«Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3-11). Devolver al hombre y a la Iglesia de nuestro tiempo la riqueza de hacerse pobre a semejanza de Jesucristo parece ser una de las prioridades del pontificado de nuestro querido Papa Francisco. Es como si en su patrimonio interior, sostenido por el Espíritu y en continuidad con sus predecesores, tuviese la serena certeza de que una “Iglesia en salida” es necesariamente una Iglesia que pone en el centro a los más frágiles y vulnerables de la sociedad para seguir las huellas de Jesucristo. «Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Evangelii Gaudium, 198). Muchos, sin duda, quisieran ideologizar o minimizar las consecuencias de esta opción preferencial por los pobres, por lo que creemos que una clave fundamental para aproximarnos correctamente a lo que el Santo Padre insiste tanto es situarnos desde una mirada profundamente evangélica que compromete a todos a la conversión. Ricos y pobres, en el sentido material, necesitan de un espíritu pobre que se abra generosamente al “Tú” divino y a los “tús” humanos, sobre todo los más pequeños, para construir el Reino, dejándose alcanzar por el Reconciliador.

Introducción

«Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3-11). Devolver al hombre y a la Iglesia de nuestro tiempo la riqueza de hacerse pobre a semejanza de Jesucristo parece ser una de las prioridades del pontificado de nuestro querido Papa Francisco. Es como si en su patrimonio interior, sostenido por el Espíritu y en continuidad con sus predecesores, tuviese la serena certeza de que una “Iglesia en salida” es necesariamente una Iglesia que pone en el centro a los más frágiles y vulnerables de la sociedad para seguir las huellas de Jesucristo. «Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Evangelii Gaudium, 198).

Muchos, sin duda, quisieran ideologizar o minimizar las consecuencias de esta opción preferencial por los pobres, por lo que creemos que una clave fundamental para aproximarnos correctamente a lo que el Santo Padre insiste tanto es situarnos desde una mirada profundamente evangélica que compromete a todos a la conversión. Ricos y pobres, en el sentido material, necesitan de un espíritu pobre que se abra generosamente al “Tú” divino y a los “tús” humanos, sobre todo los más pequeños, para construir el Reino, dejándose alcanzar por el Reconciliador.

Benedicto XVI, en el discurso inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida, el 13 de mayo del 2007, decía: «La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás. En este sentido, la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8,9)».

«Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Macho y hembra los creó» (Gn 1,27) y por medio de «Él (Jesucristo) quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo» (Col 1,19-20). La Palabra de Dios nos invita a tomar conciencia de que todos tenemos la misma dignidad, porque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y reconciliados por Jesucristo, quien «habla por el que no puede hablar y defiende la causa de los desvalidos; habla para juzgar con justicia y defiende la causa del humilde y del pobre» (Prov 31,8-9). Pero de esta dignidad necesariamente se derivan también nuestras responsabilidades, porque si «gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10,8). Es por tanto obligación para el que más tiene, desde su pobreza (distinta a la material) que clama por más generosidad, humildad, sencillez, fidelidad, magnanimidad, etc.; el comprometerse hasta las últimas consecuencias con el pobre, su hermano y amigo, para alcanzar la verdadera riqueza: ¡Cristo se hizo pobre hasta el extremo para hacernos ricos! Creemos que ahí está la semilla de la Palabra para los líderes –políticos, empresarios, administradores, financistas, profesionales en general–, para que abriéndose auténticamente a ella, con la ayuda de la gracia, logren transformar la realidad para Cristo.

No olvidemos entonces, en nuestro apostolado, que «el rico y el pobre tienen igual dignidad porque a los dos los hizo el Señor» (Laudato Si’, 94). Raniero Cantalamessa, fraile capuchino y predicador de la casa pontificia, hace una diferenciación entre cuatro tipos de pobreza que ilustran lo que queremos comunicar:

  1. La pobreza material negativa, que deshumaniza y debe ser combatida,
  2. La pobreza material positiva, que como paradigma evangélico dignifica,
  3. La pobreza espiritual negativa, que es la usencia de bienes humanos y espirituales, y
  4. La pobreza espiritual positiva, hecha humildad y confianza en Dios ((Raniero Cantalamessa, Pobreza, Edicep, Valencia 2000, pág. 10)). Vemos por tanto que todos somos creaturas predilectas del Padre bueno, estamos heridos por el pecado y hemos sido reconciliados en Jesucristo; en fin, todos somos pobres en algún sentido, buscando la verdadera riqueza (pobreza material y espiritual positiva). ¡ésa es nuestra mayor esperanza!

