san-jose-2Una reflexión del entonces Cardenal Ratzinger refiriéndose a San José, esposo de Santa María Virgen, nos bosqueja el reto que suscita la prudencia, que consiste en la vigilancia interior y el cultivo de la capacidad para obrar bien y tomar decisiones correctas, accionar que ayuda a que evitemos errores que luego lamentamos. El Cardenal Ratzinger señalaba a San José como modelo de prudencia, todo lo contrario de quien actúa de manera precipitada, guiado por arrebatos intempestivos ((Homilía del Cardenal Joseph Ratzinger en al Oratorio de las Hnas. De la Madre Dolorosa, Roma, 3/19/92.)).

San Mateo nos narra en su Evangelio que un carpintero de Nazaret había desposado a María, de la que nació Jesús, llamado Cristo, el Mesías y Reconciliador esperado (Mt 1, 16.). Pero añade que “antes de estar juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo”, afirmación que deja en claro que la concepción de Jesús era un milagro extraordinario (Mt 1, 18.). Ciertamente San José no comprende bien el alcance de lo que está ocurriendo, pero tampoco hace juicios temerarios, por lo que decide repudiarla en secreto para no deshonrarla (Lc 1,38.). Irá comprendiendo mejor la situación en la medida en que tome “contacto con el centro de la vida de María” ((Card. Ratzinger, Ob. cit.)). En todo caso, los Evangelios muestran a una persona desconcertada, “que no sabía cómo comportarse ante la sorprendente maternidad de María” ((S.S. Juan Pablo II, Redemptoris Custos, 3.)). En aquella compleja circunstancia “José no juzga. (Más bien practica) una salida justa que implica prudencia en el juicio, objetividad, y no el fácil recurso de destruir la confianza ante una aparente situación con despreocupación por la verdad íntegra y la fácil pérdida ajena” ((Luis Fernando Figari, Enseñanzas de San José para la Vida Cristiana, Fondo Editorial, Lima 1997, p. 39.)).

San José exhibirá prudencia cuando debe abandonarlo todo con el fin de proteger al Niño Jesús de la persecución desatada por el feroz Herodes. El Santo Custodio toma a María y al Niño y huye a Egipto, compartiendo “la suerte de los sin casa y sin patria: refugiados, extranjeros, desarraigados que buscan un lugar donde instalarse con los suyos” ((Card. Ratzinger, Ob. cit.)). La Sagrada Familia retornará, pero sobrevendrán también nuevos peligros. Más tarde José y María sufrirán la dolorosa experiencia de los tres días durante los que Jesús permanece perdido [9], días que presagian la Pasión, entre la Cruz y la Resurrección. Cuando encuentran al adolescente Jesús dialogando con los sabios del Templo, el Santo Custodio escuchará calmadamente las desconcertantes palabras de su Hijo: ¿Acaso no debía ocuparme de las cosas de mi Padre? (Lc 2,19.) «Es como si le dijera: Tú no eres padre mío, sino guardián, que, al recibir la confianza de este oficio, has recibido el encargo de custodiar el misterio de la Encarnación», añade el Card. Ratzinger ((Card. Ratzinger, Ob. Cit)). José permanece sereno porque quizás habiendo aprendido del “Güenoito”, del “¡Hágase!” de María, que permitió la Encarnación-Reconciliación, entiende que debe dejarle espacio al Hijo, depositando su confianza en Él.

La prudencia practicada por personas como San José constituye una virtud cardinal de orden práctico que nos ayuda a obrar rectamente, facilitando la elección de los medios conducentes a nuestra perfección. Es la “auriga virtutum” –conductora de virtudes­­– como la denominó San Bernardo de Claraval, porque acciona numerosas capacidades humanas como la humildad, la escucha y el discernimiento ((San Bernardo, Sermones in Cantica Canticorum, 49, 5.)). Por aquella razón algunos autores la consideran como una virtud fundamental, quizá la más importante de las “cardinales”, porque las otras, como la justicia, la fortaleza y la templanza, dependen de ella.

[pullquote]La prudencia nos vincula objetivamente a la realidad, exigiendo un conocimiento de la verdad que permite obrar el bien. Constituye una virtud que se gana en el tiempo. De allí que el Papa Benedicto XVI afirmase que la prudencia es algo muy distinto a la astucia.[/pullquote]

Etimológicamente la “prudencia” se deriva de la voz latina prudentia, que está vinculada a la providentia, a la procul videre, que es “ver desde lejos”, fijándonos en el fin lejano para ordenar hacia aquella dirección los medios oportunos que ayudan a crecer en virtud y santidad.

