ayacucho_coverEra la herida más profunda de un Perú que se desangraba. Era la hermosa tierra de la dulzura asustada, del terror y la brutalidad. Era la ciudad de la sospecha, del reglaje, del cálculo, del abuso, de los machetazos y enjuiciamientos, de la confusión. Era en fin, el lugar más peligroso del país. Un sitio que de no visitarse todos hubieran comprendido, no se puede exponer a un Papa a un riesgo tan grande. Incluso, más que en él, pensando en sus guardias de seguridad, hubiera sido sensato no ir y mandar un saludo de solidaridad, algunas palabras de aliento y bendición, o por último, hubiera podido recibir un grupo de ayacuchanos en Arequipa o en Cuzco. Pero no, dejando de lado todas estas consideraciones, Juan Pablo II fue a Ayacucho.

000242541WY allí estuvieron gentes de todos los caseríos, los cerros y las pampas de esta mítica región cuya religiosidad tiene raíces tan hondas que la misma violencia terrorista fue absorbida con los años por la mirada de fe de la población. Allí estuvieron con ojos llorosos esperando al Papa, mirando durante horas el estrado vacío, como quien espera un nacimiento o una luz al final del túnel. Allí la memoria del encuentro, esa representación tan llena de pueblo en la que se saludan la Madre y el Hijo camino al Calvario. Allí las mujeres que se visten de riguroso negro los Viernes Santos de todos los años, las que amortajan al Señor del Sepulcro dejando sus penas junto a Él. Allí con la memoria de siglos de repetir la Semana Santa, de millones de kilómetros de procesiones, de cantar a voz en cuello el “Apu yaya Jesucristo”, ese himno que te arranca el alma y la eleva al cielo en la procesión de la Resurrección. Y sobre todo, allí todos estos ayacuchanos que eran diariamente flagelados por la violencia: huérfanos, viudas, madres y padres de jóvenes reclutados o raptados por Sendero Luminoso y el MRTA o desaparecidos. Esperaban de pie.

juanpabloHasta que el Papa llegó y sus primeras palabras se clavaron en el corazón de Ayacucho y del Perú: “unanchacuqpa cuyacuinintam apamuiquichic, alpaichichicpi tarpusqa sonqoiquichicta causarichinampaq” (os traigo el amor de nuestro Dios para que sembrado en vuestra tierra, sea la resurrección de vuestros corazones).

[pullquote]Nunca olvidemos la energía, el amor ardiente y lleno de compasión con el que San Juan Pablo II lanzó estas palabras dirigidas a los culpables del terrible conflicto que hasta hoy nos duele a todos los peruanos, a todos aquellos que pusieron su confianza en la lucha armada: “No podéis destruir la vida de vuestros hermanos; no podéis seguir sembrando el pánico entre madres, esposas e hijas. No podéis seguir intimidando a los ancianos. Os suplico con dolor en mi corazón, y al mismo tiempo con firmeza y esperanza, que reflexionéis sobre las vías que habéis emprendido. Os pido pues en Nombre de Dios: ¡Cambiad de camino!”[/pullquote]

Han pasado treinta años y esas palabras trascienden la coyuntura de su época para dirigirse hoy a todos los que confían en la violencia y no en el amor.

© 2015 – José Manuel Rodríguez Canales para el Centro de Estudios Católicos – CEC

José Manuel Rodríguez Canales

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