Eva-Gaudium[print_link]

Con mucha razón la primera exhortación apostólica del Santo Padre se llama Evangelii Gaudium – La alegría del Evangelio. Son más o menos 84 veces que el Papa utiliza la palabra “alegría” en su documento, de las cuales más o menos 50 se encuentran en la primera parte. Vale la pena también resaltar que esta primera parte no la llama “introducción”. Me aventuro a pensar que es por el hecho de que no se trata de una simple introducción al cuerpo principal del documento, que trataría específicamente del tema que le interesa al Papa; más bien, es el marco en el cual el Papa quiere desarrollar toda su reflexión. Es decir, todo el documento tiene como telón de fondo la alegría.

El documento comienza resaltando la necesidad que tiene el cristiano y ser humano de vivir la alegría. La cual – deja claro el Papa– nos viene del encuentro con el Señor Jesús y se traduce en una clara actitud misionera. Los siguientes capítulos son desarrollos sobre distintas realidades que el Papa considera trascendentales para el actuar de la Iglesia en los próximos años, mostrando siempre y llevando siempre a que los hombres puedan vivir esa alegría del Evangelio.

¿De dónde recibimos la alegría? ¿De dónde surge? El mundo nos vende distintos “productos”, que pueden reducirse en tres palabras: tener, placer y poder. El apóstol San Pablo, valiéndose de los criterios del Evangelio, muy distintos de los criterios hodiernos de felicidad que ofrece la cultura llena de anti valores, nos hace una clara exhortación: «Alegraos siempre en el Señor» (Fil 4,4). Deja claro que solamente con Jesucristo el hombre puede vivir y hacer nacer y renacer la alegría. La verdadera alegría. Aquella alegría duradera, que no marchita, y no se deja vencer por los reveses de la vida.

[pullquote]Absolutamente nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor. Desde el que vive en extrema pobreza, hasta el que tiene abundancia para vivir. Esa alegría se ve en los pobres, que tienen poco a que aferrarse; y también hay una genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo. Hay veces que sobregeneralizamos las cosas, diciendo que los pobres pueden ser más felices que los ricos, o al revés. Eso no es verdad: La alegría de Cristo es para todos; depende de un corazón abierto al Espíritu del Señor.[/pullquote]

No obstante todo lo dicho, siempre están los problemas personales y culturales que dificultan o incluso pueden imposibilitar la vivencia de la alegría. En términos personales, cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, siendo egoístas y preocupándonos solamente por nosotros mismos, cerrando el corazón para los demás, de manera especial para el pobre, ya no se hace posible escuchar la voz de Dios, y no se puede gozar así la dulce alegría de su amor. El hombre autosuficiente y soberbio no experimenta la necesidad de Dios; sólo se mira a sí mismo y trata de “construir” su propia alegría. Esto encuentra un eco en las falsas propuestas mundanas: tristemente la cultura y sociedad altamente tecnológica en la que vivimos multiplica las ocasiones de placer y confort, pero encuentra difícil engendrar la alegría. No es que sean malos los desarrollos técnicos y científicos, pero no se puede esperar que estos traigan la alegría que sólo Cristo nos puede proporcionar.

Sin embargo, más allá de todos los obstáculos personales o sociales, el Señor nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. Esta alegría, sin embargo, no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces posiblemente muy duras. Es natural que pasemos por momentos de mucho dolor y sufrimiento. La enfermedad; la muerte de algún familiar cercano; un desastre; problemas jurídicos; adictos al interior de la familia; un matrimonio que pasa por un período de prueba; hijos que se rebelan y se dejan llevar por las malas influencias; angustias y ansiedades; depresiones o tristezas; la desesperanza… es decir, son tantas las dificultades que podemos vivir, que a veces pensamos que es imposible experimentar esa alegría. Pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse en nuestro interior. Hay que dejar que la alegría de Cristo entre en el corazón. Cerrados a la gracia y al Espíritu del Señor es muy difícil vivirlo. El Señor está a la puerta de nuestro corazón, esperando que le abramos de par en par.

El Papa a lo largo de toda la exhortación no sólo manifiesta la alegría que vivimos del encuentro con el Señor, sino que se traduce y se vive a la par en la tarea evangelizadora: la dulce y confortadora experiencia de evangelizar. Le gusta mucho usar la figura de “discípulos misioneros”. Para él la Iglesia esta signada por una nueva etapa evangelizadora, que está y debe estar marcada por la alegría. Sobre esta Misión de evangelización hace un fuerte llamado de atención a los cristianos. Nos invita a pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera, que sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la Iglesia. La Iglesia debe tener un anuncio renovado para los que ya son creyentes, los que son tibios en la vivencia de la fe y los no practicantes. Anunciar una nueva alegría en la fe y vivir una evangelización que sea extremadamente fecunda.

¿Con qué actitud debemos tener esa opción evangelizadora? Ser fervorosos. Dulces. Confortando al prójimo con alegría, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Muchas veces anunciar la alegría del Señor en situaciones complicadas, de tristezas, problemas, angustias, no es fácil; esa actitud de fervor, de alegría, es lo que mundo actual necesita. Esa alegría es la que cautiva corazones. ¡Qué bello y hermoso es ver cristianos radiantes y felices, alegres porque ponen el sentido de sus vidas en Cristo! Recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo.

© 2014 – Pablo Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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