En el año 1978, un joven psicoterapeuta checo, llamado Tomas Halík, emprendió uno de los más arriesgados viajes de su vida. Su destino era Erfurt, en la Alemania comunista. Halík ejercía la psiquiatría en el Hospital Universitario de Praga, la capital de Checoslovaquia. Las autoridades comunistas se ufanaban de haber creado el país más ateo de Europa, particularmente, tras la rebelión libertaria de 1968, conocida como la “Primavera de Praga”. Aquel escueto oasis democrático fue brutalmente reprimido, a sangre y fuego, por los tanques del Pacto de Varsovia. El retorno del comunismo soviético estuvo caracterizado por las políticas represivas de la policía secreta y las fuerzas militares contra los disidentes. Los comunistas creyeron hallar en la Iglesia católica uno de los principales fermentos libertarios que condujeron a aquella “Primavera”, temiendo que, si se cediese en la política de libertad, especialmente la religiosa, sucedería un “efecto dominó”, que afectaría al resto de los países del “Imperio Soviético”.

Halík acudió a Erfurt, una ciudad de Alemania del Este, con la máxima reserva. Las autoridades estaban acostumbradas a los viajes académicos del psiquiatra de Praga, por lo que redujeron la vigilancia. En Erfurt, Halík se encontró con el obispo Hugo Aufderbeck, quien lo ordenó sacerdote católico en la privacidad de su capilla. Había sido enviado por el líder de la “Iglesia de las Catacumbas”, el Cardenal František Tomášek, que actuaba en Checoslovaquia bajo el mayor sigilo. Halík comprendía que su sacerdocio se realizaría en la más completa clandestinidad, ya que su descubrimiento colocaría en peligro a las personas que dependerían espiritual e intelectualmente de su ministerio. Con pesar, debió ocultar la noticia de su ordenación sacerdotal a su madre, como a su familia, y a sus amigos más cercanos.

La vocación de Halík fue conformándose pacientemente. En su ejercicio como psicoterapeuta entendió que las personas, creyentes y no creyentes, comunistas y anti-comunistas, se hacían preguntas similares sobre la existencia, el sentido de lo humano, la libertad y la felicidad. También sobre el dolor y el sufrimiento. En su labor terapéutica, Halík trató a personas favorecidas por el régimen materialista, pero, que, como tantos otros, también vivían estados de oscuridad mental, y de extrema ansiedad y angustia.

A Halík le llamaba la atención que algunos de sus colegas, partidarios de la ideología atea, considerasen que la depresión y desintegración psicológica (breakdown) sea una imposibilidad para las personas que vivían bajo el manto de bienestar que aportaba el Estado Checo, aquella “roca del ateísmo”1. Tarde o temprano, todos experimentaban similares angustias ante la existencia. La lejanía de Dios suscitaba una experiencia de dolor aún más aguda.

Halík fue entendiendo que la vivencia del “silencio de Dios y su lejanía”, un “Dios que parece escondido del mundo”, constituye uno de los factores fundamentales de la carencia de fe. “Difícilmente, nada tan urgente apunta a Dios como Su falta. En algunos casos esta ‘ausencia’ suscita un ‘enjuiciamiento a Dios’, que conduce a rechazar la fe”2.

Fue, a partir de estas preguntas sobre Dios, que Halík comprendió que Su búsqueda implicaba un continuo acto de confianza y paciencia; en su caminar ocurrirían momentos de oscuridad en la relación con Dios; y que aquella exploración contenía tres aspectos fundamentales: “fe, esperanza y amor”3. La paciencia y la fe “permiten, precisamente, que el mismo Dios penetre con sus rayos luminosos en los espacios de la vida humana”4.

Durante su búsqueda, Halík fue entendiendo que en Jesucristo podría hallar las respuestas que buscaba. El Hijo, el Verbo Encarnado, sería su guía hacia el Padre. Fue así como se acercó discretamente a una “escuela subterránea” de teología. Halík fue equiparando su experiencia con la del publicano Zaqueo, un hombre marginado por la sociedad, pero paciente, que escaló un sicómoro con el fin de aguardar y escuchar mejor a Jesucristo, que venía a enseñar en su aldea (Ver Lc 19, 1–10). En este caminar fue descubriendo el llamado al sacerdocio. Pero, si se proponía ejercer el ministerio sacerdotal en la Checoslovaquia comunista, tendría que ser muy paciente, particularmente en su diálogo con los no-creyentes. Fueron los primeros pasos para edificar una espiritualidad de la paciencia.

