Me gustaría salir a las calles y preguntar a la gente qué es lo primero que piensan cuando se les dice que sean buenos cristianos. G.K. Chesterton resumió perfectamente este punto cuando dijo: “No es que el ideal cristiano ha sido intentado y resulta ser insuficiente, sino que resulta ser difícil y se deja sin intentar.” En pocas palabras: ¡Seguir a Cristo es difícil!

En ningún lugar de las Sagradas Escrituras, Jesús o cualquier de sus discípulos dice ser fácil la vida de un cristiano. Cristo mismo dice que: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. (Mateo 16, 24) En otro pasaje dice: “En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto”. (Juan 12, 24) Ser cristiano implica lucha, sacrificio: “Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible”. (1Corintios 9, 25). Uno tiene que exigirse aún más que los deportistas. San Pablo habla de un combate: “He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe…” (2Timoteo, 4, 7) Cristo mismo es un ejemplo de alguien que llega al extremo de morir en una cruz: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz“ (Filipenses 2, 5-8). “Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales”. (Efesios 6, 12) Efectivamente, si miro estos pasajes de modo superficial y rápidamente, obviamente no quisiera ser cristiano. Hablan de esfuerzo, combate, lucha, renuncia hasta el punto de entregar la vida en la cruz.

Sin embargo, hay una pregunta que siempre me hago: ¿Por qué tantos pasajes nos presentan la vida cristiana de esa manera? ¿No habrá otros pasajes que muestran el “otro lado” de la moneda? Que sea algo que me motive para una lectura más asidua de la Palabra. Regresando al sentido de nuestro artículo, ¿por qué me dicen siempre los cristianos que puedo ser feliz, si el camino que “veo” es tan difícil?

Para ello hice el esfuerzo de entender cómo piensa o creen las personas que podrán conseguir en esta vida esa paz que tanto quieren ¿Qué entiende la gente en general por “bien estar”? En síntesis, una vida sin problemas, en la cual no hay nada para preocuparse. Sin necesidad de esfuerzo para lograr los objetivos que uno quiere. Ahora, la pregunta crucial es: ¿Existe una vida de esa manera? Sin dolores, cruces, sufrimientos, esfuerzos, tristezas y problemas. Es obvio que nadie vive así. Por lo tanto, si somos consecuentes con lo que decimos hasta ahora, nadie podría alcanzar esa vida “agradable” y confortable.

El punto de reflexión debe ser más bien: ¿Qué debo hacer? ¿Cómo tengo que vivir para alcanzar esa vida pacífica y feliz? ¿Qué debo hacer si quiero encontrarle sentido a lo que estudio, trabajo y los esfuerzos que hago por proporcionar a mi familia una vida digna? El punto es descubrir cómo puedo vivir eso. Si no fuese posible vivir en paz, felicidad y tranquilidad, puesto que no existe una vida “mar de rosas”, ni tampoco existe esas vidas que nos muestran en Disney, entonces sería imposible ser feliz, vivir la paz, tener una vida con sentido.

Creo que está claro que nadie quiere sufrir, pasar por circunstancias difíciles. Nadie quisiera pasar el resto de su vida, teniendo que esforzarse el máximo que puede, si quiere mantener un nivel de vida digno para su familia ¿No estaremos entendiendo equivocadamente lo que significa una vida plena de bien estar? ¿No entendemos quizás, que una vida feliz no puede tener problemas? Normalmente la mayoría de personas piensa qué es incompatible vivir ese “sueño” – la vida actual como si fuese un “paraíso” – cuando, al mismo tiempo tenemos tantos problemas. Si pensara de esa manera, entonces la conclusión lógica debería ser, que he nacido para ser un frustrado.

¿Qué hacen las personas, entonces, cuando se dan cuenta que esa paradoja no permite vivir la felicidad, la paz, la alegría? Creo que podría discurrir mucho sobre el asunto, pero les quiero mencionar solamente dos actitudes que están profundamente difundidas en la manera de vivir de la mayoría de las personas.

La primera y más fácil opción es el no querer enfrentar y huir del problema. Eso implica que no quiero aprender a vivir con esa dificultad, ya sea algo que implica un esfuerzo circunstancial, o bien algo que implique cargar para toda la vida. Todos conocemos qué “caminos hermosos” ofrece el mundo en una “bandeja de plata” para vivir engañándonos, viviendo una mentira existencial, es más, hacer de nuestra vida una mentira.

