El pasado 2 de junio se llevó a cabo la presentación del libro “El Héroe en la obra de Saint-Exupéry”, de Oscar Tokumura. En el CEC publicamos hace un tiempo una entrevista al autor sobre esta obra, y hoy queremos compartirles la intervención de Eduardo Blas María Allegri durante dicha presentación:

Este ensayo del Dr. Oscar Tokumura, que hoy tengo el honor de presentar junto a la Dra. Inés de Cassagne, me ha suscitado algunas reflexiones que querría exponer brevemente.

Y ésta es la primera.

Hay dos posibles errores cuando se considera un asunto especulativamente. Y no se sacan mucha ventaja. Ni falta que hace catarlos: tanto da, porque ambos son errores más o menos parejos en calado y gravedad.

Uno de ellos, frecuente entre los intelectuales, es obviar o separar la carnadura existencial, temporal e histórica que por fuerza tienen los asuntos humanos, en tanto que humanos, aun considerados libre y especulativamente. Como si las cosas reales fueran solamente ideas, como si los hombres reales fueran solamente metáforas y sus dolores y alegrías sólo fueran apenas ejemplos de una proposición o tesis y no reales sufrimientos dolorosos y gozos felices.

El mundo seguro de la abstracción –tantas veces sustituyendo arteramente a la contemplación– permite la crueldad de ignorar el latido tibio de un corazón verdadero, la incertidumbre, la perplejidad, las propias miserias, tanto como el coraje, el placer o el sacrificio feliz.

El otro error, frecuente en los ideólogos –esto es: lo opuesto contradictorio al intelectual–, es negar la mismísima naturaleza de la especulación y no ver sino la materia inmediata e histórica, en lo que tiene de carne del tiempo sin ulterioridades horizontales y menos aún verticales, la pura incidencia del episodio o la persona en el devenir y sobre todo viceversa: el devenir como determinante excluyente de personas y episodios. Sumergido en el tiempo, en la historia y en las circunstancias, el hombre –tratado como un mero sujeto que deviene sin raíz ni destino más que la que pueda apenas hincar en el polvo del tiempo–, solamente es individuo o una chispa de un colectivo, que se inmola en el tiempo para hacer avanzar la historia. Voluntad arrogante o ciega fuerza colectiva, es eso y nada más. Es mera historia y todo historia. Pura carne en el tiempo para el tiempo que se agota en sí mismo.

Difícil equilibrio. Y triste cosa es ver lo uno y lo otro. Dos formas de injusticia. Por una parte, se es injusto con la quidditas, que merece por su propia estirpe una mirada libre de apremios, porque lo que es merece ser visto y amado por sí mismo antes que nada y no por sus circunstancias. Pero se es injusto también con la entera realidad de las cosas que caen bajo nuestra consideración, cuando solamente las vemos como ideas separadas de su mismidad terrena, local y temporal. Y es ésta una injusticia en ocasiones dulce a nuestros oídos, es verdad, por el respeto y cariño que le tenemos a Platón, pero una injusticia que el mismo maestro de Akademos cometió al no advertir del todo que esa carnadura histórica no es un castigo sino una condición de las cosas. Y una condición con sentido y que es capaz de conllevar gozo, aun en medio de este valle de lágrimas. No estamos desterrados en este mundo, aunque no seamos de este mundo.

Con lo arquetípico puede ocurrir otro tanto. Es un desfiladero estrecho y peligroso. El carácter eidético del arquetipo puede confundir nuestra percepción si no advertimos la relación tensa, pero necesaria, entre el sujeto histórico y su carácter universal. Sujeto histórico y carácter universal: una convivencia tornasolada que, con sus resplandores, y con sus claroscuros, puede hacernos perder de vista los dos niveles en los que esa realidad vive simultáneamente. Y así, podría ocurrir que el hombre real desapareciera ante nuestros ojos para ser reemplazado por una presencia imposible e irreal; como podría ocurrirnos que se diluyera su significación, el carácter simbólico de su existencia y de sus acciones, carácter simbólico que nos es dado y ofrecido para que en lo particular pueda verse lo universal, para que en lo inmediato pueda apreciarse lo que trasciende la suerte individual, el fenómeno.

