smiling-christ-large-image-zoomHace dos mil años unos galileos anhelantes, ávidos de hallar auténtica alegría, emprendieron un camino inusitado. Dejaron las palabras instruidas para abrazar el testimonio de quien es la alegría plena y viva, hallando a Jesús. En el Señor habita la paz de Dios. Su corazón sobreabunda de júbilo que desea compartir: “Para que mi gozo esté con vosotros y vuestra alegría sea colmada” (Jn 15, 11).

El Evangelista San Juan, uno de aquellos galileos, nos ha legado el testimonio de su primer encuentro con Jesús de Nazaret. Tras ayunar cuarenta días en el desierto, el Señor caminó hacia el remanso del Jordán, lugar donde acampaba San Juan, llamado el “Bautista”.

Juan es quien “va adelante” (Lc 3, 4; Mt 3, 1-17). Era hijo de Zacarías, esposo de Isabel, pariente de María, la Madre del Salvador (Lc 1, 5; 3, 2). San Juan había reunido a un grupo de discípulos, entre los que se encontraban Andrés, hermano de Simón Pedro, y Juan, hijo del Zebedeo, personas tocadas de manera particular por el mensaje del Bautista.

Apenas vio San Juan acercarse a Jesús, exclamó: “¡(Es) El Cordero de Dios!”, el Salvador. Los carismas proféticos le llevaron a exclamar: “Yo no le conocía. (Ahora) yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Cordero de Dios” (Jn 1, 33 y 34). Al escuchar al Bautista, Andrés y Juan Zebedeo quedaron impresionados. La preparación de Juan halló sus primeros frutos en Andrés y en el Zebedeo, quienes fueron tras los pasos de Jesús (Jn 1, 37).

[pullquote]Eran los primeros discípulos de la naciente comunidad eclesial. ¿Qué conocemos de ellos? Laboraban como pescadores en el lago Genezaret. Pero estaban insatisfechos; en búsqueda. Comprendían que el más pesado baldón de la infelicidad es el pecado. Como tantas personas, Andrés y Juan conocían la desdicha de la ruptura agobiante que produce la lejanía de Dios. Las lecciones de Juan el Bautista les habían preparado para escudriñar en las profundidades del corazón, centro de la mismidad.[/pullquote]

En este primer encuentro Juan Zebedeo permite entrever un tesoro de experiencias presentes en el corazón del Salvador. Tras escuchar al Bautista describiendo a Jesús como el “elegido de Dios”, ambos hermanos le siguen guardando reverente distancia (Jn 1, 34). Al percibir su presencia, el Señor volteó y observó que andaban tras sus pasos.

Jesús no los había llamado o invitado explícitamente para que sean sus discípulos. Fueron las palabras del Bautista, dichas sobre aquel galileo desconocido, las que despertaron sus anhelos más profundos. También percibieron la alegría y la paz que irradiaba.

Fijándoles la mirada, Jesús habló primero:

“¿Qué buscáis?

Respondieron: “Rabí, ¿dónde vives?

Jesús les dijo: ‘Venid y lo veréis’.

Fueron, pues (…) y se quedaron con él” (Jn 1, 39).

Jesús les formuló una pregunta poco común, desconcertante para cualquiera, especialmente si provenía de un desconocido: ¿Cual era, para ellos, la esperanza más grande? Acudiendo prontamente a las lecciones aprendidas del Bautista, acudieron a lo esencial. Se trataba de una oportunidad única, la bendición de dialogar con el Rabbí, el Maestro esperado.

[pullquote]Deseaban conocerlo mejor, por lo que le interrogaron sobre su hogar. ¿Por qué aquella pregunta? Abrir las puertas de la morada significaba un signo determinante de confianza; la bienvenida a la casa simbolizaba mostrar el corazón, la intimidad, dándose a conocer. La respuesta del Señor Jesús fue pronta, hasta familiar, invitándolos a su alojamiento; tratándolos como amigos. Aceptaron prontamente el ofrecimiento, viendo con sus propios ojos.[/pullquote]

La experiencia de aquel encuentro dejó un profundo trazo. Mientras componía su “evangelio”, San Juan rememoraba la alegría del Señor, don que compartió con los discípulos aquella tarde: “Digo estas cosas (…) para que tengan en sí mismos mi alegría colmada” (Jn 17, 13). Y así su júbilo fue pleno.

