Soy una chica de Venezuela y tengo 20 años. Todo empezó cuando tenía 12, al entrar en la etapa de bachillerato o secundaria. Conocí a un chico un año mayor que yo que estuvo fastidiándome por ser su novia y, en vista de su persistencia, accedí a que fuéramos novios, sí, con tan sólo 12 años. Al principio fue muy lindo, como toda relación de niños: muchos regalos, chocolates, detalles, etc. Obviamente mis padres no sabían nada, porque estaba segura de que me lo prohibirían, y no quería que me dijeran qué hacer. Ése fue mi gran error, porque a esa edad necesitamos que nos guíen, y justamente son ellos quienes buscan siempre nuestro bien. Pero en ese entonces no quise escuchar los consejos de mis padres, así que continué con la relación.

Muchas veces, cuando somos adolescentes, creemos que nuestros padres son anticuados, que nos dicen las cosas por molestarnos… Sin embargo, debemos saber que, para ellos, nosotros sus hijos somos lo más importante de sus vidas y que lo único que hacen al no permitirnos ciertas cosas es buscar protegernos, porque han vivido más que nosotros y conocen mejor el mundo.

Ya teniendo 2 años de novios, todo fue cambiando: él se tornó un poco posesivo, era muy celoso y controlador, al punto de que no podía tener amigos y sólo podía estar con él. Al tiempo me propuso que experimentásemos con ir más allá de los besitos, a lo que me negué rotundamente. Pero él insistía e insistía, y empezaba a pasársele la mano cuando nos dábamos algunos besos, cosa que no me gustaba y ocasionaba discusiones.

Nuestra relación llegó a un punto en que estaba horrible. Sólo había discusiones, celos, peleas, y hasta maltratos físicos y verbales. Realmente estaba cada vez peor. Se había perdido por completo el respeto. Yo creía que ese tipo de peleas eran parte de las relaciones, pero no sabía nada sobre tener novio, porque no tenía la madurez suficiente. Cada vez que me golpeaba, me pedía perdón, me decía que era la última vez y me daba algún obsequio para remediarlo. Y como yo lo “amaba”, le creía, pero era simplemente un ciclo que se repetía cada 3 días. Aún me seguía insistiendo con aquello de llevar nuestra relación más allá de los besos y las caricias, pero esta vez con la excusa de que ésa sería la solución a todos nuestros problemas, que después de eso todo estaría muchísimo mejor, y yo comencé a dudar. Tanto empeoró todo y tanta fue su insistencia, que accedí a tener relaciones sexuales con él, con la finalidad de que todo mejorara.Pensé que, si le entregaba lo más preciado que yo tenía, él llegaría a quererme de verdad y a cuidarme.

Pero para mi sorpresa no mejoró nada. Todo fue aún peor y sobre todo peor para mí.

Yo había creado un lazo muy fuerte con él por esa entrega que le había realizado, lo cual me impedía dejarlo. No veía con claridad todo el daño que me estaba haciendo y que yo permitía al seguir con él. Era como tener una venda en los ojos. Cada experiencia era peor, me sentía sucia, usada, me sentía lo peor que podía existir sólo por complacerlo, para evitar un maltrato o pensar que de esa manera me amaría, o algo así.

Mis padres aún no sabían nada de esta situación. Mi mamá notaba mis morados en el cuerpo y le decía que me había golpeado sin querer, evadiendo cualquier pregunta.

Era una situación que se me escapaba muchísimo de las manos. También existía el chantaje de su parte, lo cual me hacía continuar con él por miedo a que mis padres se enteraran del hueco sin fondo en el que había caído. Para hacerlo aún peor, me enteré de que me engañaba con otra chica hacía un tiempo. Cuando al fin había encontrado la excusa perfecta para dejarlo, no fue así. Cuando le reclamé, todo fue aún peor: llegaron las amenazas, incluso de muerte. Estaba aterrada, no sabía a quién acudir, sentía que todo se perdía en mi vida, hasta el punto de querer desaparecer. Me sumí en la depresión, ya no quería vivir. Seguí adelante tratando de enfrentar todo, lo cual era inútil.

En mi colegio los psicólogos y profesores se dieron cuenta de la situación que vivía y, preocupados, llamaron a mis papás sin que yo supiera. Fue lo mejor que pudieron hacer. Les tuve que contar todo. Indignados, decepcionados, preocupados, acudimos a las autoridades para colocar un orden de alejamiento y fue la única manera de que me dejara tranquila.

Para mí fue un proceso horrible. Me deprimí muchísimo, sólo lloraba todas las noches. Mis padres habían perdido la confianza en mí. Todo era un caos. Nuevamente los deseos de atentar contra mi vida volvieron, pero, gracias a Dios, no pasaron a mayores.

Poco a poco traté de irme recuperando. Mis amigos me apoyaron y mis padres también. Fue saliendo de esa depresión, al año, que una amiga me invitó a un retiro, a vivir un encuentro con Dios. Y, efectivamente, fue la experiencia que tanto necesité para cerrar ese amargo capítulo de mi vida que dejaba aún secuelas en la misma. Cuando entendí que tenía una segunda oportunidad, fue el momento en que sólo sentí paz conmigo misma, de que podía empezar desde cero a cultivar en mí esos sentimientos de pureza y castidad. Fue algo inexplicable: sentí cómo la nube negra con la que cargaba se iba de mí.

Al cabo de un tiempo me decidí por vivir la castidad, y en ese período de preparación y entrenamiento fue que conocí a La Opción V, lo cual fue aún más gratificante porque pude reafirmar esta decisión de vida que tanto quería, y gracias a la ayuda de Dios he podido permanecer firme en ella. Comprendí que soy muy valiosa, que anhelo ser amada y amar de verdad, y que la única manera de lograrlo es alejarme de todo lo que me hace daño, para así conseguir tener un corazón puro, y la mejor forma de hacerlo es siguiendo el camino de la castidad. Soy una fiel seguidora de La Opción V, pues me ha ayudado muchísimo en este caminar a contracorriente.

Fuente: La Opción V

opcion v

OPCIÓN V

Somos una comunidad que cree que el Verdadero amor existe, y que es posible alcanzarlo mediante el ejercicio decidido de la Virtud de la castidad. Sabemos que no es fácil: es para Valientes, es para aquellos que tienen el Valor de oponerse a la presión social, a la presión de amigos y de familiares incluso.

Para nosotros la Virginidad no es una enfermedad ni una vergüenza, sino algo Verdaderamente precioso, un regalo que se entrega en el matrimonio religioso. Creemos en la segunda Virginidad, posible por el perdón de Dios.

Sabemos que no es fácil, pero que es posible. Nos comprometemos a luchar, y si en la lucha caemos, nos comprometemos a pedir perdón, a ponernos de pie nuevamente y a seguir luchando.

Confiamos en el triunfo definitivo del amor, que dura siempre. Estamos convencidos de que la Victoria es posible si nos educamos en la castidad. Nos comprometemos, finalmente, a ayudarnos entre nosotros para poder ayudar a otros, a acudir a Dios siempre para buscar en Él el perdón siempre que sea necesario, y las fuerzas para poder vivir la castidad día a día.

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