La vida de un héroe, como la de un santo, es referencial exactamente en ambos sentidos. Si sólo fueran la máscara vacía de una existencia real anodina, insípida e incolora, sin tono vital, como si fueran la obligada visibilidad de una idea, sería contradictorio presentarlos como seres que se han hecho cargo de sí y de otros, libre y abnegadamente. Su vida es la suya, y ellos son ellos mismos. Y por eso mismo dan la vida en distintos grados y son conscientes del desgarro de perder –y ganar– lo que dan, tanto como del valor ejemplar y universal de sus actos. Porque cuando un arquetipo obra, obran en él todos los hombres de un modo u otro y él mismo obra para todos, incluso sin saberlo del todo. Lo sepa del todo o no, en su vida real, en su existencia personal e histórica tal como es, como fue, hay también la semilla de algo más que no es enteramente personal, aunque eso no sería posible sin la preservación de las notas personales.

Porque ambos, el héroe y el santo, cada uno en su rango y a su modo, son a la vez persona y signo, son a la vez ellos mismos y otra cosa. Son a la vez el soldado que marcha y la bandera que porta y lo hace marchar.

[pullquote]En héroes y santos hay, por eso mismo, un misterio. Y ese misterio se enhebra de tal modo con el designio, que se nos hace siempre difícil escindir la propia iniciativa, el propio impulso de ellos, y separarlo del carácter necesario de sus acciones. Necesario quiere decir aquí algo más o menos opuesto a autodeterminado, a libre. Y creo que es condición que sea así porque hay un designio por encima y más adentro que la propia intimidad del arquetipo que obra no solamente con él sino también en él y a través de él. Y eso es un misterioso designio que en la Patria entenderemos.[/pullquote]

Antoine de Saint-Exupéry, Tonio, Saintex, es un ejemplo de esto mismo. Y celebro que el autor de este ensayo haya tomado su figura y en especial su obra para abordar un tema por completo extravagante en nuestros días.

Y esa es mi segunda y breve reflexión.

Es curioso que se nos proponga una mirada atenta a un tipo humano en completo desuso. ¿Qué es un héroe en un tiempo en el que los paradigmas o han desaparecido o han sido rellenados con una materia ácida y corrosiva, plástica e infecunda, gelatinosa e innoble? ¿Cómo se puede contemplar la figura de un héroe en tiempos en los que la virtud es políticamente incorrecta? Ni que hablar de la figura de un santo.

Es así que Tokumura fue a posarse para su propósito en uno de esos autores del siglo XX que no deberían gozar de la fama que tienen y del afecto que se les profesa, personal y literariamente. Porque ellos mismos, y mucho más su obra, como en este caso, representan no solamente un recordatorio luminoso de la vera naturaleza humana, sino, y a la vez y por ello mismo, un manifiesto poderoso ante la deshumanización y la desnaturalización y des-sobrenaturizalización de la condición del hombre en esta tierra en estos tiempos.

Pero por eso mismo, creo, y paradójicamente, hizo bien Tokumura. Es más fácil volver a hablarles a los hombres del bien, de la verdad y de la belleza si se les hace seguir el camino de uno a quien tienen por amigo, de uno a quien admiran y quieren, de uno a quien leen y frecuentan con gozo. Creo que es claro e indiscutible: de la mano de El Principito puede llegarse al fondo de las cosas humanas y en el fondo de ellas encontrar la puerta misteriosa para ascender con naturalidad a las divinas.

Como digo, hay autores que el mundo nuestro –por su insistente voluntad de deshumanización y desacralización– no debería acoger, que debería repeler como arquetipos. Chesterton, Lewis, Tolkien, son algunos de ellos y hay más, aunque nombro a tres solamente de los todavía hoy reconocidos y apreciados universalmente casi sin oposición.

