Es para mí un gran desafío poner en palabras todas las experiencias que me ha suscitado la lectura de las poesías de César Vallejo. No lo conocía sino por las referencias escolares comunes, y jamás imaginé los horizontes humanos a los que podía llegar con una lectura más atenta y completa del poeta.

1. Introducción

Es para mí un gran desafío poner en palabras todas las experiencias que me ha suscitado la lectura de las poesías de César Vallejo. No lo conocía sino por las referencias escolares comunes, y jamás imaginé los horizontes humanos a los que podía llegar con una lectura más atenta y completa del poeta. Es gracias a un amigo que empecé a interesarme por entender un poco más el universo literario del poeta santiaguino, al discutir sobre la necesidad de ver sin miedo los problemas más importantes de la existencia, y Vallejo es alguien que lo hace planteando las preguntas difíciles que preferiríamos olvidar. Me vino inevitablemente a la memoria el párrafo del “viejo burócrata” del que habla A. de Saint Exùpery, que opta por la seguridad burguesa sin inquietarse con los graves problemas y sin hacerse más las preguntas graves que exigen una disposición de búsqueda sincera y perseverante ((«Viejo burócrata, mi camarada aquí presente, nadie te ha permitido evadirte y de ello no eres responsable. Has construido tu paz a fuerza de bloquear con cemento, como lo hacen las termitas, todas las salidas hacia la luz. Has rodado como una bola en tu seguridad burguesa; en tus rutinas, en los ritos asfixiantes de tu vida provinciana, has alzado esa humilde muralla contra los vientos y las mareas y las estrellas. No quieres inquietarte con los graves problemas, bastante trabajo has tenido con olvidar tu condición de hombre. No eres el habitante de un planeta errante, no planteas preguntas sin respu­estas, eres un pequeño burgués de Toulouse. Nadie te ha sacudido por los hombros cuando aún era tiempo. Ahora la arcilla con la cual estás hecho se ha secado y endurecido y nada en ti podría, en adelante, despertar al músico dormido, o al poeta, o al astrónomo que quizá te habitaban al principio». Antoine De Saint–Exupery, Tierra de hombres, Troquel, Buenos Aires 1977, pp. 19–20.)). También es muy sugerente sobre esta actitud, ciertamente tan humana, un comentario de J. Ratzinger sobre el libro de Job ((«Nos blindamos frente a los hechos más graves y desconcertantes y los excluimos de la conciencia para no abatirnos. Pero una fe que admite sólo la mitad –o menos aún– de los hechos es en el fondo una forma de rechazo de la fe o al menos una forma muy profunda de pusilanimidad, que tiene miedo de que la fe no pueda afrontar la realidad. Por el contrario, creer verdaderamente significa mirar de frente a toda la realidad, con corazón valeroso y abierto, aun cuando esto vaya contra la imagen que por algún motivo nos hemos hecho de la fe». Joseph Ratzinger, ¿Estamos Salvados?, O Job Habla con Dios, en Ser Cristiano, Descleé de Brouwer, 2007, p. 20.)).

Empecé, pues, a leer sus versos impulsado por una creciente curiosidad y por la necesidad de respuestas frescas y sólidas en un mar de propagandas falaces, modas caricaturescas y discursos baratos cada vez más repetidos en nuestro entorno. Me detuve especialmente en los poemas más conocidos y alguno que otro que me gustó particularmente. De “Los Heraldos Negros” y “Poemas Humanos” me gustaron varios poemas; más que los de “Trilce” –que confieso no entendí mucho–. Me llamó la atención la profundidad con que el poeta comprende la realidad desde temas tan complejos para mí como la muerte, la angustia, la soledad, la esperanza, Dios, el hambre y anhelo de grandeza, de vida plena; en fin, temas metafísicos y universalmente humanos.

2. Breve nota biográfica

video-imagen-csarvallejoPara los que no conozcan la vida de César Vallejo, acá van unos datos muy breves sobre su vida. La intención es ubicarnos un poco en el tiempo y el espacio de César Abraham Vallejo Mendoza.