Por ello queremos ayudar al rico –en bienes materiales, en inteligencia, en dones espirituales– a descubrir cómo muchas veces su riqueza, cuando es deseada sólo para sí mismo, se convierte en su gran dificultad, en su tentación, en lo que le impide amar. Pensamos que evidenciándole su hambre –que no es de pan sino de Dios– podría lograr establecer una recta jerarquía en la búsqueda y el uso de los bienes que posee, dejándose alcanzar así por la verdadera libertad que da la pobreza, que Jesucristo ha transformado con su vida, haciéndola buena para la reconciliación del hombre.

En otra ocasión el Papa Francisco señalaba: «Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (EG, 208).

Algunos desafíos del mundo actual

Cuando nos situamos frente a aquellos que poseen bienes materiales, y algunos de ellos en abundancia, nos surge el deseo de asistirles en su búsqueda de cuál es su rol y responsabilidad para el bien del mundo y de todos los hombres, según el designio divino. Nos preguntamos entonces: ¿Esos bienes son dones que Dios les ha dado simplemente para su beneficio personal y el de “los suyos”? ¿A qué se refiere San Juan Pablo II, y reitera el Papa Francisco, cuando habla de la hipoteca social que estos bienes tienen en la vida de los hombres y de los pueblos? En un mundo en el que se han globalizado el individualismo, el relativismo, la indiferencia, ¿cómo hacer consciente al rico de su responsabilidad para el bien de todos?

Con la intención de responder a estas cuestiones trataremos de profundizar en algunos principios esenciales que la Iglesia ha enseñado evangélicamente desde siempre, y que el Papa Francisco custodia en la carta encíclica Laudato si’: el destino universal de los bienes, el bien común y la propiedad privada. Para esto pensamos que es importante dejar como marco de referencia algunos signos de la realidad actual que el Papa Francisco delinea en su encíclica.

El paradigma tecno-económico

El Santo Padre intenta describir con el paradigma tecno-económico un modo lejano al Evangelio de comprender la realidad que se ha difundido actualmente. «Podemos decir entonces que, en el origen de muchas dificultades del mundo actual, está ante todo la tendencia, no siempre consciente, a constituir la metodología y los objetivos de la tecnociencia en un paradigma de comprensión que condiciona la vida de las personas y el funcionamiento de la sociedad» (LS 107).

Su preocupación frente a esta férrea lógica, como él la llama, está basada en que ella ha logrado que sea contracultural elegir un estilo de vida que prescinda por lo menos en parte de la técnica, y ha marcado como meta más alta de su uso, el “dominio” y el control sobre la política, la economía y otras realidades sociales y humanas (ver LS 108). Como “reflejo subjetivo” de este paradigma tecno-económico se presenta el “consumismo obsesivo”, otro de los grandes desafíos que el magisterio pontificio de las últimas décadas ha denunciado con insistencia.

Sin duda, este fenómeno cultural hodierno que el Santo Padre expone y que hemos intentado resumir es muy relevante a la hora de preguntarse sobre los caminos para acompañar al que posee bienes materiales en su camino de liberación y trascendencia.

La globalización de la indiferencia

No es difícil encontrar en una cultura individualista-relativista-hedonista como la actual a muchos hombres y mujeres en lugares de alta responsabilidad y de servicio, que se encuentran anestesiados por la indiferencia y la falta radical de compromiso para con sus hermanos humanos, a quienes deberían servir. ¿Con cuánta mayor radicalidad estarían ellos llamados a vivir lo que el Santo Padre clama para todos los hombres: «Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia» (LS 52)?