Nuestro mundo soporta a los superhéroes y a los antihéroes. No a los héroes, no al mero héroe. El superhéroe tiene la cuota de irrealidad necesaria que hace soportable sus hazañas. El antihéroe tiene la cuota de acidez necesaria que hace perdonable su debilidad de hacer algo bueno por otros. Pero el héroe sin más –sin super ni anti– debería ser intragable en estos tiempos, como de hecho lo es, si su figura es una cúspide de lo humano mismo, en las altezas de sus posibilidades y en el brillo de su naturaleza y en las posibilidades que le brinda lo sobrenatural, aunque todo ello aparezca con la corona de espinas de sus abnegaciones, de sus dolores.

Un héroe no es solamente un individuo. Un héroe, en sola y pura soledad, es inhumano. Un héroe es paradigmático y por ello mismo, por definición, es social. Y, en cuanto tal, en cuanto héroe sin más (sin super ni anti), tiene que surgir de un clima social en el que –al menos en algunos pocos– la idea de que el bien existe es una convicción tan necesaria como el aire. Y más: el héroe surge de la noción más vivida que razonada, pero nunca ignorada sino hecha certeza, de que el bien vale las penas que cuesta la arduidad de alcanzarlo y realizarlo.

Tokumura ha tomado un tópico extraño, ha tomado la figura de un extranjero de este tiempo. La ha mirado con atención y la ha hecho surgir de las páginas de Saint-Exupéry, inductivamente desde los pliegues de las obras, pero también deductivamente, trazándolo con las líneas con que sutil pero firme y lúcidamente lo perfiló el autor de Tierra de hombres y Vuelo nocturno. Le ha sacado un jugo valioso a las aventuras y a las reflexiones de Saint-Exupéry y ha puesto –como ha hecho él mismo– al hombre en el centro, buscando como el propio Saint-Exupéry ha intentado y logrado, ver en la figura de lo humano el límite paradigmático de la existencia humana que coincide, claro, con un boceto bien trazado del héroe. Y entiendo que eso es algo de lo valioso que presenta su ensayo, particularmente en su segunda parte, el punto de su trabajo a mi entender más medular y sabroso.

Y esto me lleva a la tercera y última reflexión.

Pero antes, en breve excursus, querría destacar una coincidencia significativa. Gilbert K. Chesterton nació el 29 de mayo de 1874. Casi exactamente 70 años después, el 31 de julio de 1944, desaparecía Antoine de Saint-Exupéry en las costas francesas del Mediterráneo. En este año nuestro de 2014 se cumplen 140 años del nacimiento del primero y 70 de la muerte del segundo. Los números, así dichos, pueden resultar sosos y asombrar solamente a los ávidos de números redondos y de aniversarios. Pero en algo estos dos hombres y estos dos autores están hermanados, y los números de este año solamente simbolizan esa hermandad.

Al parecer, no pudo haber habido dos vidas más distintas. El inglés, aunque viajante, sedentario; el francés, trotamundos sin descanso, aunque contemplativo. Esto es, no pudieron caminar este mundo con paso más desigual, sin embargo, iban en una misma dirección.

Ahora bien, en cuanto al héroe –que es el eje de nuestras reflexiones de hoy–, también han sido parientes cercanos. Basta espigar en las novelas y relatos del inglés para advertir que con un talante bien distinto sus personajes memorables son héroes envueltos en aventuras sin disimulo espirituales.

Y ahora sí un tercer apunte que se relaciona con algunos aspectos simbólicos de lo tratado por Tokumura en su ensayo, aunque es justo advertir a cualquier efecto que, si bien sus páginas me suscitaron estas reflexiones últimas, no se explaya nuestro autor en estos meandros simbólicos, sino que son de mi propio magín.

Recorriendo la obra de Saint-Exupéry para enhebrar sus temas, el autor destaca frecuentemente tres elementos que están siempre presentes en la vida y en la obra literaria de un enamorado de las hélices de la laya del francés. Y esos elementos son: el correo, el aviador y el vuelo.