Nació en Santiago de Chuco, provincia serrana de La Libertad, el 6 de mayo de 1892. Undécimo y último hijo de la familia. Quiso estudiar medicina, pero las dificultades económicas no se lo permitieron.

Ingresó, luego de sus estudios escolares, a la Universidad de Trujillo, pero tuvo que dejarla a los pocos meses por falta de dinero. Luego, apoyado económicamente por un hermano mayor, viajó a Lima e ingresó a la Universidad de San Marcos con la intención de estudiar Ciencias Naturales o Medicina. Sin embargo, el apoyo no duró mucho tiempo y tuvo que dejar nuevamente la universidad y regresar a Trujillo.

Ingresó a trabajar a la hacienda Roma, en el norte del Perú, como ayudante de cajero. Luego de un año juntó dinero suficiente para pagar la universidad en Trujillo (1913-1917). En este período tuvo contacto intenso con el “Grupo Norte” o la “Bohemia Trujillana”. Este grupo de intelectuales, periodistas, políticos y artistas lo “adoptó” ((Algunos integrantes de este grupo son Antenor Orrego, Víctor Raúl Haya de la Torre, Alcides Spelucín, Macedonio de la Torre, Juan Espejo, entre otros.)).

1918 fue un año clave en la vida del vate. Mueren su madre y María Rosa Sandoval, quien fuera uno de sus primeros amores. Dolido por esta situación decide viajar a Lima, donde no le va del todo bien. Es criticado por algunos círculos literarios de la capital. Estas experiencias dolorosas se cristalizan en el espíritu de Vallejo y abren paso a su primer poemario: Los Heraldos Negros. Regresa a Trujillo dolido por las críticas de Clemente Palma –director de la revista “Variedades” de Lima– a sus poemas.

Hacia 1920 es apresado al acusársele de participar en unos disturbios fruto de disputas políticas. No logra comprobar su inocencia y pasa en la cárcel liberteña 112 días. Al salir de la cárcel, decide cambiar de aires y viaja a Lima, donde llevó una vida bohemia. Frecuentaba al grupo “Colónida” liderado por Abraham Valdelomar. Allí conoció a Manuel Gonzáles Prada. En este tiempo en que está en Lima, publica su segundo poemario, Trilce, fruto de su afán de libertad expresiva y sus reflexiones durante su encarcelamiento. Trilce es duramente criticado en la capital, aunque siempre contó con el apoyo de sus amigos del “Grupo Norte”. Es entonces que decide irse del Perú. Opta por viajar a París, la Citeaux Lumiére, punto de encuentro de la bohemia mundial y centro de efervescencia cultural.

En 1923 cruza el Atlántico; una vez en París lo acompañó, como siempre, la pobreza. En 1924 recibe la noticia de la muerte de su padre, lo cual le duele hondamente por no estar ahí. Mejora su situación económica hacia 1925, gracias a una beca del gobierno español y a sus colaboraciones periodísticas para un periódico parisino y las revistas limeñas Mundial y Variedades.

En 1927 empieza su interés por el marxismo y lo estudia. En 1928 viaja a Rusia por primera vez, agobiado por una profunda crisis en su búsqueda personal ((Luis Monguió, César Vallejo, vida y obra, Perú Nuevo, 1952, p. 63.)). Además, la crisis económica mundial de 1929 redujo sus ya escasos recursos materiales. Regresa a Francia, conoce a Georgette, su futura esposa. Realiza un segundo viaje a Rusia y otros países europeos tratando de entender los movimientos sociales y culturales de entonces. Esto lo empujó a una literatura de compromiso político y de tinte revolucionario, como Paco Yunque, aunque nada de esto significó su pertenencia oficial al partido comunista.

