San Agustín nos cuenta que cuando se acercó por primera vez a las Escrituras las despreció. Las empezó a leer y se decepcionó. No encontró en ellas riqueza de formas, belleza en la expresión o modos gramaticales que hablasen de un pueblo cultivado. Esa fue su impresión. Los modernos estudiosos de la Biblia no parecen estar tan de acuerdo con esa primera impresión de San Agustín. Pero después de su conversión nos cuenta el santo africano que encontró que las Escrituras estaban llenas del Espíritu y eso lo cautivó. Los comentarios que tiene a la Sagrada Escritura son buenísimos, existenciales, profundos y actuales para el hoy. San Agustín vivió en el siglo V de nuestra era.

La Palabra de Dios es una persona. Es viva y eficaz. Es el Hijo de Dios que se acerca a mí y quiere dialogar conmigo. Cada vez que leo las Escrituras lo hago porque Él, el Verbo Eterno, me ha invitado a conversar con Él. En relación al misterio de Dios siempre la iniciativa será suya. Entonces, toda vez que en mi vida he tomado o tomo su Palabra para escucharla (con ganas y sin ganas, concentrado o distraído, con hambre de escucharlo o saciado) es porque Cristo me ha invitado. Y porque quiere comunicarme su Palabra de Vida de mil y un maneras que sólo el amor sabe. Hay una película de una chica que pierde la memoria diariamente. Y quien se enamora de ella hace mil y un graciosísimos inventos y modos para hacerle ver que la ama. Hasta que se casa con ella. Apliquemos esa historia al Señor: de mil y un maneras se ha acercado a nuestra vida para darse a conocer.

Cuando conozco a alguien no siempre tengo la misma intensidad, pues nuestra psicología nos lleva a tener muchos sentimientos, emociones o estados en el día y a lo largo del tiempo. Igual sucede en nuestro encuentro con la Palabra viva: un día estaremos lúcidos y atentos, otro distraídos y cansados, otro día se nos hará un interrogante en la cabeza y no entenderemos nada, en otra oportunidad quedará grabada en nuestra mente y corazón hasta querer compartir ese don con otras personas. De modo que cuando escuchamos la Palabra debemos procurar estar atentos, pero sabiendo que somos humanos y que no siempre será del mismo modo. Y que la Palabra, al ser persona, también se acerca a nosotros de muchos modos. Como vemos en las Escrituras: un día Jesús lloró, otro estuvo feliz, en otro momento se impacientó, se enojó con los fariseos. Jesús es una persona y como tal se acerca a nosotros en la Biblia, como tal leámosla.

Las palabras de vida que aparecen en las Sagradas Escrituras tienen una belleza que es preciso aprender a descubrir. Son palabras humanas inspiradas por Dios. En razón de ser humanas se acercan a nosotros y nos muestran todo el amor humano posible. En razón de ser divinas nos ayudan a hacernos “otro Dios”, pues empezamos a pensar, sentir y obrar como Él nos muestra.

[pullquote]Hay un punto más que es muy hermoso. Cuando leo la Palabra, la Palabra me lee. Mi relación con Dios cuando me acerco a las Escrituras no es la misma que se puede tener ante un bello poema, una redacción genial, o un texto profundo. Esos textos no tienen vida. Los compuso alguien con vida, pero hoy en día son sólo textos. La Palabra de Dios, insisto, es viva y eficaz. Cuando yo la leo no soy un ser aislado en mi conciencia leyendo algo sin saber si el otro me escucha o no. Todo lo contrario, cuando leo soy leído por la Palabra. Cuando escucho la Palabra proclamada por el sacerdote en la Misa, cuando leo en mi casa, cuando rezo leyendo la Palabra de Dios: Ella me está leyendo y escuchando. Nada de lo mío le pasa desapercibido, y menos que me he acercado a Ella para oírla. Y sabe perfectamente que a veces puedo estar distraído, o enojado, o deseoso de escucharla y dejar que me vivifique. Cuando me acerco a la Palabra, utilizando la imagen que el Papa Francisco dijo a los jóvenes en Río de Janeiro, yo me llevo algo de Ella y Ella se lleva algo de mí.[/pullquote]

Esa es la Palabra que voy a escuchar especialmente en estos días de Semana Santa. Apliquemos el oído y el corazón para recibirlo y para dejar que nos reciba.

© 2016 – Rafael Ismodes Cascón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Rafael Ismodes Cascón

Rafael nació en Lima (Perú), en el año 1965. Es licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Ha sido profesor de en las universidades San Pablo de Arequipa (Perú), Juan Pablo II (Costa Rica) y Gabriela Mistral (Chile).

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