Vivimos en una cultura marcada por las nuevas tecnologías, donde las redes sociales tienen un lugar especial. Programas como “WhatsApp”, “Messenger”, “Facebook”, “Instagram”, “Skype”, etc.… son “parte inherente” de nuestra naturaleza. Es decir, son una herramienta que usamos todos los días, todo el tiempo. Han pasado a ser una extensión de nuestro cuerpo. Tanto es así, que cuando tenemos problemas con el Internet – lo cual podemos todos recordar específicamente “ese día” y “esa hora” que no funcionaba, por la tremenda incomodidad que resultó – pareciera que ya no podemos trabajar.

Los programas antes mencionados, permiten que tengamos canales de comunicación instantánea con personas alrededor de todo el mundo. En el instante que lo queramos. Efectivamente, estamos más conectados que nunca.

Por otro lado, desde una perspectiva muy distinta, vemos corrientes psicológicas como la positiva o la logoterapia; los últimos descubrimientos de las neurociencias; cada vez más estudios bien fundamentados de importantes Universidades, que tienen una idea común: cuanto más relaciones sociales, familias unidas, vínculos de amistades íntimas y auténticas, más felices podemos ser.

También en el área de la educación y grandes magistrados, formados y con diplomas en “educación de los hijos”, es evidente para todos, cómo es necesario las relaciones ad-intra la familia. Cuántas veces hemos escuchado “tiempo de calidad”, aunque no tengamos cantidad de tiempo. Para terminar con esta breve introducción, vemos cómo – yo diría un fenómeno – surgen cada vez más los “personal coaches”, en el área del trabajo, familiar, personal, que nos enseñan cómo “administrar” nuestra vida, buscando equilibrar las distintas responsabilidades que tenemos, tratando de dar el espacio que necesitamos para las relaciones de amistad. Esos mismos “gurús” modernos, tienen cada vez más cabida en las empresas, como responsables del área de “recursos humanos”, en dónde buscan que los empleados vivan un ambiente amigable, tendiendo puentes positivos entre ellos.

En pocas palabras, es evidente para todos que el contacto humano, las relaciones de amistad, la preocupación por no aislarse y tener grupos de amigos, con los que compartimos nuestras vidas, son bases fundamentales para nuestra felicidad. Sin embargo, podemos ver cómo – paradójicamente – son cada vez más los casos de personas deprimidas, solas, que no tienen esos espacios tan necesarios. Muchos jóvenes – no todos, vale la pena explicitar – ven las relaciones “reales” como algo tan difícil, que prefieren “refugiarse” detrás de una pantalla, mostrándose y dándose a conocer hasta que no se vean de alguna forma amenazados. Timoratos e inseguros, vemos con tristeza, jóvenes que gastan horas del día, “enchufados” a esas redes sociales, en vez de salir al aire libre y compartir sus anhelos, sueños, miedos y frustraciones, con otros jóvenes como ellos.

En Gran Bretaña este problema se empezó a enfrentar como un asunto de política nacional, ya que pudieron constatar, cómo en tiempos de la hiperconexión que proporcionan internet y las redes sociales, la soledad es uno de los males que acecha a la sociedad contemporánea.

Para enfrentar ese problema fue nombrada Tracey Crouch, quien empezó a lidiar con una problemática que afecta a 9 millones de personas en ese país (el 13,7% de la población total). Después de una muerte trágica, la primera ministra británica, Theresa May, anunció la creación de un Ministerio de la Soledad. Aunque este fenómeno no distingue edades, los más afectados son las personas mayores. Se estima que en Inglaterra, la mitad de los ancianos de 75 años viven solos, lo que equivale a unos 2 millones de personas. Muchos de ellos dicen que pasan días, incluso semanas, sin ningún tipo de interacción social. Una de las acciones que planea encarar el gobierno británico es diseñar un método para medir la soledad y luego definir acciones en consecuencia. La creación de este ministerio es la cristalización de una idea que ya venía siendo trabajada y acuñada por Jo Cox, la parlamentaria laborista asesinada en junio de 2016, de la que hablamos anteriormente. “Jo Cox reconoció la magnitud de la soledad en el país y dedicó su vida a hacer todo lo que podía para ayudar a los afectados”, expresó May en un comunicado.

Informes publicados en 2017 daban cuenta de que la soledad es tan perjudicial para la salud como fumar 15 cigarrillos al día. Estudios e informes de este tipo son elaborados hace años por distintos centros de investigación. Ya es conocido el estudio de más de 75 años, realizado por Harvard, en el que una de las conclusiones – probablemente una de las más importantes – señala la soledad como motivo principal de enfermedades psico y psiquiátricas. Causa de muertes tempranas, y varias otras enfermedades. Mientras que las personas que tienen grupos de amistades – no necesariamente grandes, viven más años y son menos propensas a las enfermedades.

Retomando el tema del Ministerio de la Soledad en Inglaterra… me pregunto ¿cómo es posible que lleguemos a tal punto, que sea necesario la creación de dicho Ministerio? La pregunta puede parecer ingenua, pero creo que no hay que tomarlo a la ligera. Ese paso decisivo y valiente, es una señal, no sólo para Gran Bretaña. Si cada uno de nosotros se pone a mirar a su alrededor, y, con una actitud madura y honesta, busca ser consciente de cómo vivimos nuestras relaciones de amistad hoy en día, creo que es un tema que amerita reflexión. ¿Cuántos problemas de pareja, y familias disfuncionales? ¿Cuántos casos de bullying en los colegios? ¿Jóvenes desadaptados que en EE. UU. generan caos y muertes en lugares públicos? ¿Tasas de depresión que tienen un porcentual de crecimiento en la última década alarmante?

Personalmente, tengo algunas reflexiones. Pero lo que quisiera con este brevísimo artículo, es que cada uno se ponga a pensar y meditar: ¿qué está pasando en nuestras sociedades? ¿Cómo está nuestra cultura? ¿Por qué vemos cada vez más soledad, en un mundo cada vez más interconectado? La reflexión sobre estas preguntas quisiera dejar para otra ocasión, pero sí me parece sugerente proponer una idea, como pista inicial para una mayor profundización. ¿Qué tanto nos conocemos? ¿Qué tanto somos capaces de entrar en nuestro interior y explicar las experiencias y sentimientos que asoman nuestro corazón? ¿No será que, en medio de tantas “luces y ruidos”, nos estamos olvidando de preocuparnos por las inquietudes que anidan en el corazón?

Arriesgándome a dar un paso más… ¿sabemos cómo dar los pasos necesarios para entrar en nosotros mismos, y responder a los anhelos más profundos que claman nostálgicamente por una auténtica realización? Que cada uno ahora, haga un esfuerzo para reflexionar en esta dirección. Ojalá que pueda haber dado algunas preguntas, que sirvan como orientación adecuada, para emprender un camino de solución para este mal de la soledad, que aqueja nuestra sociedad.

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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