Al regresar a Francia, se encuentra con un gobierno de centro-derecha, que lo expulsa del país. Viaja a Madrid con Georgette, a inicios de 1931, donde se establecen un tiempo. En la capital española se hizo conocido por su colaboración con algunos periódicos de izquierda.

Vuelve a Francia, gracias a unas gestiones de una amiga de Georgette ante el gobierno francés en 1932. La “Madre España” lo vuelve a llamar durante la Guerra Civil. Viajó a España en 1937, representando al Perú, en el Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Fue un año lleno de experiencias intensas que aumentaron su hambre de poesía y agudizaron su crisis espiritual y su ya alicaída salud.

Este es el contexto de España, aparta de mí este cáliz y de muchos de los Poemas Póstumos. Regresa a París, donde cae enfermo al poco tiempo. Es internado en un hospital parisino el 13 de marzo de 1938, sin que se sepa a ciencia cierta la causa de su enfermedad. Muere el 14 de abril de 1938, “sin aspaviento alguno, dignamente, con la misma dignidad con que había vivido” ((Larrea, Memoria, p. 121.)).

Hubo un período en que Vallejo decidió no publicar sus poesías, a pesar de la insistencia de sus amigos. Quizá esto nos permita entender el porqué: decía Vallejo en Contra el secreto profesional: «Hay un timbre humano, un latido vital y sincero, al cual debe propender el artista, a través de no importa qué disciplinas, teorías o procesos creadores. Dese esa emoción seca, natural, pura, es decir, prepotente y eterna y no importan los menesteres de estilo, manera, procedimiento, etc.». Así, Vallejo da algunas ideas sobre su concepción lo que es hacer poesía que vale la pena profundizar.

3. ¿Cómo entiende Vallejo la misión del poeta?

3.1.Poesía metafísica

vallejo_0Muchos comentaristas y estudiosos de la vida y obra de Vallejo mencionan que la poesía vallejiana trasciende el tiempo y el espacio. No es una poesía circunstancial, sino que tiene la intencionalidad de conocer la esencia de las cosas. En este sentido, que es el sentido aristotélico y clásico de metafísica, se considera la obra de Vallejo. Sus temas e inquietudes sobrepasan lo empírico y son también objeto de reflexión filosófica: la muerte, el tiempo, el destino del hombre, Dios, el sentido de la vida ((Juan Pablo II, en su encíclica Fides et Ratio comenta: «¿Qué es el hombre y de qué sirve? ¿Qué tiene de bueno y qué de malo? (Si 18,8)… Estos interrogantes están en el corazón de cada hombre, como lo demuestra muy bien el genio poético de todos los tiempos y de todos los pueblos, el cual, como profecía de la humanidad propone continuamente la “pregunta seria” que hace al hombre verdaderamente tal. Esos interrogantes expresan la urgencia de encontrar un por qué a la existencia, a cada uno de sus instantes, a las etapas importantes y decisivas, así como a sus momentos más comunes». FR, nota 28, p. 51.)). Me refiero acá a su poesía, ya que sus otros textos como cronista, periodista o cuentero son más bien intencionales y dañados por intereses políticos e ideológicos ((Ver Luis Fernando Figari, Vallejo, Testigo Dramático de Nuestro Tiempo, en Revista VE no. 1, p. 72: «Lo existencial, el salto permanente al abismo, en el que vive, no aflora en sus escritos llanos; permanece subyacente, casi siempre reprimido por la propia opción ideológica que como salida a su enfermedad y melancolía parece haber asumido hacia finales de 1928…». Ver también Enrique Chirinos Soto, César Vallejo, poeta cristiano y metafísico, Librería Editorial J. Mejía Baca, Lima 1969.)).

