La Iglesia tiene sus ritmos. A veces estos son más lentos de lo que uno quisiera. Más en estos tiempos acelerados en que nos hemos acostumbrado a exigir que todo ocurra inmediatamente. Fue durante el Concilio Vaticano II (1962-1965) que el Papa Juan XXIII utilizó el término “aggiornamento” por primera vez, como expresión de la necesidad de que la Iglesia se actualizara; es decir, que adaptara la presentación de los principios católicos al mundo según el lenguaje y los medios modernos. Han pasado 50 años de esta reunión clave de los obispos de todo el mundo, en la que también tuvieron distintos tipos de participación miembros laicos de la Iglesia e inclusive algunos invitados de otras denominaciones cristianas.

Con la elección del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, Papa Francisco, parece abrirse la posibilidad de que el ‘aggiornamento’ recobre la fuerza y la vitalidad que había perdido en las últimas décadas, cuando los cambios en el mundo han distanciado de una manera innegable a las gentes de la fe. Cambios en las formas y en los medios, nunca en la doctrina. Las primeras expresiones de Francisco nos llevan por ese camino.

[pullquote]Ha hablado de tres acciones concretas para laicos y religiosos: caminar, edificar y proclamar la fe. No más actitudes silenciosas y pasivas, ni nada de guardarse la fe solo para la vida privada o para la misa del domingo. En otras palabras, ha invocado a hacer de la fe vida, acción.[/pullquote]

Ha dicho también que quisiera una Iglesia pobre y para los pobres. Y para evitar confusiones ha aclarado que esto no significa una actitud asistencialista, cual si fuera una ONG, que atienda solo las necesidades materiales de las personas, pues la Iglesia es esencialmente espiritual. Debe atender esas necesidades, tal como sus organizaciones caritativas hacen desde siempre en todo el mundo, y tal como se espera de cada católico ante las urgencias del prójimo, pero no puede olvidarse de que es espiritual.

En estos pocos días de pontificado, el Santo Padre, sin embargo, ha ido más allá y ha aplicado él mismo lo que está proclamando. Su sencillez ha cautivado, su desapego de las pompas y los lujos son visibles. No son pocas las personas alejadas de la fe que se han sentido atraídas por el carisma de este argentino y dicen casi con susto: “Este Papa me está gustando”. Su cercanía a la gente no es solo física, como cuando el Domingo, antes de rezar el Angelus, apareció en las inmediaciones de la plaza San Pedro para saludar a las personas que estaban por allí, para sorpresa y alegría de ellas. También logra conectarse muy bien con sus discursos breves y concisos, donde siempre hay una línea clara, una idea concreta que cualquiera puede recordar y meditar, donde no falta alguna broma que predisponga a una actitud abierta y de escucha. Un estilo de pastor acostumbrado a escuchar a su feligresía, tratar con ella sus problemas cotidianos y aconsejar con cariño y simplicidad. Hasta su nombre despierta simpatía: Francisco, el santo de Asís, es uno de los favoritos del santoral, y no son pocos los no católicos que le tienen un gran cariño. Este Papa puede darle el matiz que tanta falta le hace a la Iglesia para “aggiornarse” a estos tiempos.

Si con Juan Pablo II vivimos intensamente la emoción que trae la fe y con Benedicto XVI tuvimos una temporada de repaso lúcido de las razones de la fe, con Francisco parece que entraremos a una época de acción en la alegría de la fe.

© 2013 – Rossana Echeandía para el diario El Comercio (Perú). Publicado el 19 de marzo de 2013
 
 

Rossana Echeandía

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