Hace apenas unos meses, cuando la posibilidad de una renuncia al ministerio petrino permanecía en el plano de las más aventuradas hipótesis, el ahora Papa Emérito Benedicto XVI desarrolló un tema crucial para la Iglesia hoy. Se trata quizás del mayor reto para la Iglesia y para el cristiano concreto, y el mayor desafío para el nuevo Pontífice de la Iglesia Católica: «¿Cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? ¿Cómo comunicar el Evangelio para abrir caminos a su verdad salvadora?» ((S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 28/11/2012.)).

Más que un interrogante, las palabras de Benedicto XVI conforman un desafío, dada la situación de escepticismo que prima en la cultura, llamada con cierta ironía “posmoderna”. De acuerdo a esta denominación, la modernidad habría desilusionado a la persona actual, haciéndola renuente a las creencias trascendentales y a los principios firmes. Los grandes adelantos científicos y tecnológicos modernos, centrados en el bienestar material, en poco habrían menguado los sufrimientos, las injusticias y las desigualdades sociales de las grandes mayorías. Sin embargo, aunque el progreso sea observado bajo el prisma escéptico, uno de sus principios ­–el relativismo– se aferra tercamente al canon de la cultura de hoy. Aquel relativismo conduce a la pregunta: “¿Por qué necesito a Dios?”.

Al cristiano se le presenta el reto de responder a esta interrogante, que en el fondo expresa un anhelo: la nostalgia de infinito manifestada en el hambre de Dios. En el lado opuesto está la desesperanza y el vacío de horizontes. Quizá, en un sentido extremo, se trata de un nihilismo que es, como lo ha definido un autor, «una praxis (…) del suicidio, aunque sea un suicidio blando (…) el suicidio del deprimido» ((Mons. Francisco Javier Martínez, Más allá de la razón secular, en Revista Humanitas, n. 41.)).

[pullquote]Como cristianos comprometidos con el anuncio de la verdad del Señor Jesús descubrimos la imperiosa necesidad de entender qué ocurre en nuestro entorno, particularmente las tendencias ideológicas que debilitan la capacidad de la persona para acudir a Dios. El secularismo, el relativismo y el escepticismo son característicos de una cultura –o anti-cultura– que ha endurecido la capacidad humana de asombro ante el mal y el pecado. Esta anti-cultura se desplaza con una prontitud casi instantánea, acelerada por la globalización. Asimismo corresponde al cristiano revisar su conciencia, “mirando hacia adentro”, para evaluar con cuanta frecuencia se ha ausentado del anuncio de la verdad, de la proclama de la Buena Nueva del Señor Jesús, o cuan constante ha sido su incoherencia con el Evangelio.[/pullquote]

El cristiano es portador de la gran noticia salvífica. En una parábola el Señor Jesús manifiesta lo absurdo que resulta sepultar un talento (Mt 25, 14-30). En otra aprueba a aquel que enterado de la existencia de un tesoro, se apresura a adquirir el campo donde está enterrado (Mt 13, 44-52). ¿Cuál es la “Buena Noticia”, el tesoro que porta el cristiano? Benedicto XVI lo manifestó claramente: «¡Jesús de Nazaret!» . En Él hallamos «el rostro de Dios que ha bajado de su Cielo, para sumergirse en el mundo de los hombres y enseñarnos el “arte de vivir”, el camino de la felicidad, para liberarnos del pecado y hacernos plenamente Hijos de Dios».

La transmisión del “rostro de Dios” presentando a su Hijo, el Señor Jesús, es la tarea primordial del cristiano. La “evangelización” se refiere a la enseñanza (paradosis) de la fe, orientada hacia la santidad de aquel que se deja apelar por la Buena Nueva, procurando desplegar el Evangelio en todos los órdenes de la vida. De poco serviría la Buena Noticia de Jesucristo si no se encarna en la vida cotidiana.

Los cristianos necesitamos evangelizar, inyectando el Evangelio en las venas del ser humano y de la sociedad actual. Más aun cuando se abren para la Iglesia nuevos signos de esperanza: mientras en Asia crecen las conversiones, el África Sub Sahariana se transforma en un continente de predominancia cristiana.

Contrasta que sea precisamente en aquellas regiones donde con mayor violencia se persigue a los cristianos, buscando impedir la práctica de su fe. En vastos territorios africanos la Iglesia católica debe confrontar las acciones terroristas de islámicos radicales. De modo similar, regímenes de Asia y el Medio Oriente aplican la más férrea intolerancia a la libertad de culto. Tampoco pasa desapercibida la “cristofobia” exhibida por líderes de opinión en Occidente.

El periodista John Allen señala que «el 80 por ciento de todos los actos de discriminación religiosa en el mundo se dirigen contra los cristianos, mientras que el Centro para el Estudio del Cristianismo Global (…) afirma que 100.000 cristianos han sido asesinados por la fe cada año durante la última década» ((Looking for a new Pope, Newsweek, 17/2/2013.)).

En la mencionada catequesis de noviembre pasado, Benedicto XVI explicaba los alcances de la “paradosis” sobre Dios, que debemos hacer relevante para la cultura: «Hablar de Dios significa, ante todo, tener claro lo que debemos transmitir a los hombres y mujeres de nuestra época: Dios ha hablado con nosotros (…) no un Dios abstracto, una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y está presente en la historia; el Dios de Jesucristo (…) Al hablar de Dios, en la obra de la evangelización (…) necesitamos recuperar la simplicidad, regresar a lo esencial del anuncio: la Buena Nueva del Dios concreto, que se interesa por nosotros, del Dios-amor que se acerca a nosotros en Jesucristo, hasta la Cruz y que en la Resurrección nos da esperanza y nos abre una vida que no tiene fin, la vida eterna» ((S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 28/11/2012.)).

[pullquote]Una de las dimensiones esenciales de la evangelización es su capacidad para transformar las culturas. Ella debe alcanzar al mayor número de personas, pero también impactar y convertir los criterios de juicio, los valores, el pensamiento y los modelos de vida que están en contraste con la Palabra de Dios y su Plan salvífico. El despliegue cultural no puede darse en la “autarquía” de Dios. Vivir como si Dios no existiese sería negarle a la persona la posibilidad de alcanzar la comprensión de su ser, alcanzando a responder a las preguntas fundamentales sobre su existencia. Asimismo sería una injusticia considerar la evangelización como una “intromisión” en las culturas.[/pullquote]

Surge entonces la necesidad de evangelizar que, como aclaraba Benedicto XVI, se trata del anuncio del Evangelio y no de «una especie de colonialismo eclesial con que queremos meter a otros en nuestro grupo. Es salir de los límites de las culturas individuales a la universalidad que nos comunica a todos, nos une a todos, nos hace a todos hermanos» ((Meditación de Benedicto XVI en el Sínodo sobre la Palabra de Dios, 6/10/2008.)).

La visión de Benedicto XVI corresponde a la grave responsabilidad de cooperar con el Plan salvífico, transformando el corazón de la persona, sembrando un gran futuro de esperanza mediante la Buena Nueva de la salvación-reconciliación. La convocatoria es a edificar la civilización del amor.

© 2013 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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