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El pasado 15 de febrero se llevó a cabo el diálogo “Concilio Vaticano II: Recepción y Perspectivas” organizado por el Centro de Estudios Católicos CEC en Bogotá (Colombia) en el Centro Pastoral Nuestra Señora de Chiquinquirá. La conferencia, a cargo de Mijailo Bokan, tuvo como objetivo presentar algunos aspectos del que puede considerarse como el hecho más decisivo de la historia de la Iglesia durante el siglo XX.

Este año conmemoramos los 50 años de la inauguración del Concilio Vaticano II que fue convocado por Juan XXIII y que, al igual que los concilios precedentes, reunió a todos los obispos de la Iglesia para reconocer la verdad en materia de doctrina y de práctica y para proclamarla al mundo entero.

De acuerdo con Mijailo, la primera intención del Concilio fue que la Iglesia volviera a centrar la mirada en Cristo, buscando defender y revalorizar la fe y lograr que la doctrina alcanzara a las familias y a la vida social, reconociendo los cambios en la sociedad y los nuevos horizontes que dichos cambios han abierto para el apostolado de la Iglesia en nuestros días.

Atendiendo a dichos cambios, el Papa Juan XXIII llamó la atención sobre la necesidad de un aggiornamento, es decir, teniendo como base que nada de lo humano le es ajeno a la Iglesia –porque Cristo se ha hecho hombre–, el Papa planteó la necesidad de apertura al diálogo con el mundo de hoy, renovando las formas y los elementos que fuera necesario.

El Concilio se desarrolló en 4 etapas, comenzando el 11 de octubre de 1962 y terminando el 8 de diciembre de 1965; contó con la presencia de 2450 padres conciliares. Además, durante la Asamblea Conciliar se produjeron 16 documentos sobre i) la identidad de la Iglesia, ii) la situación del mundo moderno y iii) la situación actual de la Iglesia. De dichos textos 4 son constituciones dogmáticas –Sacrosanctum Concilium, Lumen Gentium, Dei Verbum y Gaudium et Spes–, que sintetizan la doctrina de la Iglesia a lo largo de su historia. También, se cuentan 9 decretos y 3 declaraciones.

Durante la conferencia se resaltó que el tema central del Concilio es Cristo, hecho que quedó plasmado a través del cristocentrismo de todos los documentos conciliares, teniendo en cuenta que «en realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado […] [porque] Cristo, el nuevo Adán, […] manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades […] aquí expuestas encuentran en Cristo su fuente y su Corona» ((Gaudium et Spes, 22)). De esta manera, en el Vaticano II se propone mirar al hombre sin temor, desde la medicina de la caridad, sabiendo que la respuesta central es Cristo y que, por Él, la Iglesia es experta en humanidad.

Así también, argumentó Mijailo, se reconoció a la Iglesia como luz de los pueblos, dado que Cristo es luz para la humanidad. Se presentó a la Iglesia como instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, que busca renovarse en su misión salvífica y responder al llamado universal a la santidad como un solo cuerpo. De esta manera, se proclamó a todos los cristianos como fieles que participamos de la misión de la Iglesia.

[pullquote]Por otro lado, se planteó durante el Diálogo que la Iglesia es solidaria con el género humano y con su historia, teniendo en cuenta que quiere salvar al hombre en su totalidad. Así, durante el Concilio, buscando responder a la necesidad de que la Iglesia fortaleciera el diálogo con el mundo –ante los formidables cambios que lo sacuden y ante la profunda ruptura entre fe y vida–, se abordaron 5 problemas que siguen demandando urgente solución: i) la familia, ii) la cultura, iii) la vida económica, iv) la vida social y v) la vida política.[/pullquote]

A5-mijailo-durante-la-charlatendiendo, también, a la necesidad de un mayor diálogo con el mundo y de un aggiornamento en las formas, durante el Concilio se llevó a cabo una revisión de la liturgia de todos los sacramentos, considerando que ésta tiene una parte inmutable –por institución divina– y otras partes sujetas a cambios. El tema central de dicha revisión fue reconocer el lugar primordial que debe tener la Palabra de Dios y recordar que el Misterio Pascual es el corazón de la liturgia, dado que es en la misma donde Cristo actúa como sacerdote; por cuanto, también, ella es la cumbre a la cual tiende toda la actividad de la Iglesia y la fuente de donde emana toda su fuerza.

Considerando el lugar primordial que debe tener la palabra de Dios, continuó el expositor, se resaltó durante el Concilio la necesidad de una mayor promoción y de lograr un mayor conocimiento e interiorización de las Sagradas Escrituras con la ayuda del Espíritu Santo. Con esta motivación, se nos recuerda el gran don de la revelación de Dios en Cristo, conservada por la Tradición e interpretada por el Magisterio de la Iglesia, iluminado por el Espíritu Santo.

El conferencista destacó otro de los temas centrales del Concilio, el laicado, definido por el Bautismo y convocado, por tanto, a participar del oficio sacerdotal, profético y real del mismo Cristo; templos vivos del Espíritu Santo, llamados a santificarse en medio del mundo y a ser parte activa de la misión de la Iglesia.

Finalmente, durante la charla se revisó cómo ha sido la recepción del Concilio, dado que se esperaba un gran nuevo Pentecostés. Sin embargo, el Papa se pregunta por qué la Iglesia no ha podido tomarse el mundo de nuevo, aunque reconoce que los tiempos posconciliares siempre han sido caóticos. Por otro lado, afirmó Mijailo, se deben tener en cuenta algunos elementos históricos que influyeron en la difícil recepción del Vaticano II, como la gran crisis cultural de Occidente, –evidenciada en la ruptura de 1968–, y la caída del muro de Berlín, ocasiones en las que no se produjo un retorno a la fe sino una ruptura secularista y una relativización de la verdad.

A pesar de estos hechos, Mijailo destacó que debemos aprender la humildad de la Cruz y valorar los frutos del Concilio que se pueden palpar en las Jornadas Mundiales de la Juventud, en la proliferación de movimientos eclesiales y en otros frutos del soplo del Espíritu Santo.

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El Centro de Estudios Católicos CEC nace en 1969 en Lima (Perú), como una iniciativa de un grupo de jóvenes universitarios.

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