La falta de reacción ante los dramas de hermanos y hermanas, por quienes han recibido de Dios tantas bendiciones, «es un signo de la pérdida de aquel sentido de responsabilidad por nuestros semejantes sobre el cual se funda toda sociedad civil» (LS 25). Por ello es urgente despertar las conciencias y los corazones de estos hombres y mujeres, para que se conviertan en buenos administradores que multipliquen los talentos que les han sido entregados por pura benevolencia divina para el bien de todos (cf. Mt 25,14-30).

La cultura del encuentro

Frente a la globalización de la indiferencia, el Santo Padre propone la medicina de la cultura del encuentro. Expresa así la necesidad de comprender que todas las creaturas son necesarias, y en su relación, especialmente entre seres humanos, hay una gran posibilidad de descubrir respuestas y caminos. «Porque todas las criaturas están conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos a otros» (LS 42).

Sin embargo, la “configuración del encuentro” entre unos y otros, como el Santo Padre llama a la realidad actual de las relaciones entre los seres humanos, dentro de este mundo tecnológico en el que vivimos, muchas veces queda reducida al mundo digital. «Los medios actuales permiten que nos comuniquemos y que compartamos conocimientos y afectos. Sin embargo, a veces también nos impiden tomar contacto directo con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal» (LS 47).

[pullquote]Por esto creemos que quienes dirigen estos medios tienen la grave responsabilidad de incentivar a través de dichas herramientas la capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad, de amar con generosidad. La verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas, no se consigue con una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental y en un nuevo tipo de emociones artificiales (ver LS 47). En esta línea de ideas, no se puede dejar de mencionar la obligación, en un sentido proporcional, que tienen los usuarios de estos medios de denunciar y abstenerse de ser “consumidores” cuando se auspician muchos de estos modos reductivos de humanidad.[/pullquote]

Políticos, empresarios, líderes de opinión y de comunicación, todos aquellos que tienen la capacidad, por el cargo que ostentan o por el lugar en la sociedad que ocupan, de lograr grandes trasformaciones en el mundo, sin duda se ven inmersos en estos dinamismos culturales que hemos mencionado. En fin, tanto el paradigma tecno-económico con sus consecuencias, como la globalización de la indiferencia y su antípoda en la cultura del encuentro, creemos que son claves culturales para comprender el comportamiento del hombre actual, y hemos visto que en el caso del rico, del líder, estos asuntos adquieren algunas particularidades.

Quisiéramos centrarnos en este trabajo, como decíamos antes, en el intento de darle al rico un horizonte distinto en relación con las aspiraciones y los bienes materiales que posee, con la certeza, en consonancia con el Santo Padre, de que esto lograría una verdadera transformación cultural para el bien de los hombres y del mundo creado. «Estoy convencido de que a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social» (EG 205).

Tres conceptos de la doctrina social de la Iglesia desde la Laudato si’

Desde esta óptica de la realidad que el Papa Francisco ha mencionado reiteradamente en su magisterio y en concreto en la carta encíclica Laudato si’, quisiéramos aproximarnos a la comprensión evangélica de la propiedad privada, que la Iglesia desde siempre ha auspiciado con una profunda fundamentación teológica y antropológica, pero siempre enmarcándola en dos principios que ha sabido también custodiar a lo largo de su historia y ha profundizado sistemáticamente desde el inicio de las llamadas encíclicas sociales con la Rerum novarum de León XIII: el destino universal de los bienes y el bien común.

Destino universal de los bienes

«Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad» (GS 69). El Papa Francisco deja en evidencia que actualmente contamos con un gran avance en este sentido, no siempre comprendido en otras épocas. «Hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos» (LS 93).

Sin embargo, para los cristianos esto adquiere un alcance superior, debido a que «se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos. Por consiguiente, todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados» (LS 93). No se puede hablar de “casa común” si despreciamos a Dios y su deseo de universalidad y equidad para esos bienes que poseemos. Por esto San Gregorio Magno, en su Regla Pastoral, decía: «En vano se creen inocentes quienes el don común de Dios lo vindican para sí solos; quienes, cuando no dan de lo que han recibido, son cómplices de la muerte de sus prójimos, porque a tantos matan, en cierto sentido, todos los días, cuantos mueren de pobreza y ellos esconden junto a sí su socorro».