Sobre esto, Baudelaire decía que «el arte es lo que los hombres desearían realizar y no pueden; es un sollozo y una oración: todo lo contrario de un juego sin sentido». Para César Vallejo la poesía no era una mera diversión estética o un trabajo para ganarse la vida. Su esfuerzo está más allá de eso. Lo mueve una profunda inquietud por conocer y desentrañar el misterio del ser de las cosas ((Américo Ferrari dice que «Vallejo vuelve a plantear, al fin de su obra, la cuestión mayor de su poesía, la que aparecía en el umbral de Los Heraldos Negros: comprender». Esta perspectiva humana y sincera por conocer tiene unas raíces muy profundas en la Metafísica de Aristóteles, donde el filósofo griego relaciona este afán por saber con la misma naturaleza humana. Comprender es, en el caso del poeta santiaguino, como una necesidad que se va tornando cada vez más obsesiva y humanizante.)). Asimismo quiere comunicar sus triunfos y fracasos en este ideal a las demás personas, a toda la humanidad.

Sobre esto, Luis F. Figari opina que «es ese Vallejo-poeta el testigo del drama profundo de los hombres de estas tierras, de los hombres todos» ((Luis Fernando Figari, Ob. Cit.)). En otras palabras, es una inquietud por las inquietudes últimas de las personas concretas, o sea un intento intuitivo de describir una temática metafísica. En esta aproximación universal al drama de todos los hombres es donde radica su grandeza artística que trasciende otros intereses parciales o secundarios.

Las diferencias entre la filosofía y la metafísica las describe Menéndez Pelayo al afirmar que el artista se distingue del hombre común, porque ve, como entre sombras y figuras, lo que un filósofo alcanza por procesos discursivos, es decir, la médula de las cosas, y lo más esencial y recóndito de ellas. En mi opinión, esto es muy preciso y se aclara al leer y sintonizar con el pathos vallejiano.

A. Ferrari dice que «Vallejo vuelve a plantear, al fin de su obra, la cuestión mayor de su poesía, la que aparecía en el umbral de Los Heraldos Negros: comprender». Comprender es como una necesidad angustiante que se va tornando obsesiva. Esa lucha por palpar la realidad y las respuestas que percibe es lo que impulsa al poeta a expresarse.

3.2. Tensión entre expresión e intuición

En este esfuerzo por conocer, por aprehender la realidad, el poeta siente vivamente su limitación. La esencia de la realidad se le escapa de entre las manos; se le cuela entre los conceptos y figuras. Las realidades concretas son, en el fondo, irremplazables por conceptos y figuras. Algo se intuye y se conoce, pero siempre queda la incógnita, las tinieblas.

El pensamiento y el lenguaje son incapaces de llegar directamente a lo más esencial de las cosas. Un pensamiento es una vivencia a medias asesinada, y una palabra es un pensamiento a medias asesinado. Entre la realidad trascendente y el lenguaje existen dos mediaciones que reducen o mutilan la riqueza de las cosas. Esta es la impotencia dolorosa que sufre Vallejo y que lo tienta a simplemente callar y contemplar.

Esto no es escepticismo. El hecho de afirmar que hay algo que no llegamos a conocer, es ya conocer algo de lo incognoscible. Es como el “sólo sé que nada sé” socrático.

Aire, aire! Hielo!
Si al menos el calor (……Mejor no digo nada)
Y hasta la misma pluma
con que escribo por último se me troncha.

T. XXXII

No puedo concebirlo; es aplastante.
Vosotros mismos a quienes inicio en la noción
De estas cuatro conciencias simultáneas,
Enredadas en una sola, apenas os tenéis
De pie ante mi cuadrúpedo intensivo.

PP, Cuatro conciencias.

En los versos de Vallejo percibimos la angustia del poeta por conocer la complejidad de las cosas. La realidad se da para él de golpe, toda junta, como una unidad enmarañada de relaciones y vivencias. Pide por ello a sus lectores que lo escuchen “en bloque” ((Panteón, PP.)). El vate percibe las contradicciones que se dan en la realidad y las deja coexistir en toda su desgarradora oposición. Esto es abrumador para la persona. A Vallejo no le interesa matizar, ni suavizar las cosas. Las dice tal como las percibe. De ahí los símbolos oscuros, las interrupciones del pensamiento, las repeticiones.