En sus “Etimologías”, San Isidoro de Sevilla definía al “prudens” como el que ve, el perspicaz, que prevé los casos inciertos que pueden ocurrir, pero sin olvidar la importancia de la Providencia ((San Isidoro de Sevilla, Etimologías, T. II, 1.)).

La virtud de la prudencia también ha sido designada con la voz de “discretio”, que significa la buena elección, el buen juicio emparentado al discernimiento, la médula de la prudencia. «La prudencia -expone A. Dagnino- permite que la persona se conforme con la razón, o mejor aún, con la voluntad de Dios, pues de lo contrario el obrar resultaría “animal” e irracional: un “no ser”, puesto que en la conformidad a la voluntad de Dios consiste toda la perfección del hombre» ((“Prudencia”, en Diccionario de Espiritualidad, dirigido por Ermanno Ancilli, Herder, Barcelona 1984, p. 212.)).

[pullquote]La prudencia es una virtud esencial para la vida cristiana. Según Santo Tomás de Aquino, constituye «la virtud más necesaria para la vida humana», porque es una facultad que compromete nuestras acciones, y cómo nos comportamos ((Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q.57, a.5 in c.)).[/pullquote]

Ella nos aleja del triunfalismo como del pesimismo. Más bien nos ayuda a acercarnos a la realidad, buscando diversos factores o elementos para actuar rectamente, teniendo como perspectiva la esperanza que trae la fe en la victoria del Señor y sus promesas. En este contexto la prudencia está íntimamente unida a la verdad. El hombre prudente es el que hace de la verdad su principal criterio de actuación. La prudencia exige una inteligencia disciplinada y vigilante, que no se deja llevar por prejuicios; que no juzga según sus deseos y pasiones, sino que siempre busca la verdad, incluso, aun si la verdad resulta incómoda ((Ver Homilía de Mons. Joaquín María López de Andújar, 24/9/2012. En: .

Fue precisamente el Señor Jesús quien situó la prudencia entre las cualidades de la persona que se “prepara”, que exhibe sabiduría, en este caso para la venida inesperada de la Parusía, el fin de los tiempos. Haciendo alusión a la parábola de las “Vírgenes Prudentes” en contraposición con aquellas insensatas, que no guardaron suficiente aceite para las lámparas con que debían alumbrar la senda de los nuevos esposos que caminaban hacia su morada, se quedaron dormidas y perdieron la gran oportunidad de participar del gozo de la fiesta escatológica, cuando Cristo volverá trayendo paz, alegría, salvación y reconciliación (Mt 25, 1-13).

La prudencia, como es el caso de toda virtud natural o adquirida, no se logra por la realización de actos aislados, sino a través de la práctica habitual y la repetición ordenada y perseverante. Con este fin, un gran educador, el Cardenal Joseph Cardijn, propuso a la entonces naciente organización de Jóvenes Obreros Católicos (la JOC) la metodología del VER-JUZGAR-ACTUAR. En un libro publicado en 1924, llamado “El Manual de la Juventud Trabajadora”, recomendaba a los “jocistas” a aplicar dicho método al discernimiento cotidiano. Durante el “ver” se analiza un hecho de la vida con el fin de descubrir actitudes, modos de pensar, valoraciones y comportamientos. El “juzgar” es el momento central de la revisión. Pero no basta examinarse; hay que tomar posición ante el hecho analizado. El ver y el juzgar deben conducir al “actuar”, determinando las actitudes que las personas necesitan cambiar, los criterios de juicio a transformar, los hábitos a construir a la luz de la Palabra de Dios, y las acciones a desarrollar.

Para crecer en prudencia es vital hacerlo también en humildad. El defecto contrario es la imprudencia, que incluye la precipitación, la impulsividad, la inconsideración, la inconstancia, en suma, la falta de señorío sobre las pasiones. La humildad nos ayuda a aceptar que, como manifiesta David Isaacs, «todos tenemos algún tipo de manía pequeña o grande, y eso puede influir sobre la visión objetiva de cada situación» ((David Isaacs, La educación de las virtudes humanas, EUNSA, Pamplona 1984, p. 339.)).

