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“Me creo bueno”; “Soy bueno”. Cada uno lo dice a su manera, pero el punto pecaminoso es creer que no tengo problemas o pecados, o que son insignificantes; cuando deberíamos saber, en realidad, que son moralmente malos. Hay una idea de creerse “inmaculado” o “perfecto” ((1Jn 1,8-10: «Si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos: “No hemos pecado”, le hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros».)). Sólo miramos las cosas que objetivamente pueden ser buenas, pero hay muchas veces una negación o falta de apertura a las cosas que pueden ser negativas o defectos que uno tenga; se trata de una desviación del sentimiento legítimo que nos inclina a estimar lo que hay de bueno en nosotros ((A.Tanquerey, Compendio de Teología Ascética y Mística, Pelícano, Madrid, 2000, p. 442.)). “Es la perversión del amor de sí (filautía)” ((F.R. Rebaque, Terapia de las enfermedades espirituales, San Pablo, Madrid, 2008, p. 141.)).

[pullquote]Podemos y debemos estimar los bienes que Dios nos ha concedido. No está mal que reconozcamos y aceptemos esos dones; se trata de una recta autoestima y es parte de una visión sana de nosotros mismos. Sin embargo, no podemos quedarnos en una visión parcializada de la realidad personal. La aproximación correcta a esta realidad espiritual es una mirada humilde, andar en verdad. Una de las variables de alguien maduro es una mirada integral de sí mismo: ver lo bueno y lo malo que se pueda tener. Es imposible que una persona sólo tenga cosas buenas. Todos tenemos cosas que cambiar, que abandonar, que reconciliar.[/pullquote]

Además de una mirada distorsionada de sí mismo, “la soberbia se expresa en un doble campo: en las relaciones del ser humano con sus semejantes y en las relaciones con Dios” ((Allí mismo, p. 141.)). Uno puede objetivamente tener dones y riquezas mejores que los demás, así como cosas peores. El soberbio se afirma egoístamente: las diferencias y las desigualdades son resaltadas hasta tal punto que el prójimo se transforma en un rival. Pero eso no nos hace más o menos que los demás. Todos tenemos la misma dignidad. Somos, como decía, creaturas e hijos. En eso todos somos iguales. El creerse superior, rebajando al prójimo, llegando incluso a despreciarlo, juzgándolo desfavorablemente, son expresiones de esa soberbia en relación con los demás ((Lc 18,11: «El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Oh, Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano”».)). La mirada madura nos hace ponernos a la altura de los demás. Todos somos hermanos. Unos tienen cosas mejores que otros. Unos tienen más dificultades que otros. Así somos. Negar esas diferencias es fruto de una mirada obtusa, fruto de una visión personal distorsionada y negativa del otro ((1Cor 12, 12-31: «Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo».)).

Debemos mirarnos como creaturas e hijos de Dios, imagen y semejanza de Dios ((Gen 1, 26: «Dijo Dios: “Hagamos el hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza”».)); hijos en el Hijo. No nos debemos a nosotros mismos el estar vivos, y, menos aún, el ser hijos de Dios ((Rom 8, 14-17: «En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. (…) recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios».)). No lo tenemos por nuestras fuerzas. Debemos reconocer nuestro origen divino. Que somos fruto del amor de Dios. No nos debemos a nosotros mismos. Toda nuestra vida está en las manos de Dios. Él es quien nos sostiene en esta vida. Vivimos gracias a Él. Esto nos debería llevar a pensar que lo bueno que tenemos proviene del amor y bondad divina ((Cor 15,10:«Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo».)). Si no lo vivimos así, entonces negamos o rechazamos a Dios, confiando presuntuosamente en las propias fuerzas y rechazando la ayuda divina, que es realmente fuente de todas las virtudes, considerándonos autónomos para la propia realización ((1Cor 4,7: «Pues quién es el que te distingue? ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?»)).