Esto nos abre a una perspectiva en la que los bienes temporales de cada individuo deben ser parte de un “entramado de relaciones” entre todos los elementos de la realidad creada, que incluya prioritariamente a la persona humana en su integralidad; es decir, que todas las decisiones y aproximaciones en materia de la propiedad o del uso de los bienes materiales tienen sus correlativas consecuencias universales. Por lo tanto, es necesario que se entienda que la persona humana toda debe estar en el primer lugar del entramado social, y que los bienes materiales no se pueden malgastar o consumir irreflexivamente en desmedro del deseo primigenio del Creador. «Necesitamos captar la variedad de las cosas en sus múltiples relaciones. Entonces, se entiende mejor la importancia y el sentido de cualquier criatura si se la contempla en el conjunto del proyecto de Dios» (LS 86). Nada de la realidad existe solo, ningún bien creado directamente por Dios o indirectamente por Él, a través de la inteligencia y la mano humanas, queda aislado, sino siempre en relación con el Bien Supremo y, desde Él, impulsado a las demás criaturas. Esto nos invita a vivir el desafío de una verdadera comunicación de los bienes temporales para el servicio de todos, especialmente de los más necesitados.

Porque «todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros» (LS 84), ingresamos en una relación afectiva, comprometida, integral, con todo lo creado, de manera especial con el ser humano, con quien en su predilección y a su imagen y semejanza, el Señor de la creación derrama su amor. Responder a este amor es la cuota del ser humano; por lo tanto, la responsabilidad por la marcha y el futuro del universo, que se alcanza en Dios, está también en manos humanas.

[pullquote]Cristo resucitado, Dios verdadero y Hombre verdadero, es el eje de la “maduración universal”, como el Papa llama a este horizonte de despliegue auténtico de toda la realidad creada. Desde Él las criaturas ya no se entienden como una realidad meramente natural, «lo que se convierte en un argumento más para rechazar todo dominio despótico e irresponsable del ser humano sobre las demás criaturas. El fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo. Porque el ser humano, dotado de inteligencia y de amor, y atraído por la plenitud de Cristo, está llamado a reconducir todas las criaturas a su Creador» (LS 83).[/pullquote]

Análogamente a esto que el Santo Padre dice de los animales y “demás criaturas”, podríamos comprender que los bienes temporales tienen en su esencia un destino común, universal, que sólo culminará cuando Dios mismo «sea todo en todos» (1 Co 15,28).

Bien común

Los bienes adquieren su auténtico sentido cuando están al servicio del bien integral de los hombres. El fundamento del destino universal de los bienes nos hace preguntarnos por su principio y su fin, por la ruta que deben seguir los mismos en la vida cotidiana de los hombres. Han sido creados por el Bien y para el bien.

El bien común es «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (CDS 164). Es «un principio que cumple un rol central y unificador en la ética social» que es inseparable de una ecología integral, como señala el Papa Francisco en Laudato si’.

Él ha querido enfocar el bien común desde la perspectiva ética de la preocupación efectiva por el más necesitado, que para el cristiano encuentra su fundamento, modelo y horizonte en Jesucristo. «En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres… Basta mirar la realidad para entender que esta opción hoy es una exigencia ética fundamental para la realización efectiva del bien común» (LS 158).

Lo que el Papa propone es priorizar el desarrollo integral –bio–psico–espiritual– del pobre, lo que posibilitaría un horizonte integral de desarrollo social a nivel planetario. En la preocupación real, en el peso de la responsabilidad que experimente el que más bienes tiene (cristiano o no cristiano) sobre el pobre, se abren un sinnúmero de posibilidades para su propio crecimiento y conversión, y para el cambio del mundo. Esto ya no puede pasar desapercibido en la Iglesia de nuestro tiempo. «Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Ésta es una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales o profesionales, e incluso eclesiales. Si bien puede decirse en general que la vocación y la misión propia de los fieles laicos es la trasformación de las distintas realidades terrenas para que toda actividad humana sea formada por el Evangelio, nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social» (EG 201).

