Vivir la fe no es simplemente un asentimiento o aceptación intelectual. No es suficiente entender que lo mejor es vivir la fe en Cristo. Pienso – pregúntese cada uno  – que lo más difícil es adherir el corazón a la verdad de la fe. Voluntariamente, de manera libre y consciente, vivir cotidianamente ese modo de ser. A modo de pregunta: ¿Es la fe una cuestión meramente teórica que no tiene repercusión en la vida cotidiana?

¡Ojo! ¿Somos libres para creer en Dios o tenemos la libertad de alguna manera condicionada? ¿El mundo actual no nos impone una manera ética, práctica, donde no importa la fe cristiana como manera de ser? Este tipo de preguntas se hacen tanto los creyentes como no creyentes.

Un importante teólogo canadiense Bernard Lonergan entiende que, efectivamente, sí existen “impedimentos” – en la cultura actual – a la propia libertad para creer, y se pregunta qué tan libres somos realmente para dar el paso de la fe. Evidencia varios bloqueos o prejuicios que pueden limitar nuestra libertad para la fe. Cuando a nivel sociocultural se imponen modos de ver y de pensar, estos necesariamente condicionan la predisposición a creer o no creer. No es necesario mucha perspicacia para darse cuenta que por distintos lados, sufrimos ataques los que queremos vivir una auténtica fe.

En primer lugar, está el subjetivismo. Muy difundido. Es la tendencia a poner el propio yo en el centro del universo y pensar que yo soy el “dueño” de la verdad, o que mi manera de ver las cosas es la única correcta. Obviamente, me cierro a cualquier propuesta o acto de fe, que podría muy bien entrar en conflicto con mi opinión.

En segundo lugar, también existe un “sesgo grupal”, que se percibe, normalmente, en minorías ideológicas, que quieren imponer sus maneras de “ver” la realidad, con la pretensión de obligar a que toda la sociedad crea en sus postulados. Un ejemplo clarísimo y actual es la conocidísima “ideología de género”. Esas ideologías generan un punto ciego para escuchar el mensaje cristiano, usándola afuera como único medio para lograr su cometido.

Una tercera limitación es darle prioridad a la visión pragmática, renunciando a buscar la raíz de las cosas. De esa manera se olvidan los auténticos fundamentos esenciales de nuestra vida. El interés exagerado y desmedido por cuestiones prácticas – como si fuese lo único que vale la pena importarse y dedicarle tiempo, así como recursos, reduciendo así el horizonte de nuestra propia existencia. Cualquier tipo de reflexión más profunda o existencial sería una pérdida de tiempo. De esa manera caemos en una suerte de miopía intelectual, que está disfrazada de un apropiado sentido común. Por ello, cualquier tipo de fe o creencia, que genere preocupaciones de fondo, es una pérdida de tiempo.

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista “Vive” de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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