Quiero escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.

Quiero escribir, pero me siento puma;
Quiero laurearme, pero me encebollo.
No hay tos hablada que no llegue a bruma,
No hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo

PP, Intensidad y altura.

Para poder expresarse, tiene que luchar contra el lenguaje que abstrae, generaliza y termina por ocultar todo el drama y la complejidad de lo real. Es así que el poeta –y el artista en general–, se vale de su intuición para desentrañar el sentido de las cosas. Su intuición se vuelve un vehículo poderosísimo que lo lleva por caminos recónditos y preciosos, y que le permiten conocer. Sin embargo, la expresión oral no se adecúa totalmente a las intuiciones del vate. Ahora, más allá de esta dificultad, sí se puede conocer la realidad, aunque no en todo su misterio. Vallejo tiene una conciencia crítica y realista del conocimiento humano: no hay pirámide escrita sin cogollo. Todo verso tiene una intuición fundamental, que constituye el cogollo; lo más rico, lo esencial de toda la pirámide de palabras.

Todos saben que vivo,
que mastico… Y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.

Y no saben que el Misterio sintetiza…
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia.

HN, Espergesia.

El misterio permanece siempre lejano, pero se puede ver. En su lejanía nos denuncia que siempre que nos acercamos, se aleja. El Misterio es nuestro alimento, de donde bebemos el agua que nos sostiene en este humano peregrinar. Acepta con total honestidad su limitación en esto. Sabe que hay un punto que su inteligencia no alcanza del todo y es entonces cuando surge el clamor que reconoce la angustiosa impotencia humana: el “yo no sé” de los Heraldos Negros.

3.3. Sinceridad consigo mismo.

El esfuerzo del poeta por conocer la realidad pasa por la necesidad de verse a sí mismo. Sin la conciencia viva, y a veces dolorosa, de su propia realidad, difícilmente podrá conocer la realidad trascendente. Experimenta lo real como una invitación y un desafío que lo impele a lanzarse a buscar respuestas que calmen el ardor que le causa su vacío existencial. Todo su ser le pide adentrarse en su interioridad y en el ser de las cosas para comunicar su mensaje: «Usted sabe… que soy harto avaro de mis cosas inéditas… Aun cuando se me ha solicitado poemas continuamente, mi voto de conciencia estética ha sido hasta ahora impertérrito: no publicar nada, mientras ello no obedezca a una entrañable necesidad mía, tan entrañable como extraliteraria», le escribía Vallejo a Luis Alberto Sánchez en 1927 ((«Apreciamos mejor la distancia que separa al prosista –sincero y algo descarrilado hasta 1928, luego aplicado a servir la causa que le parece entonces contener la mayor carga de humanidad de la historia–, del poeta superior a cuanto escriba sobre poetas, y cuyo instinto le prohíbe malgastar la poesía o hacer oficio de ella, aunque sea con las más justas intenciones, prefiriendo acallarla a prostituirla como pronto se dedicaría a prostituirla Neruda», dice André Coyné. (p. 184-186) Y Luis F. Figari (art. cit.) dice sobre esta crudeza vallejiana: «El poeta santiaguino es un cantor ­­–a veces críptico, otras sencillamente ineludible, misterioso, apelante, casi siempre seco de toda retórica como si hablara como se le viene la palabra».)).

«Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!»

Vallejo asume sin prejuicios su dolor y su limitación. No teme reconocer cuánto ha padecido, o cuánto le falta por hacer. Su insistencia en usar la primera persona singular es fruto de un afán testimonial, de alguien que vive lo que dice. Se repiten en sus versos el sentir, tener ganas, con la misma intención de honestidad.

Y otras pasan; y viéndome tan triste,
toman un poquito de ti
en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no
tengo ganas de vivir, corazón!

HN, Heces.

Perdóname, Señor: qué poco he muerto!
…y me da ganas de gritar a todos

HN, Ágape.