Ésta es una hermosísima evidencia de la preocupación que el Papa Francisco, y en él el mismo Jesucristo, muestra no sólo por el pobre, sino por el rico, por todas sus ovejas. «Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana» (LS 189). Sin duda, quiere dar una perspectiva trascendente, más humana, más cristiana a sus hijos. Por ejemplo, cuando se refiere a los empresarios lo hace mostrando que su vocación es una «noble tarea, siempre que se deje interpelar por un sentido más amplio de la vida; esto le permite servir verdaderamente al bien común, con su esfuerzo por multiplicar y volver más accesibles para todos los bienes de este mundo» (EG 203).

Propiedad privada

El ayudar a los hombres de nuestro tiempo a entender que el derecho a la propiedad privada nunca puede estar desligado de lo que la Iglesia ha llamado destino universal de los bienes y bien común, creemos que es una llamada urgente para su re-educación.

El Papa Juan Pablo II explicitó clarísimamente en su encíclica Sollicitudo rei socialis los alcances que la propiedad privada tiene: «Es necesario recordar una vez más aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava «una hipoteca social», es decir, posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes. En este empeño por los pobres, no ha de olvidarse aquella forma especial de pobreza que es la privación de los derechos fundamentales de la persona, en concreto el derecho a la libertad religiosa y el derecho, también, a la iniciativa económica» (SRS 42).

San Juan Pablo II ha utilizado dos conceptos imprescindibles a la hora de aproximarse al “válido” y “necesario” derecho a la propiedad privada que quisiéramos profundizar: la “hipoteca social” y los “derechos fundamentales de la persona”, en especial el de la libertad religiosa y el de la iniciativa económica.

[pullquote]El concepto de hipoteca social, que a muchos les cuesta comprender y que a otros les genera un espíritu de rebelión, es una figura que el Papa polaco ha tomada del sistema micro y macro económico –en el que se designa una suma de dinero o un bien para «garantizar el cumplimiento de una obligación o el pago de una deuda»– con el fin de mostrar que los bienes propios deben siempre servir a la destinación general que Dios les ha dado, y por lo tanto siempre incurren para los propietarios en una deuda para con los demás hombres y la sociedad. Advierte Juan Pablo II que «nunca se puede estar de acuerdo que sea conforme con el designio de Dios usar de tal modo los bienes que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos» (Citado en LS 93).[/pullquote]

Y, por otra parte, habla el Papa de los derechos humanos, sobre todo los de libertad religiosa y de iniciativa económica. Rechazarlos sería incurrir en una pobreza gravísima para la humanidad, porque no hay duda de que esta integralidad de la que hemos hablado tiene como horizonte altísimo la libertad y la trascendencia de todos los hombres. A la hora del auspicio de la propiedad privada, sería por tanto muy grave el incurrir en reduccionismos que busquen, por un lado, eliminar la iniciativa económica de los particulares y de los estamentos intermedios, quitándoles su responsabilidad en el progreso de la sociedad; y, por el otro, impulsar al hombre a la consecución de bienes temporales como si esto fuese su fin último y no tan sólo un medio de crecimiento, disminuyendo su horizonte religioso-trascendente a un materialismo salvaje.

El Papa Francisco corrobora que «el principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una “regla de oro” del comportamiento social y el “primer principio de todo el ordenamiento ético-social”. La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada» (LS 93). Ya lo decía con claridad en el siglo II Clemente de Alejandría en su obra Stromata: «En cuanto a la posesión, son ajenas y pertenecen a nuestros sucesores; mas, en cuanto al uso, son propias de cada uno de nosotros, por quienes fueron también creadas; pero sólo por el tiempo en que nos es forzoso convivir con ellas».

Por lo tanto, reconociendo que los bienes no tienen propietarios absolutos sino usuarios, debido a que son más duraderos que las personas, quisiéramos que en la comprensión del rico sobre sí mismo y sus dones se instale la idea de que «quien se apropia de algo es sólo para administrarlo en bien de todos» (LS 95), inclusive de sus sucesores.

