friends_coverUno de los núcleos fundamentales de nuestra existencia es la vocación al amor ((Ama a tu prójimo fue, en parte, la respuesta de Jesús cuando los Fariseos le preguntaron acerca del mayor mandamiento en la Ley (Ver Mateo 22, 36-40). «”Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Este es el primero y más grande mandamiento. Y el segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas».)). La amistad es una forma concretísima de realizar ese llamado profundo que todos tenemos a vivir el amor. Hablar de la amistad es hablar de los insondables anhelos del corazón humano ((«La amistad es quizá el lugar donde mejor comprendemos el misterio de la humanidad». (Oscar Tokumura, La Amistad, Lima, TORHU Consultores, 2015, p.9))). No podemos vivir sin amigos. Es en la medida que tenemos amigos que desplegamos esa vocación al amor.

«El hombre es un ser para el encuentro, esto significa que dicho dinamismo es fundamental en su camino de despliegue como ser hermano. Todo en es ser humano está abierto a la dinámica relacional del encuentro» ((Oscar Tokumura, Vivir Reconciliado, Lima, TORHU Consultores, 2015, p.23)).

Por lo tanto, si queremos ser felices, realizando ese deseo profundo de vivir el amor, es necesario el encuentro con los demás. Algo interesantísimo del encuentro con los demás es que cuando nos entregamos y abrimos nuestro corazón, descubrimos quiénes somos en verdad. El amor es el “camino” natural del ser humano; es nuestro camino de realización, lo cual es fundamental si queremos ser felices. Sólo en la medida en que me conozco puedo saber cómo vivir de acuerdo con mi identidad. Y sólo así puedo realizar y desplegar aquello para lo cual he sido hecho.

Dios, desde su infinito amor, crea al hombre a su imagen y semejanza (Ver Gen 1,26-17), y le concede una estructura interior que lo mueve a desplegarse en el Amor; esa vocación al Amor es el único camino auténtico. Esto lo deja claro San Pablo, en su carta a los Corintios, cuando dice que «aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1Cor 13,3). Un amor pleno que sólo Dios, en Cristo, nos puede enseñar ((«Por tanto, yo os pido por el estímulo del vivir en Cristo, por el consuelo del amor, por la comunión en el Espíritu, por la entrañable compasión, que colméis mi alegría, siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos. Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás.» (Fil 2, 1-4))).

«Para que en mi corazón pueda germinar el amor, debo, en primer lugar, reconocer concretamente y admitir la dignidad personal del Otro» ((Ignace Leep, La comunicación de las existencias, Buenos Aires, Carlos Lohlé, 1980, p.101)). Esa dimensión de amor que estamos llamados a vivir, permite a la vez, conocernos y así desplegarnos auténticamente. Vivir según lo que estamos llamados a ser. Dicho esto podemos entender que sólo podemos realizarnos y ser felices en la medida en que vivimos el amor por medio de la amistad ((«En el misterio de la amistad (…) con los hermanos, con los amigos, con Dios mismo, descubrimos nuestra propia identidad y de lo que estamos hechos». La Amistad, p.9)).

La búsqueda de amigos es una de las motivaciones para existir, y para saciar los anhelos de plenitud y sentido que brotan de nuestro corazón. Esos anhelos son infinitos, por lo cual, finalmente, solo Dios puede saciar esa búsqueda existencial por la amistad. Sólo Dios puede llenar el vacío que todos experimentamos por encontrar una fuente infinita de amor ((«Por eso la experiencia de la “nostalgia de infinito” no es una aspiración pasajera, sino permanente y llegada a la existencia misma del ser humano.» Luis Fernando Figari, Nostalgia de Infinito, Lima, fondo editorial, 2002, pág. 8)).((«Pero cualquiera que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna». (Jn 4,14)))

Este camino no es fácil. Exige esfuerzo: La amistad se cultiva; hacer crecer y profundizar la amistad exige dedicación. Darle tiempo, abrir el corazón, compartir la propia vida. Es como un diamante que debe ser trabajado. Primero es algo en bruto. Luego, después de un largo trabajo, reluce hermoso, y se convierte en algo que brilla por su belleza.

Una virtud esencial en el camino para la amistad es la humildad. Humildad para mostrarse al otro tal cual eres. Andar en verdad. Sólo en tanto muestro al otro quien soy en verdad, es posible forjar una auténtica amistad. Se trata de abrir el corazón. Mostrarnos tal cuál somos ((«Una característica fundamental del amor es la de que todas las buenas cualidades del amado se consideran como la expresión de su yo real, en tanto que sus faltas se interpretan como una negación de él». D. y A. von Hildebrand, El Arte de Vivir, Buenos Aires, Club de Lectores, 1966, p.107)). Se trata de entender rectamente quién se es, con humildad, andando en verdad. Verdad con el prójimo que tiene la misma dignidad. Y reconocer que los dones y talentos personales, así como la vida que tenemos, vienen de Dios y están para dar gloria a Dios ((Ver http://cecglob.com/como-ser-realmente-buenas-personas/)).

[pullquote]La amistad se fortalece y crece cuando ambos tienen un mismo ideal. Es decir, no sólo se trata de una relación recíproca, sino de una comunión en vistas a un mismo ideal. Esa comunión será más plena cuanto más valioso sea ese horizonte común. Si tenemos en cuenta que sólo Dios puede saciar nuestra búsqueda de infinito, entonces el horizonte con el cual se puede entrar en comunión por excelencia es Dios mismo ((«Por lo demás, nuestra confianza en el amor de Dios es la base de cualquier tipo de comunión con otras personas». D. y A. von Hildebrand, El Arte de Vivir, Buenos Aires, Club de Lectores, 1966, p.99)). De esa manera, los dos se ayudan mutuamente para encontrar en Dios la plenitud de esa amistad. Al final, es Dios mismo quien nutre esa relación de amistad. Dios con su amor, no destruye ni cambia la naturaleza, sino que la perfecciona.[/pullquote]

San Pedro, en su escalera espiritual (2Pe 1, 5-7), resalta la filadelfía como un esfuerzo serio y decidido por hacer crecer y mejorar nuestras relaciones humanas. Vivir el servicio, salir al encuentro de los demás, ayudarlos según nuestras capacidades. Dejar de ser individualistas y egoístas ((Kenneth Pierce, La escalera espiritual de San Pedro, Lima, Fondo Editorial, 2010, p. 166)). Es un camino que Dios nos señala, y tiene su paradigma en Cristo, quien vivió ese amor hasta el extremo. Permitir –como decía anteriormente– que Dios sea nuestro horizonte común de amistad, implica seguir el ejemplo de Jesús, quien vivió la filadelfía con sus discípulos.

© 2015 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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