Hasta cuándo estaremos esperando lo que
no se nos debe…
Ya nos hemos sentado mucho a la mesa,
con la amargura de un niño que a media noche, llora de hambre,
desvelado…

HN, La cena miserable.

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan.

HN, Los dados eternos.

Siento a Dios que camina
tan en mí, con la tarde y con el mar.
Con él nos vamos juntos. Anochece.
Con él anochecemos. Orfandad.

HN, Dios.

Yo no sufro este dolor como César Vallejo.
Yo no me duelo ahora como artista, como hombre
ni como simple ser vivo siquiera.
Yo no sufro este dolor como católico,
como mahometano ni como ateo.
Hoy sufro solamente.

PP, Voy a hablar de la esperanza.

Otro aspecto de esta sinceridad es la incoherencia de imágenes con que nos bombardea Vallejo. Vallejo deja coexistir sensaciones, visiones, intuiciones contradictorias, sin llegar a integrarlas en un todo lógico y armónico. Es que la existencia no se nos presenta como un todo organizado. El poeta no se propone explicar los aspectos contradictorios de la existencia, ni le interesa integrarlos o disimularlos en estructuras poéticas de apariencia clara y lógica. Su labor es exponer las cosas tal como las ve, aunque a veces no tengan sentido claro.

3.4. Necesidad del compromiso y la acción.

Ah!, desgraciadamente hombres humanos,
hay, hermanos, muchísimo que hacer.

PP, Los nueve monstruos.

El poeta no vive en un mundo lejano de la realidad. Más bien, siente vivamente en su carne el dolor de las personas que lo rodean. Ello lo mueve a comprometerse, desde su percepción de las cosas, a buscar un cambio, a aliviar la miseria de la gente, a luchar contra el mal. Ante el crecimiento de la desdicha, Vallejo reacciona lanzando un grito de angustia que es, al mismo tiempo, un grito de esperanza.

Más allá de la escritura poética, hay una actitud vital, una cosmovisión, un estilo de vida, que practica el poeta. No basta la expresión literaria. Esta debe tener un sustrato en la vida misma del poeta.

4. Temas obsesivos

El tema obsesivo de Vallejo, es el hombre. Le angustia conocer al hombre particular, concreto, pero en lo más esencial de su ser; en su unidad y en su unicidad, porque allí reside su grandeza. Por supuesto que no hablamos acá de un concepto de hombre. En la obra más madura de Vallejo no hay definiciones sobre la existencia, hay hombres que existen, no hay muerte, sino hombres que mueren.

Esta inquietud por el hombre se va haciendo concreta en diversos temas, aunque la intuición ontológica fundamental es la de una ausencia esencial que afecta el corazón humano. La existencia limitada se manifiesta en el plano de la experiencia como una herida, un anhelo, un dolor.

4.1. El dolor y la muerte.

“Hay en los poemas de Vallejo una especie de conciencia culpable por el dolor, por todo el dolor”, dice L.F. Figari ((Art. Cit. p. 74.)). Los nueve monstruos es por antonomasia el canto del dolor. Vallejo no busca dar una definición de la naturaleza del dolor, así como en otras poesías. Ser y sufrir, prácticamente se identifican y se intensifican en la conciencia que tiene la persona. El dolor es siempre dolor dos veces: en el ser y en la conciencia de ser, tumor de conciencia.

Invierte el sufrimiento posiciones, da función
en que el humor acuoso es vertical
al pavimento,
el ojo es visto y esta oreja oída.

El dolor nos agarra, hermanos hombres,
por detrás, de perfil,
nos aloca en los cinemas,
nos clava en los gramófonos…

El dolor es, para Vallejo, una vía de conocimiento, una apertura a la existencia particular, al ser. El dolor es una manifestación de mi conciencia y el poeta lo busca, aunque duela, para sentirse vivo.