La prudencia necesita de un cultivo constante y paciente. «Se trata -añade Isaacs- de discernir, de tener criterios, de enjuiciar y decidir (…) Para conocer la realidad, en primer lugar, hará falta querer conocerla y reconocer que no se está en posesión de toda la verdad. La persona autosuficiente y soberbia puede considerar su propia capacidad de conocer la verdad tan superior que no necesita poner en duda sus propias apreciaciones iniciales, ni intentar corroborar la información que puede tener. La actitud que buscamos es aquella en que, sin desestimar el valor de la propia apreciación, la persona reconoce sus limitaciones e intenta apreciar objetivamente los datos que posee» ((David Isaacs, Ob. Cit., p. 341.)).

En orden a adquirir la prudencia, necesitamos del consejo, del juicio y del imperio. Santo Tomás destacaba que un buen consejo puede evitar la acción precipitada. La adecuada capacidad de juicio se contrapone con la inconsideración; y el imperio conduce a la voluntad ordenada, rescatándonos de la inconstancia ((Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, 2-2 q47 a8.)).

[pullquote]Entre los elementos necesarios para la acción prudente está la docilidad, que es el reconocimiento de nuestra ignorancia. Joseph Pieper especificaba que la docilidad es “saber-dejarse-decir-algo” ((Joseph Pieper, Las Virtudes Fundamentales, RIALP, Madrid 2007, p. 49.)). Más bien criticaba firmemente la indisciplina y la manía de “tener siempre la razón”, que en el fondo son maneras de oponerse a la verdad ((Allí mismo)).[/pullquote]

Las personas prudentes aprenden a cultivar la “solercia” o “sagacidad”, precisamente la “objetividad ante lo inesperado” ((Allí mismo)). Un antiguo dicho manifiesta que las batallas victoriosas tienen numerosos “generales”, mientras que las derrotas, ninguno. Precisamente un buen general sabe perfectamente que los retos cotidianos superan fácilmente los mejores planes. Es imposible adelantarse y planificar todos los imponderables. Más bien la persona prudente aprende a confrontar las situaciones imprevistas con flexibilidad, sagacidad, perspicacia, habilidad e ingenio, que no puede confundirse con el relativismo o la llamada “ética de situación”.

En su aspecto preceptivo, la prudencia requiere providencia, circunspección y cautela. El primer requisito es la providencia. Esta nota, la principal según Santo Tomás, contempla el futuro contingente, el único que puede ser ordenado por el hombre teniendo en cuenta el fin de la vida humana. Respecto a esta previsión, que consiste en ver hacia adelante y anticiparse a los sucesos, no basta decir que «prevé las consecuencias de un hecho; es menester afirmar también que provee al hombre de los medios necesarios para conducirle a un fin» ((Bernardino Montejano, Prudencia. En: .

La prudencia necesita circunspección, pues vincula principios y circunstancias. Al desenvolverse la vida humana a través de diversas situaciones concretas, es necesario el análisis y encauzamiento de las mismas. «Así como es propio de la previsión descubrir lo que es de suyo conveniente para el fin -dirá Santo Tomás-, la circunspección considera si ello es conveniente a ese fin, dadas las actuales circunstancias» ((Santo Tomás, Summa Theologica, 2-2 q49 a8.)) [24].

También se necesita cautela, pues la bondad y la maldad se entremezclan en los hechos contingentes. La precaución nos ayuda a elegir aquello que es mejor mientras evitamos los males que impiden la efectiva realización del fin mayor. Siguiendo a Santo Tomás podemos concluir que la prudencia necesita de nuestro mejor razonamiento ((Santo Tomás, Summa Theologica, 2-2 q49 a6.)). Meditando la parábola del Señor Jesús sobre las “Vírgenes Prudentes”, podríamos tener la apresurada impresión que parecía obvio prever la necesidad del aceite si es que la procesión nupcial iba a ocurrir avanzada la noche. Pero, una vez más, estamos pensando después de ocurrida la “batalla”. Precisamente Jesús califica a las “imprudentes” de “imprevisoras”, porque estaban embotadas por sus hábitos engreídos y complacientes. Un “lujo” que ninguna persona responsable y con el deseo de crecer en virtud puede permitirse.

© 2014 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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