Reflexiones surgidas luego del terremoto en Ecuador.

Cuando decidí hablarle a un grupo de familias sobre este tema, inmediatamente vino a mi memoria la encíclica sobre el valor salvífico del dolor de San Juan Pablo II. Allí el Papa Santo nos dice que una de las tentaciones frente al sufrimiento es la dispersión, que se acentúe el individualismo y la disgregación de la sociedad. Sin embargo, y lo hemos visto aquí en Ecuador, la desgracia también es una ocasión para vivir la comunión y la solidaridad. Una catástrofe de esta magnitud genera en la sociedad la sensación de un sufrimiento particularmente denso. El ambiente está pesado. El sufrimiento es una prueba a la que es sometida una persona o una sociedad entera. La Palabra de Dios nos da claves interesantes desde las paradojas: muerte–vida, perder–ganar, cruz–resurrección, debilidad–fuerza. San Pablo lo expresa así: “Muy gustosamente seguiré gloriándome en las debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo”.

Sólo se entiende el sufrimiento y especialmente el injusto, desde el sufrimiento de Cristo, que nos permite participar del misterio pascual de la cruz y de la resurrección. La debilidad máxima de Cristo en la cruz se convierte en elevación. Todas las debilidades humanas puedes ser penetradas por la misma fuerza de Dios que han tenido una especial manifestación en la cruz de Cristo. El sufrimiento nos abre a los demás porque nos vemos necesitados, porque no somos islas y requerimos del apoyo de los otros. Y es allí en la comunión y la solidaridad donde nos hacemos fuertes.

El Papa Francisco en su exhortación La Alegría del Amor relaciona a la familia con la necesidad de vivir la unidad y la fortaleza en medio del sufrimiento. En medio de una catástrofe el valor de la familia cobra una fuerza particularísima. Se cumple ahora con evidencia clara que la familia es el hospital más cercano donde podemos curarnos, contenernos y estimularnos. Esto se convierte en el camino a vivir de la espiritualidad familiar. El consuelo de la palabra, de la mirada, de la ayuda, de la caricia y del abrazo en la familia es vital y reconfortante en medio del sufrimiento. Dice el Papa que nuestros seres queridos merecen toda nuestra atención. Jesús mismo miraba con amor y siempre les preguntaba a las personas ¿Qué quieres que haga por ti? (Mc 10,51). Así se debe vivir la vida cotidiana de la familia donde brote la ternura y el otro se sienta amado especialmente en sus defectos y limitaciones. La familia está llamada a vivir la hospitalidad frente a tantos que se han quedado sin techo, a dar comida a los pobres y necesitados.

Ante una tragedia como un terremoto o cualquier otro fenómeno natural es bueno tener algunas ideas de cómo acompañar a nuestros seres queridos o a cualquier persona que lo necesite.

En el caso de los niños ellos pueden estar sintiéndose impotentes ante la tragedia y hay que ayudarlos a que expresen sus emociones. Ellos cargan tristeza e inseguridad junto con dolor y miedo. Hay que ser sinceros con ellos porque necesitan entender lo que está sucediendo alrededor de ellos para sentirse seguros. A su vez es necesario ayudarles a compartir sus sentimientos, a expresar sus miedos y dejarlos preguntar todo aquello que les genere dudas. Dejarlos vivir sus emociones. Aquí se aplica la “triple N” frente a los sentimientos que pueden tener los niños: son necesarios, normales y naturales. Hay que escucharlos, validarlos y ayudarlos a que los superen. Y por último estar atentos a los cambios de comportamiento que puedan tener porque ellos son más susceptibles que los adultos a ser impactados por lo sucedido. Ellos necesitan procesar su experiencia, sus emociones; validemos lo que sienten, escuchemos, abracemos y acojamos en medio de una compañía tierna y cercana.

En el caso de los adultos algunos pueden estar especialmente afligidos. En el caso de un terremoto fuerte las réplicas siguen generando pánico y miedo. Hay que limitar el acceso a las noticias porque eso puede incrementar el estrés. Es recomendable tratar de seguir viviendo la vida ocupándose en aquello que tiene que hacer: trabajar, cocinar, estudiar o cualquier otra cosa. Detenerse y paralizarse aumenta la ansiedad. En una situación como esta las conductas saludables son muy necesarias como la alimentación, los ejercicios y el descanso. El bienestar físico favorece el bienestar emocional. En medio de un desastre parece que sólo nos concentramos en lo negativo. Hay que hacer el esfuerzo por mirar las cosas en perspectiva enfocándose en lo positivo, en las capacidades para afrontar la adversidad y mantenerse productivo. Por último, la virtud de la esperanza es muy necesaria, mantener la fortaleza en medio de las dificultades y resurgiendo para vencer como dirá la psicología (resiliencia).

[pullquote]No nos culpemos por las emociones que podamos estar sintiendo. Más bien tengamos una mirada comprensiva sobre ellas. No sintamos culpa ni vergüenza por si estamos nerviosos o si actuamos de tal o cual manera en medio de la crisis. Tratemos de aprender de la situación y saquemos provecho de la experiencia. Apoyémonos con otros, hagamos equipos de trabajo para la solidaridad, es el momento de estrechar lazos de amistad. Aceptemos lo que hemos vivido y caminemos hacia delante con esperanza.[/pullquote]

Una persona, un grupo, una sociedad, un país entero puede resurgir si se une viviendo la comunión y la solidaridad. Es el momento del amor y de la misericordia. Si esto brota del corazón humano la esperanza será la fortaleza más grande para construir el futuro.

© 2016 – José Alfredo Cabrera Guerra para el Centro de Estudios Católicos – CEC

José Alfredo Cabrera Guerra

José Alfredo nació en junio de 1967 en Lima (Perú). Es licenciado en Psicología en la Universidad Católica del Norte en Colombia como también Licenciado en Filosofía y Ciencias Religiosas de la Universidad Católica de Oriente también en Colombia.
Es Coordinador de Formación y Coaching de la Escuela de Negocios Humane en Guayaquil (Ecuador). Realiza psicoterapia en el PIAC (Psicoterapia Integral y Análisis Conductual). Es Director Regional en Ecuador del Centro de Estudios Católicos CEC.

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