Me hago doler yo mismo, extraigo tristemente,
Por la noche, mis uñas;
Luego no tengo nada y hablo solo,
Reviso mis semestres
Y, para henchir mi vértebra, me toco.

PP, Esto.

Voy a hablar de la esperanza, Ágape, Campanas muertas, Piedra negra sobre una piedra blanca… así como muchos símbolos regados en sus versos, nos hablan de la muerte: vacío, el cadáver, los huecos, la tumba, la fosa, la cuchara, la boca, el zapato. El momento más grave de mi vida no ha llegado todavía ((PP, El momento más grave de la vida.)), dirá en referencia a la muerte. Se puede también leer en T, XXX:

Lavaza de máxima ablución.
Calderas viajeras
que se chocan y salpican de fresca sombra
unánime, el color, la fracción, la dura vida,
la dura vida eterna.
No temamos. La muerte es así.

En Vallejo se habla de la muerte en dos sentidos: muerte-proceso (substancia que devora al ser desde dentro) y muerte-suceso (límite, Linde…).

4.2. La existencia y la vida.

Para Vallejo, la muerte y el dolor no son sino una cara de la existencia. Mientras haya algo que nos duela, quiere decir que estamos vivos. El dolor, el vacío que experimenta el hombre, lo empuja a buscar algo que lo llene. No es pues, una muerte definitiva o inerte. La vida y la muerte vienen juntas, “en bloque”. En cuanto la muerte es nombrada, nos ofrece la imagen de la vida, y viceversa.

Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café.

PP, Hoy me gusta la vida mucho menos.

Parte de su “vida” es el sentir tristeza, sentir piedad por los demás. La simpatía, la compasión son actitudes fundamentales de quien dice estar vivo.

Y el hombre… Pobre…pobre!

HN, Los heraldos negros.

Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse de días.

Comprendiendo sin esfuerzo,
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar…

Considerando también
que el hombre es, en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…

Comprendiendo
que él sabe que le quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…

La angustia es otro síntoma de estar vivo. Además de esto, el hombre, para Vallejo, tiene otros sentimientos básicos que pertenecen a lo más íntimo de lo humano: la orfandad, el hambre y la deuda.

La orfandad: HN, Bajo los álamos; Dios; T, XVIII; XXVIII; España, España, aparta de mí este cáliz. La madre aparece siempre ausente en la obra vallejiana. Este sentimiento de orfandad, soledad, abandono, es como un sentimiento metafísico fundamental. El tema de la madre, ser irreemplazable y siempre ausente, es el símbolo del amor, la protección y va vinculada al alimento.

El hambre: HN, La cena miserable, El pan nuestro. T, XXXIX, XXIII. Este tema, arraigado en la sensación directa y elemental del hambre fisiológica, representa en otro plano el sentimiento de vacío de insatisfacción espiritual por la existencia.

La deuda: T XXIII; HN, Ágape, El pan nuestro. Es una queja de amargura porque el hombre debe pagar el alquiler del mundo. Esta deuda es incomprensible para el hombre, porque él no pidió nada en préstamo. Es algo que nos ha sido dado, un don gratuito que se convierte en una deuda. No es necesario que se le pida el pago; al contrario, nadie le pide nada al poeta, quien, no obstante, se siente, en el alma, como un deudor. Esto lo enajena. Esta deuda se torna en solidaridad con el mísero, con el deudor. Vivir se torna así en un entrar en el reino de la culpa a partir de una existencia intuida como deuda. El hombre espera en vano algo que no se le debe.

Todo lo vivido
se empoza como charco de culpa en la mirada.

HN, Los heraldos negros.

A. Ferrari resalta: «El hombre, pues, tal como aparece en la poesía de Vallejo, se caracteriza ante todo por la falta o la carencia que el límite define: falta de protección y falta de hogar, falta de pan, falta de conocimiento, falta de madre, falta de los demás, falta de ser; indigencia y carencia son su signo. Esta es su miseria y esta es su grandeza. En la falta, en el vacío se enciende la esperanza del poeta». Es en la miseria donde la persona se puede dar cuenta de su auténtico valor, de su vida espiritual.