En aquella dinámica de diálogo y encuentro, conducido en una dimensión de profundidad existencial, Andrés y Juan conocieron al Señor de la alegría, participando de su gozo y esperanza. La pedagogía de Jesús trascendió las sabias enseñanzas, mostrándoles la satisfacción en las cosas sencillas y cotidianas que están al alcance de todos. Meditando sobre aquel pasaje, San Agustín solamente pudo exclamar: “¡Qué hermoso día pasaron!”.

Andrés y Juan percibieron el dinamismo sublime de Jesús, quedando sobrecogidos. Las palabras del Señor a los discípulos “se perciben como llenas de fuerza (Mt 7, 29; Lc 4, 36). Sus acciones manifiestan una energía espiritual que escapa a todas las medidas naturales. Está lleno de un poder (…) transformado por una mesura que viene de lo íntimo, por una profunda bondad y suavidad, por una libertad enteramente soberana” (Romano Guardini, La realidad humana del Señor. Aportación a una psicología de Jesús, Editorial Lumen, Buenos Aires 1989, p. 31). Esta humanidad enormemente sencilla, y a la vez sublimemente gozosa, fascinó a Andrés y a Juan.

[pullquote]La profunda vida interior del Señor Jesús está acompasada con una sensibilidad para las cosas simples y hermosas. De buena gana exalta la alegría del sembrador y del segador; la del hombre que encuentra un tesoro escondido; la del pastor que halla la oveja perdida, de la mujer que acaba de dar a luz un niño. Las alegrías humanas son un adelanto de los gozos espirituales que hallaremos en el Reino de Dios. El Señor Jesús compara el júbilo de Dios con aquel pastor que encuentra la oveja extraviada, colocándola en sus hombros para retornar contento a casa” (Lc 15, 5-6).[/pullquote]

El Reino de Dios es un lugar alegre. Pero se vuelve más gozoso cuando arriba un pobre, o un pecador arrepentido, cubierto por el polvo de la tierra. El mismo Señor lo afirma: “Habrá más alegría en el cielo” (Lc 15, 7). El Padre Celestial se complace por los que ya participan de la alegría excelsa. Pero también con los que laboran para sembrar el gozo en la tierra.

¿Cuál es el secreto de la alegría insondable que cautiva a las personas en búsqueda, como Andrés y Juan? “Si Jesús irradia esa paz, esa seguridad, ese júbilo, esa disponibilidad, se debe al amor inefable con que se sabe amado por su Padre. Después de su bautismo a orillas del Jordán, este amor, presente desde el primer instante de su Encarnación, se hace manifiesto: ‘Tú eres mi hijo amado, mi predilecto’ (Lc 3, 22)”.

El Señor comparte este tesoro de alegría con Andrés y Juan. Pero constituye un descubrimiento que demanda una transformación personal, un compromiso. Estaban tan contentos que a la mañana siguiente buscaron a Simón, hermano de Andrés,  anunciándole la buena nueva: “¡Hemos encontrado al Mesías!”(Jn 1, 41).

Este brevísimo episodio, narrado por San Juan, revela el cuidado particular que el Señor Jesús muestra para quienes lo buscan; aquellos que están dispuestos a seguirle a su morada. Desde aquella primera experiencia a orillas del Jordán, el Señor fue revelando a Andrés y Juan -y más tarde al resto de los Apóstoles-, la Buena Nueva que responde a una de las principales añoranzas de la existencia humana: ¿Como hallar la plenitud de la vida en la alegría?

[pullquote]Nos urge dar respuesta a aquella interrogante porque Dios ha puesto en el corazón de cada uno el anhelo de gozo. Todos estamos invitados a la dicha. Los primeros discípulos encontraron en aquel breve pero intenso momento junto a Jesús las respuestas a las incógnitas que hombres y mujeres habían formulado incesantemente durante toda la historia humana. Por eso se apresuraron a compartir la buena nueva con sus parientes y amigos.[/pullquote]

El cristiano vive una alegría especial. No es que desconozca las penas y las aflicciones. Pero es capaz de sobreponerse a los conflictos y a las pruebas porque sabe que el Señor Jesús ha logrado, con la muerte en la Cruz y la resurrección, la victoria escatológica sobre el sufrimiento.

© 2013 – Alfredo Garland B. para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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