En aquellos años de represión comunista y de aparente apogeo del poder soviético “detrás de la cortina de hierro”, pocos se atrevían a mostrarse clarividentes para predecir un cambio tan radical en el mundo: la desaparición del Imperio comunista y la caída del “Telón de Acero”. El “quehacer” del sacerdote católico transcurría en la más absoluta reserva: la “parroquia” la conformaban algunas personas de gran valentía y confianza, arriesgándolo todo si eran descubiertas. La catequesis y la formación académica se impartía en las “universidades subterráneas”, usualmente un apartamento anónimo; las ideas y enseñanzas doctrinales circulaban en publicaciones disidentes. La mayoría de los sacerdotes conocidos estaban apresados, o vivían bajo un estricto control. Uno de los principales líderes de la Iglesia checa, el futuro Cardenal Miloslav Vlk, había sido confinado a ejercer la labor de “limpia ventanas” en los edificios de Praga. Cuando el “padre” Halík contemplaba el futuro, tenía ante sí un panorama que le exigía gran fe, especial confianza, y excepcional paciencia.

En su quehacer académico, Halík había visitado Cracovia, trabando amistad con su obispo, el Cardenal Karol Wojtyla, un pensador fascinado por la persona, como él. Precisamente Halík estaba cenando con el Papa Juan Pablo II, en Roma, en vísperas de que ocurra lo impensable: un cambio teutónico que significó el final del comunismo. Era la noche del jueves 9 de noviembre de 1989. “Tienes que volver inmediatamente, pronto acabará el comunismo y serán libres”, le dijo el Papa. “Santo Padre, no creo, quizá dentro de cinco o diez años…”5. Pero Wojtyla, muy bien informado, insistió en que estaba a punto de suceder. Al día siguiente, sucumbió el “Muro de Berlín”, y unas semanas más tarde se desplomó el comunismo checo.

Tras la debacle de los regímenes comunistas en Europa Oriental, ocurrió prontamente una amplia apertura. El clima de libertad permitió que el padre Halík fuese nombrado rector de la parroquia del Salvador de Praga, asumiendo cátedras de teología y filosofía en la Universidad Carolina. La añorada libertad trajo consigo, también, el materialismo, la suficiencia, y la frivolidad. Los censos mostraron que el 65% de la población de la nueva República Checa se denominaba “no creyente”.

Un pastor como Halík debía confrontar las mismas grandes preguntas que se hacía la gente anhelante, con anterioridad a la caída del “Telón”. Pero hallaba un mayor cinismo, entremetido muy profundamente con la educación atea y la nueva apetencia del materialismo consumista: un cómodo agnosticismo funcional. La cultura que surgía, intentaba imponer una visión relativista de la ley, de la moral, y de la justicia. Constituía un gran reto acercarse a las personas carentes de fe, con grandes vacíos, pero con una gran apetencia.

Muchos de los que acudían a su parroquia y a sus clases universitarias eran no-católicos, personas de origen protestante o agnóstico, incluso católicos no practicantes, pero que deseaban abrirle el alma. Halík los escuchaba pacientemente: “Me han confiado cosas que nunca han osado hablar ni con sus seres más cercanos y queridos”, recuerda. “Son personas, muchas alejadas de la fe, pero con preguntas”6.

Halík fue compartiendo estas experiencias, aprendidas de su propio andar y de sus diálogos con quienes estaban en búsqueda. “Comparto el sentimiento de la ausencia de Dios en el mundo. Sin embargo, considero que la interpretación que hacen (las personas ateas y agnósticas) de este sentimiento es muy apresurado, una expresión de impaciencia. Yo también me siento, frecuentemente, oprimido por el silencio de Dios y la sensación de Su lejanía”7.

Halík hallaba diversas razones para interpretar la ausencia de Dios. Pero también respuestas: “Yo conozco tres formas íntimamente interconectadas de paciencia para confrontar la ausencia de Dios. Se llaman: fe, esperanza y amor”. Halík concluía: “Todo el mundo ha de ser paciente con Dios: ¡Dios tiene sus ritmos y su velocidad! (…) Necesitamos aceptar que existirán momentos en que nuestra relación con Dios se eclipsará”8. Estas reflexiones fueron reunidas en un comentado libro, llamado: “Paciencia con Dios”, que le significó obtener el respetado “Premio Templeton para el progreso hacia la investigación o descubrimientos sobre realidades espirituales” del 2014.  