En segundo lugar, muchísimas veces he escuchado la expresión: “Bueno pues, ¡me tocó! ¿Qué puedo hacer?” Se trata de una resignación, pero con un matiz extremamente negativo. Esa actitud de resignación no es una aceptación verdadera, sino un asumir la situación, pero con una visión muy negativa. Es como asumir la carga, pues es lo único que puedo hacer. Obviamente es mucho más difícil que la primera opción, pero sigue siendo igualmente una vida sin alegría, sin felicidad, sin encontrar paz.

“¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romano 7, 24). Probablemente este pasaje del Apóstol pueda darnos una pista. El filósofo Platón, allá por el siglo 3 a.C., decía que nuestro cuerpo es como la cárcel de nuestro espíritu, que no permite que vivamos la dicha y posibilidades “divinas” para la que estamos hechos. “El dualismo platónico entre el mundo de las cosas sensibles y el de las Ideas le llevó a oponer lo material a lo espiritual. En los humanos supondría la separación de cuerpo y alma, siendo ésta última prisionera del primero”1 Si regresamos a las Sagradas Escrituras vemos que es prácticamente imposible superar ese dualismo alegría – dolor, tristeza – felicidad: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7,19).

Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. !Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado”. (Romanos 7, 19-25) Cuando entendí este pasaje, descubrí la clave sin la cual nosotros nunca podremos encontrar una respuesta a esa paradoja vital: querer la felicidad infinita, pero, al mismo tiempo, experimentar la debilidad, fragilidad, limitación y contingencia. Cómo dice el Apóstol: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”. Esta es la tercera vía, que va más allá de las dos opciones que ofrece el mundo.

El punto crucial es: ¿Cómo puedo ser feliz? ¿Cómo obtener paz, si este mundo está lleno de problemas? Ya sean problemas adentro de mi casa o cuando yo mismo paso por algún tipo de dolor o sufrimiento. Todo eso no son solamente problemas de tipo “material”, en términos de la vida que puedo “tocar” con mis sentidos. Los dolores y sufrimientos interfieren profundamente en el alma. Por ello, necesito alguien que me proporcione una respuesta para mi crisis espiritual, que es, finalmente, el origen de tantos males que todos padecemos.

Aquí debo hablar con mucha claridad y de modo muy radical: Jesucristo es el único que dotó el sufrimiento de sentido. Sólo Él fue capaz de vencer el mal, la muerte. Muchos pasajes de las Sagradas Escrituras, no sólo muestran eso, sino que ofrece esa paz, felicidad y tranquilidad que necesitamos, que yo necesito y quiero. Pero no significa que el dolor y el sufrimiento desaparecerán, sino que seremos capaces de vivir con ellos. Hasta el punto de ser felices en medio a los sufrimientos. Por lo menos esa es mi experiencia. En verdad, les comparto de corazón que eso sí funciona.

Jesucristo asumió toda la naturaleza humana, menos el pecado. Todas las experiencias humanas. Era feliz con sus discípulos. Conocía los corazones y anhelos interiores. Se alegraba con los niños. Se compadecía de los pobres y pecadores. Curaba a los enfermos. Obedientemente cumplió el Plan del Padre. Pasaba por los pueblos hablando y proclamando la verdad. Anunciaba la llegada del Reino de Dios. Vivió como hombre entre los hombres. Por lo tanto, no podía dejar de asumir también el sufrimiento. Se hace pecado por nosotros, se humilla a sí mismo, hasta llegar a la última consecuencia del mal: La muerte. El mal, el dolor, el sufrimiento, la muerte, son experiencias que el Señor asume en toda su crudeza: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Filipenses 2, 5-8)

Cristo Jesús anuncia varias veces a sus discípulos cómo debería morir. La muerte era el camino que debía asumir para ser fiel al Padre. A través de la cruz es como trae la victoria sobre la muerte. Era necesario que Jesús muriera en la cruz para traernos la reconciliación.

El rechazo a aceptar que el Maestro muera en la cruz es totalmente comprensible. Pero es el camino que el Señor enseña a sus discípulos. “Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; más para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (1Corintios 1, 22-25). La cruz se convierte en instrumento de salvación. Jesús asume la muerte para darnos la vida. Con su pasión y muerte en la cruz, le da un nuevo sentido al sufrimiento. Tiene un sentido de salvación. Es camino de realización. Les comparto que vivirlo no es fácil. Pero es el camino para la plena realización. Negar la experiencia de dolor, es negar una dimensión de la vida. En Cristo aprendí a ser capaz no sólo de aceptar el sufrimiento, sino que incluso sufriendo puedo alcanzar esa plena realización personal.

