote]

Vemos así que antes de señalar al del costado o a algún ente abstracto sin rostro, debemos hacernos la pregunta: ¿Cómo estoy viviendo yo el amor preferencial por los pobres? Quizá por haber combatido tan fervientemente los últimos años contra el comunismo y el socialismo hemos seguido el impulso y terminado cayendo en el “efecto del péndulo”: yéndonos al otro extremo. ¿Por qué tenemos miedo hoy de hablar del cambio de estructuras? ¿Por qué es tabú hablar de justicia social? ¿Por qué el amor preferencial por los pobres es asociado tan ingenuamente con perspectivas marxistas o ideologizadas de alguna manera?

Es legítimo pensar y discernir bajo el criterio de evitar el escándalo, pues ciertamente no es cosa menor pronunciarse sobre el tema abiertamente; sin embargo, “el amor de Cristo nos apremia”, y más aún Su Amor por aquellos más necesitados y con quienes siempre se ha identificado (ver Mt 25, 40.45). Es más, el Magisterio de la Iglesia se ha pronunciado siempre en favor del amor por los pobres, señalando en primer lugar que su importancia funda tanto en el mensaje de Cristo como en su vida ((Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2444)).

84747606111912909843Ahora, cabe hacer un par de preguntas: ¿Cuál es la situación de los pobres actualmente?, y, ¿cuál es nuestro deber moral como cristianos en lo que a esto respecta? Así, pues, reflexionando sobre algunas actitudes cristianas que se deberían vivir podremos caer en cuenta de la gravedad de la situación.

En muchas ocasiones se ha declarado la Iglesia, tanto en palabras de los Sumos Pontífices como en documentos de Asambleas de Obispos –entre otros–, contra las injusticias latentes en el sistema económico instaurado. Las últimas y más contundentes las leemos en la famosa exhortación apostólica del Papa Francisco, Evangelii Gaudium, que a su vez recoge muchos escritos de sus predecesores al respecto.

Entre los principales problemas que se destacan hay dos particularmente dolorosos: la concentración de riquezas en minorías, mientras el resto “come de las migajas”; y la falta de atención espiritual a los pobres.

[pullquote]En lo que al primero respecta, más allá de saber que una estructura nunca asegurará al hombre un ambiente libre de corrupción, debemos decir que cualquier sistema que no considere el bien común es un «sistema injusto en su raíz» (EG, 59). Es una situación inaceptable que mientras una pequeña porción posee muchísimo más de lo necesario, hay quienes no tienen ni siquiera lo mínimo para sobrevivir. Este tipo de desigualdades «son escandalosas y están en contraste con el Evangelio» ((Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1938)). Esto no se debe solamente al egoísmo humano, sino a que dicho egoísmo está plasmado en el sistema económico, que causa segregaciones escandalosas de todo tipo, y ni qué decir de pésimas condiciones de vida para muchas personas.[/pullquote]

Bien sabemos que es legítima la apropiación de bienes para garantizar la libertad y la dignidad de cada uno. Esto es lo que llamamos propiedad privada. Sin embargo, esta no puede estar nunca por sobre el destino universal de los bienes, que se desprende del relato de la Creación (Gn 1, 26-29). Así, las cosas propias no son solo nuestras, sino que también son comunes, en el sentido de que han de aprovechar no solamente a nosotros, sino también a los demás ((ver Gaudium et Spes 69, 1)). Esto vale especialmente para los pobres.

El Papa no se equivoca al mencionar que los Padres de la Iglesia tienen reflexiones fuertes al respecto. San Juan Crisóstomo dice, por ejemplo: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida, no son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos», y también: «La tierra es toda del Señor y los frutos de la tierra deben ser comunes a todos. Las palabras “mío” y “tuyo” son motivo y causa de discordia. La comunidad de bienes es una forma de existencia más adecuada a la naturaleza que la propiedad privada». San Ambrosio declara: «No es tu bien el que distribuyes al pobre. Le devuelves parte de lo que le pertenece, porque usurpas para ti solo lo que fue dado a todos, para el uso de todos. La tierra, a todos pertenece, no sólo a los ricos». Y así, otros tienen palabras similares.