4.3. Dios y la fe cristiana.

César Vallejo creció en un ambiente eminentemente religioso. Su niñez está llena de símbolos de fe y de la piedad popular que se vivía en Santiago de Chuco. Su conocimiento de algunos temas bíblicos se manifiesta también en sus poesías ((Un análisis muy sugerente sobre este tema en el artículo de Luis Fernando Figari, pp. 76-80.)).

Cito un pasaje escrito en 1929 consignado por André Coyné: «El 18 de junio de 1929 realizado su primer viaje a Moscú, en vísperas de producirse el segundo, en plena efervescencia marxista, Vallejo escribirá a su hermano Víctor, calculando sin duda que su misiva llegaría a Santiago durante los festejos del santo: “Le ruego mandar decir una misa al Apóstol a mi nombre. Una vez que sea dicha, le suplico me lo indique, diciéndome el día y la hora en que ella se ha realizado. Le he pedido al Apóstol me saque bien de un asunto.”» ((En César Vallejo, SEA 1989, p. 190)).

Castellani, pensador y literato argentino está convencido de que la ausencia de preocupaciones religiosas en un poeta suele ser señal de mediocridad intelectual. Y es que el poeta es un buscador de respuestas primordiales, que sólo se pueden responder en el plano de la religión: quién soy; de dónde vengo; a dónde voy; por qué existe la muerte y el mal; cuál es el sentido de mi vida…

HN, Dios; Ascuas; Impía; El pan nuestro; Ágape; Espergesia; Los dados eternos; La cena miserable.

T, XXIV; LXXV (con una fuente en Ap, 3,1)

España, aparta de mí este cáliz, tiene raíces bíblicas y religiosas muy importantes en Lc 22,41.

Coyné nos trae una frase muy importante, pronunciada en el lecho de muerte: «Cualquiera que sea la causa que tenga que defender ante Dios, más allá de la muerte, tengo un defensor: Dios». Esta frase manifiesta el contenido subterráneo de sus poemas más humanos, sin alterar las implicaciones inmediatas de sus luchas políticas o intelectuales.

En cuanto a la concepción de Dios, es importante decir que se trata de un Dios sensible, que sufre por el hombre; que es bueno y triste; cálido y generoso. Pero al mismo tiempo es impotente ante la creatura. No puede hacer nada, ni siquiera impedir la muerte. Vallejo se plantea la pregunta por Dios al buscar el más allá de la muerte y el sentido de la vida. Aunque no da una respuesta de fe afirmativa, la perspectiva religiosa está siempre presente a lo largo de su poesía.

5. Conclusión

César Vallejo es una persona atormentada y sincera, que sufre su propia hambre de plenitud, lo lleva a cuestas como un fardo negativo y doloroso. Así lo ve, así lo siente en lo íntimo de su ser, y no le voltea la cara. Decide asumir su condición de buscador de un sentido. Al asumirse a sí mismo, no ve sino preguntas que reclaman una respuesta, vacíos que exigen ser llenados; una pregunta angustiante que clama por una respuesta consistente y veraz que le parece esquiva. En este sentido, Vallejo es un poeta que nos da un golpe desde su fondo humano y conduce a los lectores a volverse sobre sí mismos con valentía en búsqueda de una respuesta auténtica; un fundamento inamovible y absoluto que dé sentido a todo.

© 2014 – Alejandro Gutiérrez Osorio para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alejandro Gutiérrez Osorio

Alejandro es Bachiller en teología por la FTPCL (Lima, Perú). Diplomado en Habilidades Gerenciales (TEC de Monterrey), diplomado en Leadership Programme (Ontario Principal´s Council), diplomado Internacional de Liderazgo (Universidad Católica San Pablo). Profesor de Filosofía, director del Colegio Sagrado Corazón Montemayor (Medellín, Colombia) por 3 años.

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