“Paciencia es aquello que considero que constituye la diferencia fundamental entre la fe y el ateísmo. Aquello que el ateísmo (…) y el entusiasmo por una fe demasiado facilista tienen en común es lo rápido que pueden trivializar el misterio que llamamos Dios (…) Uno no puede considerar al misterio algo evidenciado y superado. A diferencia del mero dilema, el misterio no puede ser mirado a la ligera. Uno debe aguardar pacientemente en su umbral, perseverando hasta su develamiento. Debe cargarlo en el corazón, de la misma manera que la Madre de Jesús lo hizo, de acuerdo a las narraciones de los Evangelios. Uno debe dejarlo madurar, hasta ir adquiriendo sabiduría”9.

Halík reconoce que no se trata de un camino fácil, sino acabaríamos con una fe débil, del tipo de la que recibe las críticas de los no-creyentes. La formación en la fe requiere paciencia. Constituye “un peregrinaje que involucra una búsqueda constante, proceso en que de vez en cuando se pierde la andadura. Algunas veces nos tocará descender a los más profundos abismos, a los valles de sombras, en orden a redescubrir el rumbo. Pero, si no se anda por estas cañadas escabrosas, no se trata del camino a Dios; Dios no habita en las superficies”10.

La fe constituye un regalo de la gracia, que se comunica a la razón humana, para permitir que la razón trascienda su capacidad natural, permitiéndole participar, aunque de una manera imperfecta, de la cognición de Dios. “Necesitamos de la fe, precisamente en esos momentos crepusculares cuando nuestras vidas y el mundo están llenos de incertidumbres, durante las frías noches del silencio de Dios (…) (La función de la fe) no es aliviar nuestra sed de certezas y seguridades, sino, enseñarnos a vivir en el misterio. Fe y esperanza son expresiones de nuestra paciencia, precisamente para esos momentos de tribulación; así mismo, de amor. Amor sin paciencia no es auténtico amor (…) La fe -como el amor- están íntimamente vinculados a la confianza y la fidelidad. Ellas son probadas por la paciencia. Fe, esperanza y amor constituyen tres aspectos de nuestra paciencia con Dios. Son tres maneras de sobrellevar la lejanía, y de acercarnos a Dios”11.

El padre Halík considera, de manera concluyente, que una fe madura debe incorporar las experiencias de distancia y silencio de Dios. También corresponde aprender a escuchar a Dios con la mayor entereza. Sería fundamental que la fe se presentase de una manera más existencial, sin edulcorarse; tampoco tan abstracta y desencarnada como “árboles despojados de sus hojas”. La función del sacerdote, del evangelizador, es anunciar a Dios, pero no como los agitadores y propagandistas que Halík conoció en la época comunista: ideólogos, cuya meta era manipular. El rol del pastor es acompañar a los demás, trayéndolos “a las puertas del misterio”.  ¡Qué importante es dejar de lado los clichés vacuos, para anunciar el mensaje gozoso del Evangelio! Tampoco olvidar, señala Halík, que Jesús unió tres principios esenciales: la verdad, el camino y la vida. Con mucha paciencia nos corresponde acercarnos a aquello que parece distante.

Tomas Halík, Patience with God: The Story of Zacchaeus Continuing in Us, Doubleday, New York
2009, Kindle POS 86 de 2144.
Ver P. J. Ginés, El padre que entiende a los que no creen, en Religión en Libertad, 14 marzo 2014, http://www.religionenlibertad.com/de-cura-clandestino-bajo-el-comunismo-checo-a-millonario-el-padre-34464.htm
3 Tomas Halík, Ob. cit., Kindle, POS 94 de 3144.
Tomas Halík, Ob. cit., Kindle, POS 72 de 3144.
Ver P. J. Ginés, Ob. cit., en http://www.religionenlibertad.com/de-cura-clandestino-bajo-el-comunismo-checo-a-millonario-el-padre-34464.htm.
Ver P. J. Ginés, Ob. cit., en http://www.religionenlibertad.com/de-cura-clandestino-bajo-el-comunismo-checo-a-millonario-el-padre-34464.htm.
Tomas Halík, Kindle, POS 29 de 3144.
8 Tomas Halík, Kindle, POS 76 de 3144.
Tomas Halík, Kindle, POS 37 de 3144.
10 Tomas Halík, Kindle, POS 58-62 de 3144.
11 Tomas Halík, Kindle, POS 51-58 de 3114.

 

© 2017 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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