Sería muy fácil sacar estas palabras de su contexto histórico y cultural, malentenderlas; sin embargo, si nos fijamos en el fondo de la enseñanza de estos santos, lo que se reclama es mucho más que simple atención humanitaria a los menos privilegiados. Las estructuras injustas son construidas por corazones corroídos. Es ilusorio pretender instaurar un sistema de “comunidad de bienes”, como parecen sugerir algunos Padres, puesto que el pecado del hombre hace muy difícil un régimen tal. Sin embargo, esto no nos exime de la búsqueda de mejores sistemas, e incluso de tratar de vivir el amor preferencial por los pobres dentro del sistema actual. Esto requerirá que muchas veces se sacrifique la legitimidad de la propiedad privada y otros derechos por un bien mayor, el bien común (ver EG, 190).

¿Cuántas veces tiramos la comida que no utilizamos? ¿Cuánta ropa que no usamos guardamos en nuestros hogares? ¿Cuánto tiempo dedicamos a la ayuda social? ¿Cuántas veces nos excusamos tras argumentos como “hay que vivir dignamente” para darnos pequeños lujos, para vivir cómodamente, antes de preocuparnos por la caridad con el prójimo? ¿Qué diría San Juan Crisóstomo de nosotros? ¿Y Juan Pablo II? ¿Y Cristo mismo? La caridad no es simplemente pequeños gestos a individuos particulares para tranquilizar la conciencia (ver EG, 180), es muchísimo más: un compromiso que requiere, además de estos gestos, una cooperación activa para resolver las causas estructurales y para promover el desarrollo integral de los pobres. El apóstol Santiago habla de esto en su carta fuertemente (ver Stgo. 2, 15-16; 5, 1-6).

Pasando al segundo problema, de índole más espiritual, duele saber que aquello que siempre podemos transmitir, Cristo, es negado (directa o indirectamente) a quienes más la necesitan. Es cierto que ahora más que nunca hacen falta “obreros en la mies del Señor” para llegar a las “periferias existenciales”, pero justamente el amor preferencial por los pobres se llama así porque es preferencial: es una «forma de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana» ((S.S. Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 42)). ¿Es así en la sociedad actual? ¿Es así en el entorno eclesial? ¿Es así en nuestras vidas?

[pullquote]La miseria humana es el signo de la debilidad del hombre después del pecado, y por eso Cristo se quiso identificar con ella. Él «se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2Cor 8, 9). Al compartir nuestros bienes con los pobres, cumplimos un deber de justicia ((ver San Gregorio Magno, past. 3, 21)), pero como bien sabemos, «la misericordia triunfa sobre el juicio» (St 2, 13), y el amor muchas veces exige más que el deber. Es por eso que la preocupación debe ser por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad, pues, como personas, poseen una dignidad trascendente e inalienable. La preocupación no es en primer lugar activista, pues lo que se busca es el fondo, el bien del otro. Amamos a los pobres por su alto valor y no como medios: en esto radica la diferencia con cualquier ideología (ver EG, 199).[/pullquote]

La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria (ver EG, 200), no solo en general, sino también personalmente. Es hora de que nos revisemos y contrastemos con el Evangelio, pues, como dice San Juan de la Cruz, «a la tarde te examinarán en el amor» (Dichos, 59): en el amor a Cristo, a quien servimos en cada uno de nuestros hermanos más necesitados.

© 2015 – Sergio Mavridis para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Sergio Mavridis

Sergio nació en Lima (Perú). Estudió 3 años de Ingeniería Mecatrónica en la PUCP. Es integrante del Sodalicio de Vida Cristiana.

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