Es posible que quien descubra esto por primera vez piense que, si actúa en consonancia con lo expuesto, se quedará sin nada. Con el fin de salir al paso de aquel que pueda llegar a pensar así, quisiéramos recordar lo que San Juan Pablo II señalaba en el n. 28 de la Solicitudo rei socialis sobre la diferencia entre el «tener» y el «ser», afirmando lo que el Concilio Vaticano II había expresado con palabras precisas (ver GS 35): «tener» objetos y bienes no perfecciona de por sí al sujeto si no contribuye a la maduración y enriquecimiento de su «ser», es decir, a la realización de la vocación humana como tal. Por lo tanto, quien descubre que su posesión no es absoluta no tema el “quedarse sin nada”, sino más bien alégrese al iniciar a transitar un camino para encontrarse verdaderamente a sí mismo en la libertad de la verdad.

Si el poseedor de bienes se hace el sordo a estas realidades que configuran su ser y situación, generará una antinomia grave entre su identidad y los bienes que posee, acarreando males para sí mismo, para su entorno y para el mundo entero. De ahí que San Juan Pablo II, al destacar que «una de las mayores injusticias del mundo contemporáneo consiste precisamente en esto: en que son relativamente pocos los que poseen mucho, y muchos los que no poseen casi nada. Es la injusticia de la mala distribución de los bienes y servicios destinados originariamente a todos», concluyera: «Éste es pues el cuadro: están aquéllos –los pocos que poseen mucho– que no llegan verdaderamente a “ser”, porque, por una inversión de la jerarquía de los valores, se encuentran impedidos por el culto del “tener”; y están los otros –los muchos que poseen poco o nada– los cuales no consiguen realizar su vocación humana fundamental al carecer de los bienes indispensables» (SRS 28).

[pullquote]Es preciso explicitar, como lo ha hecho el magisterio pontificio, que no hay un mal intrínseco en la posesión de bienes materiales, siempre y cuando quien los posea respete su “calidad y la ordenada jerarquía” de los mismos, que deben siempre estar subordinados y disponibles al “ser” del hombre y a su verdadera vocación, para un desarrollo fecundo. Sólo partiendo del ser y del sentido de las cosas se puede proyectar un auténtico progreso, que si bien tiene una necesaria dimensión económica, no se limita a ella sino que está supeditada a un verdadero desarrollo integral de la humanidad. Así, sorprende cómo muchas veces el desarrollo de los pueblos se proyecta, planifica y evalúa bajo la luz absoluta del aumento de los estándares económicos, haciendo caso omiso a bienes más elevados como la educación, la moral o la trascendencia, elementales en la compresión del ser de la persona humana.[/pullquote]

En esta línea Juan Pablo II proponía la causa de las desviaciones y el camino que nos puede ayudar a dirigirnos hacia el desarrollo pleno: «La determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. Esta determinación se funda en la firme convicción de que lo que frena el pleno desarrollo es aquel afán de ganancia y aquella sed de poder… Tales “actitudes y estructuras de pecado” solamente se vencen –con la ayuda de la gracia divina– mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien del prójimo, del que está dispuesto a “perderse”, en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a “servirlo” en lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. Mt 10,40-42; 20,25; Mc 10,42-45; Lc 22,25-27)» (SRS 38).

Conclusión

Hoy hemos querido dirigirnos a ti, líder, servidor público, hombre de empresa, del mundo de las comunicaciones y los negocios, a ti, que eres hijo/a, esposo/a, padre/madre, para invitarte a que descubras la urgencia y el gozo de ocupar el lugar que te corresponde en el mundo, el lugar que Dios ha querido para ti desde la eternidad, al que te ha llamado.

Él ha configurado tu identidad y providentemente ha permitido que seas quien eres y te ubiques en el lugar en el que te encuentras en la realidad actual, con todos los dones espirituales y bienes temporales con los que cuentas. Todo lo que eres y tienes se armoniza en un sentido trascendente, al que desde tu libertad será necesario que respondas con urgencia para el bien de la humanidad, para construir el Reino, para contribuir a este cambio de época.

