Pasar de un año a otro nos da una sensación de renovación. Al mismo tiempo que nos permite rescatar lo positivo que se ha decantado en el tiempo transcurrido y las experiencias vividas, nos abre las puertas para pasar y dejar atrás lo negativo. Se cierra un ciclo y se abre otro; una oportunidad para empezar de nuevo.

En un mundo que cambia día a día a una velocidad que nos aturde, el comienzo de un nuevo año es una buena oportunidad para detenerse a pensar qué nos quedó del anterior. Es posible analizar qué queremos mantener, qué queremos cambiar, qué queremos desechar; cómo estamos después de 365 días vividos con intensidad o con mediocridad, con pasión o con desánimo. Comenzar de nuevo es una ocasión apropiada para plantearnos nuevas metas, renovar las que no logramos completar el año anterior o corregir lo que equivocamos en el camino.

Toda la naturaleza está así sujeta a ritmos que comienzan y que terminan, en una suerte de generosa oportunidad para empezar de nuevo, de hacer nuevos planes, tener nuevos sueños, o los mismos pero con fuerza renovada.

Los resúmenes del 2012 que publicamos en distintas secciones de El Comercio acerca de nuestra economía en franco desarrollo, el creciente turismo, los tesoros arqueológicos que no cesan de ser descubiertos, la gastronomía que conquista el mundo, el auge de la construcción, las exportaciones imparables, los espectáculos de calidad, el vóley y otros deportes campeones, y una serie de actividades más, fue una confirmación feliz de que el Perú está en una etapa de su historia que, al menos los de mi generación, no habíamos vivido nunca.

Y todo eso a pesar de que hay una seria crisis financiera que varios países europeos no terminan de resolver y que Estados Unidos tampoco ha logrado recuperarse de la suya. Cuesta creérselo.

Evidentemente, todavía hay mucho por construir, y siempre lo habrá, pero el panorama se muestra innegablemente optimista y prometedor. Esfuerzos de aquí y de allá empiezan a dar sus frutos y estos van llegando a más personas.

Con ese porvenir que ya es presente, las oportunidades de crecimiento se multiplican, pero también aumentan el afán de consumo y una forma de ser marcadamente materialista donde la persona no termina de encontrar satisfacción aunque consiga más cosas.

Si junto a este crecimiento material no hay un crecimiento personal, familiar y ciudadano en valores, en educación, lo que promete bienestar podría convertirse en una insatisfacción sin fin, llena de frustración, donde tener la última tontería de moda parece lo más importante.

El “bien-estar” necesita convertirse en “bien-ser”, una actitud que cultiva el interior, la mente y el espíritu; un entrenamiento que nos pone en alerta si estamos cayendo en el individualismo egoísta, intolerante, impaciente al que el bienestar crudo, sin nada más, nos puede empujar.

Para cultivar el “bien-ser” no es imprescindible gozar de tiempos tan prometedores como el actual en el Perú, pero sí lo hace más urgente porque la “abundancia” (evidentemente para algunos más que para otros) nos puede hacer creer que eso es todo, que allí reside la felicidad.

El desarrollo vinculado al bienestar puede hacernos caer en una espiral de cuanto más se tiene más se desea y, en vez de hacernos personas más plenas, puede convertirnos en seres profundamente insatisfechos.

© 2013 – Rossana Echeandía para el diario El Comercio (Perú). Publicado el 8 de enero de 2013
 
 

Rossana Echeandía

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