Obviamente cada un coopera en mayor o menor medida para fortificar los dones que nos ha dado Dios. Pero, si tengo riquezas, son regalos inmerecidos de Dios. «Ciertamente, podemos y debemos estimar los bienes que Dios nos ha concedido, confesando que él es el primer principio y el último fin; es éste un sentimiento que cede en honra de Dios, y que nos mueve a respetarnos a nosotros mismos» ((A. Tanquerey. Ob. Cit. P. 442)). Si tenemos esa conciencia del origen divino de nuestros dones no hay motivo para ufanarse y creerse la causa o el dueño de esa bondad personal. Somos quienes somos gracias a Dios. Considerarse primer principio de sí mismo puede, a veces, ser algo explícito (así piensan los ateos, pues rechazan a Dios) mientras que otros, en la práctica, viven como si Dios no lo fuera. Es comportarse como si los dones naturales o sobrenaturales no se atribuyesen a Dios, sino a nosotros mismos. «Apenas puede haber alguno que tan desordenadamente se ame a sí propio de un modo explícito, que llegue a considerarse como primer principio de sí mismo. Ése es el pecado de los ateos que voluntariamente rechazan a Dios, porque no quieren tener dueño a quien servir. (…) Un número mucho mayor caen implícitamente en ese mismo pecado comportándose como si los dones naturales y sobrenaturales que el Señor les dio, fueran enteramente suyos. Cierto que en teoría confiesan ser Dios nuestro primer principio; mas en la práctica se estiman tan desmesuradamente, como si ellos mismos se hubieran dado las dotes que poseen» ((Allí mismo)).

lava-pes-540x372Otro asunto que me parece importante tener en cuenta es que, aunque podamos ser “mejores” y tengamos más dones que los demás, el Señor mismo nos dice que debemos considerar el prójimo como superior nosotros mismos ((Fil 2,3: «Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo».)). Sí, es necesario ser humildes, poniéndonos generosamente al servicio de los demás. Eso nos enseña Jesús en el lavatorio de los pies de los apóstoles ((Jn 13,4-5: «se levanta de la mesa, se quita el manto, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.».)).

Podemos ser objetivamente mejores que los demás, pero eso nos debe mover a servir más. A entregarnos más. A ayudar más. A quien más se le dio, más se le pedirá. A mayor cantidad y calidad de dones, mayor capacidad para amar. «El mayor don que Dios nos ha concedido, la capacidad de amar, es decir, establecer relaciones armoniosas con Dios, con nosotros mismos, con el prójimo y con la realidad que nos rodea, se puede pervertir y alejarse de su finalidad natural, focalizándose en el propio yo, con lo que no sólo se empobrece la persona humana, sino que se destruye toda posibilidad de una auténtica relación» ((F.R. Rebaque, Ob. Cit., p. 144.)). Nuestrosdones no deben ser motivo de vanidad, sino que están para servir a los demás. No se trata de mirarse a uno mismo ufanándose de las cosas más o menos buenas que se tenga. Lo que tenemos es para el servicio de los demás. ¿De qué sirve mirarse vanidosamente y encerrado sobre sí mismo? ¿Para qué sirven los dones, si no se ponen al servicio de los demás? ((Fil 2 4-8: «buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz».)).

En conclusión se trata de entender rectamente quien se es, con humildad, andando en verdad. Verdad con el prójimo que tiene la misma dignidad. Y reconocer que los dones y talentos personales, así como la vida que tenemos, vienen de Dios y están para dar gloria a Dios. ((Sal 86 (85), 11-13: «Enséñame tus caminos, oh Yahveh, para que yo camine en tu verdad, comunica a mi corazón el temor de tu nombre. Gracias te doy de todo corazón, Señor Dios mío, daré gloria a tu nombre para siempre, pues grande es tu amor para conmigo, tú has librado mi alma del fondo del seol».)).

© 2014 – Pablo Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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