Quisiéramos que descubras que tienes que seguir cooperando mucho con Dios para hacer fructificar todos los dones que posees, lo tangible e intangible, que ha venido gratuitamente de lo Alto. Acuérdate de que tienes una “hipoteca social”, que requiere que actúes como un administrador bueno y fiel del Señor, porque «la forma correcta de interpretar el concepto del ser humano como “señor” del universo consiste en entenderlo como administrador responsable» (LS 116).

Ninguno de tus logros hubiese sido posible sin los dones previamente queridos por Dios para ti. Por esto te pedimos que mires a tu alrededor y más allá, que sigas esta invitación del magisterio pontificio, especialmente encarnado en nuestra época por el Papa Francisco, y decidas ir voluntariamente hacia el más débil, el necesitado, el pobre, y desde tu lugar te comprometas con su desarrollo y felicidad, que en última instancia será también la tuya y la de los tuyos.

Sin duda decidirte por este camino significa tener mayores dificultades, pero recuerda al Beato Pablo VI cuando dice que «el Evangelio, al enseñarnos la caridad, nos inculca el respeto privilegiado a los pobres y su situación particular en la sociedad: los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás» (OA 23). Te preguntamos: ¿no tienes hambre de hacerlo, de ser libre, de amar?

Atrévete a encontrar nuevos caminos y métodos, valiéndote de las herramientas tecnológicas, políticas, económicas buenas que existen y que has adquirido. Genera con todo este patrimonio un cambio cultural en el que la persona humana, amada por Dios, se ubique en el primer lugar, empezando por los más vulnerables de la sociedad.

Encuentra en tu vida diaria una recta jerarquía de valores, aunque muchas veces esto implique ir en contra de la corriente efectivista, materialista, hedonista, egoísta, en la que tantas veces te ves inmerso. Pon a los bienes temporales en su recto lugar y arriésgate a comunicarlos, haciéndote más grande, más libre y generoso.

Y a ti, apóstol, también te dirigimos unas últimas palabras. Comprométete con la pobreza de los ricos. Atrévete a mostrarles el Evangelio, en un proceso pedagógico, pero sin eliminar sus exigencias y contradicciones con su modo de vivir. Recuerda que el «comportamiento evasivo nos sirve para seguir con nuestros estilos de vida, de producción y de consumo. Es el modo como el ser humano se las arregla para alimentar todos los vicios autodestructivos: intentando no verlos, luchando para no reconocerlos, postergando las decisiones importantes, actuando como si nada ocurriera» (LS 59).

«El rico y el pobre tienen igual dignidad, porque “a los dos los hizo el Señor” (Pr 22,2); “Él mismo hizo a pequeños y a grandes” (Sb 6,7) y “hace salir su sol sobre malos y buenos” (Mt 5,45)» (EG 94). Nadie ha nacido con mayores derechos. Por esto, ayuda al rico a que recupere su esperanza, siendo lo que tiene que ser, desde la responsabilidad que tiene en la sociedad y en la vida del pobre. «Hace falta construir liderazgos que marquen caminos, buscando atender las necesidades de las generaciones actuales incluyendo a todos, sin perjudicar a las generaciones futuras» (LS 53).

Quisiéramos terminar haciéndonos eco de una hermosa petición atribuida a la Emperatriz y Santa Elena, madre del Emperador Constantino, que el Papa Benedicto XVI trajo a colación en una de sus homilías de Navidad cuando era arzobispo de Múnich y Frisinga: «Queridos primos, rogad por mí, rogad por los grandes de este mundo, rogad por todos los eruditos y las almas delicadas, que no queden totalmente olvidadas ante el trono de Dios cuando los sencillos hagan su entrada en su Reino» (Joseph Ratzinger, Y Dios se hizo hombre, Encuentro, Madrid, 2007, p. 12).

© 2015 – José Antonio Dávila para el Centro de Estudios Católicos – CEC

José Antonio Dávila Guerrero

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