Es fácil pensar que para Jesús sufrir o morir haya sido una experiencia fácil, puesto que es Dios. Que lo hizo simplemente para hacerse cercano a nosotros, pero que, en realidad, no le costó, así como nos cuesta a nosotros, o me cuesta a mí. Sin embargo, esa experiencia es tremendamente dolorosa para Él. Se ve claramente cuando le propone al Padre la posibilidad de no vivir la pasión y muerte en la cruz: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (Mateo 26, 39) (Marcos 14, 36) (Lucas 22, 42) Más allá de su rechazo humano al sufrimiento, hace una opción clara de obediencia a su Padre. En otro pasaje de su vida, vemos a Jesús tentado como cualquier ser humano. El hecho de ser Dios no significa que está exento de la experiencia humana de la tentación, como si fuera un hombre especial: “Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo” (Mateo 4,1) (Lucas 4,1-2). No podemos, por lo tanto, pensar que Jesús era un “superhombre”, para el cual la experiencia del mal fuera algo fácil de sobrellevar.

Cuando aprendí a seguir al Señor, también descubrí que debo aprender a cargar la cruz. Seguir a Cristo y luchar por la santidad, implica necesariamente asumir su mismo camino de sufrimiento: “El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí. (…) y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mateo 10, 39) “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mateo 16, 24-25) (Marcos 8, 34-35) (Lucas 9, 23-24) (Lucas 14, 27) Todo esto, con la certeza de que si morimos con Él, también viviremos con Él: “Y, si hijos, también herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados” (Romanos 8, 17) No se trata de querer sufrir. Pero la vida implica una dimensión de sufrimiento. Se trata de descubrir cómo darle sentido a eso.

El Señor sabe lo difícil que es para cualquiera el hecho de sufrir. Por ello, sale a nuestro encuentro, para fortalecernos. “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Corintios 12, 9-10) “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filipenses 4, 13).

Solamente en la medida que aprendí a optar por Cristo, poco a poco me hice capaz de asumir el dolor. “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mateo 11, 28-30) No hay nada que supere la fuerza que nos da Cristo. Ante esto “¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? (…) ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hombre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?…Pero en todo esto salimos vencedores gracias a Aquél que nos amó” (Romanos 8, 31. 35-37) Somos frágiles, pero llevamos en nuestro espíritu la fuerza de la gracia de Dios. “…Este tesoro en vasos de barro para que aparezca que la extraordinaria grandeza del poder es de Dios y que no viene de nosotros. Atribulados en todo, más no aplastados; perplejos, más no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2Corintios  4, 7-12)

Vivir todo esto implica una clara lucha espiritual. Lucha contra nuestros engreimientos, gustos y disgustos, contra nuestras comodidades. Nadie quiere sufrir. Es obvio que yo no quiero sufrir. Descubro en mi interior algo que siempre querrá optar por el camino más fácil. “Descubro, pues, esta ley: en queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. Pobre de mí. ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!” (Romanos 7, 21-25) Cristo mismo sale a nuestro encuentro y nos fortalece para emprender el buen combate. Siendo así capaces de seguirlo, incluso hasta la cruz. Sin la ayuda del Señor es imposible aceptar e incorporar a nuestra vida auténticamente el sufrimiento.

Como vemos, todo esto tiene un sentido. No se trata de sufrir por sufrir. Jesús muere en la cruz para darme y darnos la victoria sobre la muerte. Si morimos con Él, también viviremos con Él. “La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la Ley ¡Pero gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!» (1 Corintios 15, 55-57) “Con Cristo estoy crucificado y, vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (2 Corintios 2, 19-20) “Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5, 16-18).

Finalmente, entiendo que sólo Jesús puede darme la fuerza que me hace capaz de asumir el sufrimiento. Además, con Cristo, el sufrimiento es un camino de realización personal. Ya no estamos solos. Cargamos nuestros sufrimientos junto con Él en la cruz. Compartimos con Él la certeza de la victoria sobre la cruz. Es algo que a lo largo del tiempo aprendí a vivir. Aprendí que es posible vivir. “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra bondad sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna” (Filipenses 4, 4-5).

1http://elnaufragodelaletheia.blogspot.pe/2013/10/el-cuerpo-como-carcel-del-alma.html

 

© 2017 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista “Vive” de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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