Es interesante, para principiar, la figura del correo. De la misiva y de lo misivo, de aquello enviado de uno a otros. Tiene la traza de algo dado, de algo ofrecido. Pero junto con ella, también aparece lo mandado, la encomienda que se encomienda, en particular al mensajero, al ángelos. No hay que buscar mucho en la obra de Saint-Exupéry para advertir la importancia que tiene en sus reflexiones la experiencia de haber sido ángelos, de haber sido mensajero, hombre que va, que ha sido enviado. Y la importancia de la fidelidad y la fortaleza que supone haberlo sido. Dos virtudes asociadas al mensajero, en razón de aquello que se le encomienda. Diría sin más que el correo, substancializado, es el emblema de la misión.

Pero en ese mismo orden, y si se acepta esto mismo, está el aviador, que en este caso es el mensajero. Adquiere entonces ribetes como sacerdotales, de intermediario, de pontifex, de aquel que une –y en este caso, aéreo, es más que una metáfora– el cielo con la tierra, la tierra con el cielo, tanto como une a los hombres y los hermana a la distancia y pese a la distancia, pagando consigo mismo la pena de cubrir ese espacio que los separa. Pero por esa misma oblación de sí, importa en esta tarea la interioridad, la sólida raíz interior que sostiene a la vez que fortalece la capacidad para el cumplimiento de la misión. Esa interioridad se representa hartas veces en la soledad del vuelo, en la soledad del desierto, del mar, ante un firmamento estrellado como único interlocutor. O, por mejor decir, como intérprete del Único Interlocutor que el aviador-mensajero-ángelos primero descubre en sí, en su propio soliloquio interior, hasta que advierte que no es sólo consigo con quien habla en esas travesías solitarias. “Quién habla solo espera hablar a Dios un día”, diría el español Machado. Él mismo, el aviador, el piloto, el mensajero, advierte que en su misión es sostenido en el aire a la vez que conduce. Advierte bien Tokumura –siguiendo las meditaciones del francés– que el vuelo da una perspectiva diríamos episcopal, ateniéndonos solamente a las etimologías, claro está. Y esa perspectiva lo pone en una condición que pesa más, aunque es paradojalmente aérea. Porque esa perspectiva del vuelo es distinta de la de quien sólo puede atisbar las cosas y los asuntos desde la horizontal del buey, que dice nuestro Marechal, y, así, en el aire, adquiere la vertical del ángel.

[pullquote]Por último, y en relación con esto mismo, creo que debería decirse que el vuelo es significativo también en relación con la naturaleza del héroe y de sus acciones. Porque además de aportar una visión y una perspectiva superior, el vuelo –el aire, este cielo bajo la luna– significa también las razones aéreas de las virtudes que ha de poner en juego para arribar con su encomienda a buen puerto. Porque el vuelo, a mi entender, y sin violentar las categorías de Saint-Exupéry, significa también las raíces celestes de las cosas que están en juego y que las acciones paradigmáticas del hombre revestido de heroicidad debe acometer para cumplir la misión, no sólo ni principalmente para sí y por sí, sino para los otros.[/pullquote]

Separado de los hombres para ponerse a su servicio, distinto de ellos pero amante furioso de ellos mismos, el héroe es aquel singular de Kierkegaard, aquella presencia arquetípica de lo humano entre los humanos, encima de lo general pero a su servicio.

Mejores cosas que estos apuntes les sugerirá a ustedes la lectura de estas páginas que ha compuesto atinadamente el Dr. Oscar Tokumura y que sensatamente ha dirigido la Dra. Inés de Cassagne, a quien le cedo la palabra.

© 2014 – Eduardo Blas María Allegri. Publicado originalmente en Revista de filosofía práctica Ethos, publicación del Instituto de Filosofía Práctica, Buenos Aires, 2014, N° 29

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